Safari en África, el mejor banco de pruebas (y III)

Cerramos por tanto con el presente trabajo los diferentes comentarios que les hemos ofrecido sobre el safari realizado en tierras sudafricanas, el ya cuarto desde 2008, una experiencia que muy lejos de resultar repetitiva nos ha ofrecido siempre y en cada ocasión multitud de escenarios y hasta emociones diferentes.

Luis Pérez de León

Luis Pérez de León
Director de la revista Armas Internacional

02/10/2012

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Hablar sobre aquellos paisajes, sus gentes, la enorme variedad de especies animales y vegetales que ofrece esa zona del mundo, su luz sorprendente… es como volver a disfrutar todas esas vivencias que por supuesto son inolvidables.

Pero todavía la experiencia se hace mucho más intensa si estás atrapado por la caza, si la pasión te envuelve al vivir recechos extraordinarios en parajes como los que quizás sólo puedas disfrutar allí, muchas veces en un terreno tan espeso y difícil que se convierte en un extraordinario aliado para la pieza, como sinceramente creo que se debe procurar, y sabiendo que también puede llegar a resultar un riesgo añadido para el cazador.

Pero además (si es que a todas esas cosas se les puede añadir algo más), la cuestión se vuelve del todo extraordinaria cuando la pasión por la caza se funde con la que muchos sentimos por las armas y todo lo que de ellas se deriva en este caso: rifles, calibres, proyectiles, visores, cuchillos… seguro que muchos de ustedes saben perfectamente de lo que hablo.

Pero, como siempre, el espacio ya apremia y será mejor que comience a comentarles esas diferentes cosas que creo son interesantes y curiosas.

Bushbuck: como un corzo grande y… peligroso

Sabemos que en Sudáfrica hay más de 40 especies de caza mayor (que son más de 120 en el continente), y aunque en la zona donde se encuentra Elandsbosch por supuesto no existen todas, sí habitan en torno a 25, con la particularidad de que la calidad de los trofeos de algunas de ellas han dado fama internacional a esa empresa de safaris. Me refiero a los kudus o los elands, entre los más grandes, y también a los bushbuck entre los medianos.

Este antílope existe nada menos que en ocho subespecies y en buena parte de África; los machos pueden llegar a alcanzar los 70 kilos, lo que supone que son de doble tamaño que un corzo grande, animal con el que por otra parte se les suele comparar por su comportamiento tímido, sigiloso y esquivo, estando generalmente ocultos entre la espesa maleza, y hasta emitiendo un sonoro "ladrido" que también resulta bastante parecido. Como sucede con los corzos, sólo los machos tienen cuernos, aunque éstos son rectos y espirilados. Se considera buen trofeo a partir de las 15 pulgadas (38 cm) de longitud.

Sin embargo, hay una característica de estos "ciervos de bosque" que los distingue totalmente de los corzos y también de todos los antílopes africanos a excepción de sus primos mucho mayores, el sable y el oryx, y es que pueden ser, o mejor dicho son, realmente peligrosos para el cazador; y de nuevo recurro al libro "El tiro Perfecto", del veterinario y cazador profesional Kevin Robertson, para trasladarles la opinión de este auténtico experto:

"Los bushbuck heridos son muy agresivos y no dudarán en atacar, pudiendo usar sus cuernos de punta afilada con un efecto mortal; así que trátales con el mayor de los respetos. Más de un puñado de cazadores han sido enviados a los "cazaderos eternos" por estos pequeños y belicosos antílopes".

La caza del bushbuck es sin duda otra de las especialidades de nuestro amigo Gerhardo Stennekamp, y él mismo reconoce que es seguramente la caza que más le gusta. En su caso tiene lugar en una amplia zona a poco más de media hora en coche del campamento, con un rececho a lo largo de un precioso recorrido por la orilla del río Limpopo que da nombre a la provincia de Sudáfrica en la que nos encontramos y que es a la vez frontera natural con el vecino país Bostwana.

Es una caza que puede prolongarse por varias horas (el paseo puede implicar hasta unos 15 kilómetros) y que siempre has de hacer tan atento como silencioso, con los cinco sentidos pendientes para descubrir un leve movimiento entre la espesura, por si se trata del escurridizo macho de bushbuck y antes de que él te descubra a ti.

A un lado tendrás un paraje muy diferente del que existe quizás a sólo unos cientos de metros, con enormes árboles de formas grotescas dignos de una película de miedo cuando te mueves a través de ellos entre la bruma al amanecer, Estarás rodeado de una extraordinaria variedad de verdes que a veces te harán pensar que estás en Asturias en vez de en el país más al Sur de África. Es la influencia del Limpopo, en muchos tramos casi oculto por lo tupido de ramas y arbustos, y otras veces verdaderamente precioso y hasta adornado por los cocodrilos. Es un sitio de verdad impresionante, en el que además deberás poner a prueba tu "saber hacer" para, por lo menos, ver al antílope que quieres cazar. El año pasado yo estuve recechando un día más de cinco horas desde el amanecer, pero sólo vimos hembras y algún macho que no daba la talla. Este año volvimos a repetir la experiencia casi en el mismo sitio, pero tampoco el Blaser se estrenó en la zona, con lo que decidí que estaríamos de nuevo allí a la mañana siguiente.

Se trataba de cazar un animal de tamaño medio/pequeño y de piel fina, por lo que había montado el cañón del .30-06. Sin embargo, el habernos cruzado con varios cocodrilos y hasta haber visto huellas de hipopótamo me animó a montar el del 8x68 S para el día siguiente, no fuera que tuviésemos un encuentro no deseado, como casi nos sucedió el año pasado con un cocodrilo de más de cuatro metros que tuvimos oculto a nuestras espaldas a no más de tres zancadas, y cuyo gruñido confundimos con el de un leopardo, que por supuesto también los hay allí. Sólo tenía cartuchos con punta A-Frame de 200 grains, demasiado duros para el bushbuck, pero que seguro serían resolutivos por poco bien que colocara el tiro.

Lo que nadie suponía era que prácticamente según iniciamos el recorrido un facochero de unos 30 kilos nos pasara literalmente entre las piernas al galope y gruñendo como loco. Apenas empezaba a clarear y reconozco que el cerdito nos dio un buen susto que sirvió para despejarnos. Pero apenas diez minutos después me vi "obligado" a romper el silencio necesario en el rececho, y fue por culpa de otro facochero –aunque este bien hermoso– que pude ver entre los árboles a nos 50 metros. Cayó, y lo trasladamos hasta la vereda que íbamos recorriendo para recogerlo después, pero no habríamos andado un minuto cuando Eksteen, el profesional que abría paso por delante de mi, daba un salto señalándome algo en el suelo a nuestra derecha. Allí el camino tenía a su costado un terraplén con gran inclinación, por supuesto repleto de maleza, y prácticamente "asomándose" hacia nosotros se veía una cabeza de facochero en la que destacaban unos grandes colmillos. Estaba claro que habría conocido nuestra presencia desde mucho antes con el lance de su congénere, pero había aguantado "agachado" hasta ese momento en el que repetía unos violentos y cortos movimientos, como no decidiéndose a saltar. Sólo le veía la cabeza moviéndose a un lado y otro y durante un par de segundos dudé en disparar por temor a alcanzarle las enorme defensas que me mostraba amenazadoras,hasta que lo hice por debajo saltando herido el animal hacia el barranco y ocultándose entre una multitud de arbustos. El caso es que le tuve que disparar otras dos veces hasta que se detuvo definitivamente. Pero habíamos ido hasta allí con la intención de cazar un bushbuck, que ya era la tercera jornada en que lo intentábamos.

De nuevo vimos varias hembras y más de un joven que se nos quedó mirando, casi desafiándonos, como si supiera que la cosa no iba con él.

Pero ya se sabe que hasta el mejor escribiente echa un borrón, y un servidor, muy lejos de considerarse en esa categoría, supo fallar un estupendo macho que demostraba una vez más que estos bichos no son nada fáciles de cazar, incluso hasta viéndolos. Después de "intuyéramos" que podía haber algo a unos 100 metros oculto junto al camino, y de tenerme cerca de un minuto con el rifle en la cara, el bicho casi pareció esperar a que bajara el arma para cruzar la vereda, dando además un par de quiebros hasta volver a desaparecer en la espesura. La bala que le mandé debió pasarle muy cerca, pero cuando "no tocan" está claro que el resultado es el mismo le pase a 10 cm que a un metro. Seguimos andando, muchas veces de puntillas, hasta que el sol estuvo bien alto y ya nos empezaban a pesar las cuatro horas de rececho, además de la inevitable poco buena sensación que me había quedado tras fallar un excelente trofeo (que pese a todo lo pudimos ver, y después más veces en vídeo), aunque también en él se aprecia que no me lo puso nada fácil, como era de ley.

Así las cosas regresamos hasta el coche y decidimos dar otra vuelta por al menos una parte de aquella vereda, pero casi más por "si sonaba la flauta" o hasta por ver cocodrilos. Y no fue una sino dos las vueltas que dimos, hasta que ya regresando hacia la carretera la caza y esta tierra volvieron a confirmar que nunca puedes dar nada por sentado.

Habría unos 120 metros entre nosotros y un pequeño bosquecillo ya bastante alejado del río – y afortundamente sin casi apenas arbustos–, cuando acerté a comprobar que "aquello" que se movía al trote era un bushbuck. Prácticamente según encaraba el Blaser le di un toque al zoom del visor Zeiss Victory con sistema IC que llevaba montado, y no sólo es que puede ver con mucha más nitidez al animal, sino también que su trofeo merecía totalmente el tiro. Lo seguí unos segundos según lo iban tapando o no los árboles, hasta que un claro de unos pocos metros me permitió volver a respirar tras hacer el disparo. El bicho se abocinó y, como tantas veces, éste también echo a correr. Va tocado, seguro, me dijo Diana, mientras empiezo a bajar del coche a la vez que los acompañantes sudafricanos ya habían saltado literalmente de él.

Todos estábamos seguros de que lo había alcanzado, pero no veíamos ni una sola gota de sangre. Todos también estábamos siguiendo la dirección que llevaba el ciervo de bosque cuando le disparé y cuando lo vimos salir corriendo… pero aquello no pintaba bien.

Así las cosas, y porque ya dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo, recordé más de una ocasión en la que esto mismo me ha sucedido, siempre por apretar hacia donde "se supone" ha echado a correr la presa en lugar de apreciar adecuadamente el lugar donde se sabe recibió el disparo (el mismo sitio que por supuesto debes identificar con alguna referencia antes de moverte de la posición desde la que disparaste), por lo que decidí que me iba a volver para ver si lograba encontrar algún rastro que seguir. Nos habríamos alejado ya unos 200 metros, pero el lugar donde había quedado el coche me servía de referencia una vez que me situé en el ángulo correcto.

¡No deberías pisar por ahí, que puedes tapar las huellas! Me gritó Diana que se había quedado cerca del vehículo, pero ya tenía yo bastante cuidado en buscar esas huellas. Cambié entonces el recorrido para probar, y en vez de ir hacia la derecha me
alejé del punto desde el que había disparado. La verdad es que no me dio tiempo a mirar mucho hacia el suelo, pues apenas anduve veinte metros cuando el bushbuck se levantó violentamente. Sin duda que el color de su pelaje, quizás su inmovilidad y, sobre todo, que lo estuviéramos buscando por otro sitio, había favorecido que no lo hubiéramos visto hasta ese momento.

Según se levantó pensé que me iba a cargar (como se sabe que hacen a veces), pero apenas se movió pude ver que estaba muy herido. El tiro estaba perfectamente colocado en altura, aunque un tanto retrasado (que sin duda no "le corrí la mano" suficientemente bien al ritmo de su trote), y hasta los minutos que había pasado tumbado lo habían enfriado haciendo mucha mella en su agresiva capacidad de reacción. Tocaba pues concluir el lance con la mayor rapidez y el mayor respeto hacia tan excelente animal. Su trofeo no es extraordinario, pero se trata de un macho viejo, con una preciosa y bien formada espiral y con más de 16 pulgadas de longitud, una muy buena pieza en cualquier caso que entra con todo derecho en la calificación Rowland Ward y que completa otra página en estas fabulosas experiencias de caza, y de armas, que tenemos la suerte de vivir al otro lado del mundo.

Luis Pérez de León

Este artículo pertenece a la serie Safari en África, el mejor banco de pruebas:

Safari en África, el mejor banco de pruebas (I)

Safari en África, el mejor banco de pruebas (II)

Safari en África, el mejor banco de pruebas (y III)

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