Safari en África, el mejor banco de pruebas (II)

En nuestra cita anterior comentamos un buen número de cosas relativas a las armas, los aparatos ópticos y también sobre la caza de uno de los dos búfalos que abatimos.

Luis Pérez de León

Luis Pérez de León
Director de la revista Armas Internacional

22/08/2012

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Pero nos queda aún mucho e interesante que tratar respecto a otros elementos de nuestro equipo o las municiones empleadas, y también sobre otro lance de caza que seguro será bien recordado por sus protagonistas. Y es que estamos en África, de safari, y cazando búfalos… nada menos: una de las especies más peligrosas del mundo.

Por supuesto que una de las cosas que más aprecio en los viajes de caza es emplear mis propias armas, o también experimentar con las que nos han cedido las empresas importadoras, como ya ha sucedido en los últimos años con rifles de Remington, Steyr, Blaser, Mauser, etc., pero siempre disponiendo de ellas con la suficiente antelación para conocerlas en profundidad, ajustar los visores y las diferentes municiones y entrenar lo más posible, "manejándolas" en el más amplio sentido de la palabra, no sólo disparando con ellas.

Pero reconozco que viajar con las armas supone desde cargar con una voluminosa y pesada maleta, pagar las tasas de las compañías aéreas (75 euros por trayecto con Iberia), y hasta tener que cumplir los trámites en el país de destino, lo que en Johannesburgo puede conllevar un "regular" retraso si, como este año, coincidimos más de una docena de cazadores (casi todos españoles) para cumplimentar los papeles.

Una alternativa (que ya digo no es para mí), es usar las armas de las empresas que contratan los safaris, que en el caso de Elandsbosch se concretan en rifles Voere y Musgrave de acción Mauser 98 de calibres .270 Win y .30-06, y CZ 550 en .375 H&H Mag.

También hay escopetas del calibre 12 para cazar aves o para el rastreo de los leopardos heridos, una situación ésta bastante poco recomendable por su enorme peligro. De hecho, en el propio salón principal de nuestro campamento la piel de uno de estos enormes gatos exhibe dos grandes agujeros provocados por sendos tiros de escopeta realizados a la vez y a escasos centímetros del animal, pero que no pudieron evitar que el tirador fuera gravemente herido en la cabeza, donde hubo de recibir más de 40 puntos de sutura para recolocar una buena parte de su cuero cabelludo.

El leopardo, herido ya con dos balazos de rifle, saltó sobre él y ni esos dos tiros de postas del 00 ni otro del .375 que recibió desde Gerhardo pudieron impedir las lesiones en el cazador, que incluso tuvo que dar gracias al haber librado la cara de las garras y colmillos de esa terrible furia que supone un leopardo herido.

Pero hoy no toca hablar de esa peligrosa especie emblemática de los safaris africanos y encuadrada entre los "Cinco Grandes", sino de otro de los componentes de esa selecta familia, como fue el búfalo abatido por nuestro buen amigo Javier Ferrúz, quien ya se ha asomado en varias ocasiones a estas páginas al tratar las experiencias vividas en anteriores safaris.

Lamentablemente –aunque no sé si atreverme a asegurarlo–, no pude vivir en persona la caza de su gran toro y todo lo que se desarrolló tras aquel primer disparo, pero he tomado buena nota de cuanto me contaron mi amigo y el resto de protagonistas de la experiencia, y creo que es de las que merece la pena trasladar hasta ustedes.

En la primera parte de este reportaje titule: "Tras la muerte negra" el relato que narraba la caza de mi búfalo, por lo que creo que éste podríamos titularlo así:

Tras la muerte negra II, o "Cómo disfrutar una mañana diferente en Sudáfrica"

Durante la cena del pasado 15 de agosto, la cámara que había fotografiado el búfalo que cacé aquella mañana pasaba de mano en mano de todos los que nos reuníamos en el comedor de Elandsbosch.

Felicitaciones y hasta palabras que no puedo reproducir ahora (empezando por "J" o por "H") se referían al enorme trofeo. Pese al problema con la horquilla de tiro y mi precipitación en el primer disparo (como les comenté en el capítulo anterior), todo había salido bien y era el momento de disfrutar con los amigos (salvo los profesionales todos españoles), de esa magnífica experiencia de caza.

Javier, y su hermano Juan, preguntaban también cómo sucedió esto o aquello, cómo hicimos aquí y allá, y es que en su caso la información quería tener un valor muy diferente que para los demás. Ellos sabían que antes del amanecer estarían rumbo a una cita no pactada con uno de esos formidables animales, o eso al menos creían ellos, que ya verán no fue exactamente así.

Como protagonistas: Javier, Juan, Eksteen (también presente en la caza de mi búfalo el día anterior), Ignatius o "Ig", hermano de Gerhardo Esteenekamp –dueño de Elandsbosch–, y Jan, el fenomenal pistero.

Como co-protagonistas, y de gran importancia: el Remington 700 Dangerous Game del .375 H&H de Javier, el CZ 550 Magnum del mismo calibre de Eksteen, y mi Sako 75 del .416 Rem Mag que presté con mucho gusto a Ig por la ilusión que le hacía llevar un rifle de ese calibre. De hecho, él estaba esperando que la burocracia sudafricana le permitiera echar mano a otro CZ, éste del .416 Rigby, que compró semanasatrás. Ahora el gobierno permite que ciertos abogados se encarguen de "acelerar" un trámite que acaba suponiendo no menos de tres o cuatro meses, un plazo que seguro se nos hace excesivo para tener un arma pagada y retenida en una armería, pero que allí resulta muy diferente a los más de TRES AÑOS de espera que hasta ahora era lo habitual. Pero volvamos a situarnos con el cazador y sus acompañantes.

Están en otra finca a no muchos kilómetros de la que yo conocí el día anterior por el mismo motivo, y donde también están controlados varios grupos de búfalos, entre ellos excelentes trofeos. Así que…

¡Comienza la acción!

De nuevo el coche sirve para abarcar más terreno buscando huellas que seguir llegado el caso, como sucedió en poco tiempo.

Otra vez sigilo y los cinco sentidos puestos en el rececho de un bicho enorme que, además, es famoso por su extraordinario mal humor.

Para Javier esta es ya la tercera experiencia africana, y aunque también se trate de su primer "grande" ha vivido ya unos cuantos lances con antílopes de buen tamaño y en este tipo de terreno que se hace tantas veces tan difícil para el cazador como aliado de la presa. Y eso es bueno para la caza.

Pero en este punto no tengo más remedio que acordarme de Juan. Ahora que lo pienso no sé si él había tenido alguna otra experiencia de caza –que yo diría que no–, pero seguro que es su primera visita a África, y no está precisamente en el parque Kruger para hacer fotos a los bichos. Un par de mañanas atrás estaba en Madrid, quizás con la única preocupación de enfrentarse a un vuelo de más de 10 horas hasta Johannesburgo. Pero ahora se veía sorteando pinchos de árboles y arbustos, procurando no hacer ningún ruido al andar –a veces a "cuatro patas"– y con la seguridad de enfrentarse a la presencia de un tremendo y peligroso búfalo, a pie y sin ninguna valla de por medio.

Casi no importa ahora el tiempo que tardaron o cómo se encontraron con un gran búfalo macho a unos 30 metros de distancia. Acaba de salir de una zona espesa y está prácticamente de costado.

¡Es muy bueno; tírale! Es la señal que Javier ha estado esperando por unos segundos. Remington al hombro y una bala Swifft AFrame de 300 grains alcanza al búfalo en el hombro. El animal parece haber encajado el impacto, pero un instante más tarde rueda de costado. Hay una pequeña elevación en el suelo y el búfalo cae tras ella, aunque se llegan a ver sus patas agitándose; parece que está acabado.

Felicitaciones al cazador por el buen tiro. Palabras de alabanza al .375 H&H: "el mejor cartucho del mundo". Además: "Sólo con una bala, no como Luis ayer, que le disparó tres veces" "Para que veáis que el .416 es una patata" (y no dijeron patata). Abrazos, alegría, seguro que algún suspiro tras haber superado con sobresaliente ese auténtico examen de caza… pero hay que asegurarse del final de tan formidable pieza y acercarse con todo cuidado hasta ella para comprobarlo.

Posiblemente no habían andado ni un metro cuando las caras de todos debieron reflejar un gesto que mezclaba la sorpresa con algún punto de… pavor. No uno, sino dos enormes búfalos, acaban de aparecer por donde apenas unos minutos antes lo hizo el que ahora está en el suelo. Son sin duda más jóvenes y algo menores en tamaño, pero por supuesto mucho más que impresionantes para tenerlos enfrente y sin una buena valla de por medio. Mugen y gruñen de forma terrible y su actitud puede ser de todo menos tranquilizadora. No cargan sobre los cazadores, pero no dejan de avanzar.

De pronto, para hacer la escena todavía más espeluznante, uno de ellos se abalanza sobre el búfalo herido y la emprende a cornadas. El otro parece dudar si atacar a los hombres o unirse a su hermano. Es posible que esa reacción tenga que ver con que el caído fuera el jefe del grupo y los más jóvenes vieran la oportunidad de acabar con quien seguro en más de una ocasión supuso un problema para ellos. Es curioso, pero
muchos animales en África pueden tanto intentar ayudar a un compañero herido, como hacer todo lo posible por acabar con él. Lo he visto en búfalos, hipopótamos, waterbucks…

El caso es que los dos búfalos reemprenden la presión sobre nuestros amigos que, muy despacio y sin perderles la cara, han comenzado a retroceder. La zona no es demasiado espesa, pero a veces dejan de ver a los animales, aunque no de escuchar el espantoso concierto de mugidos que parecen un canto de amenaza o hasta de venganza.

Los profesionales no quieren disparar si no hay más remedio (que hablamos de mucho miles de euros) y están intentando retroceder hasta unos árboles, aunque seguramente en ese momento Javier, y también Juan, echarían de menos un antiaéreo de 20 milímetros.

Han recorrido más de 150 metros desde el inesperado encuentro, y ya casi han llegado a los árboles cuando se enfrentan a otra sorpresa: no hay dos búfalos, sino tres, y uno de ellos tiene un tiro en su hombro; está claro que el herido se ha levantado y quiere tomar parte en la función.

Los bichos aparecen y desaparecen tras la vegetación. Mugen como locos, se les oye pelear, el sonido de sus pezuñas machacando el suelo confirma la potencia de sus arremetidas. Hay momentos en los que ni siquiera saben por dónde los tienen. No hay más remedio que usar los árboles como salvación.

Eksteen, Javier y Juan trepan intentando ganar altura a un esquelético árbol, pero Juan acaba en el suelo al romperse la rama de la que se agarró. ¡Vaya momento!

Por su parte, Ig está en otro a unos cuantos metros. Vivir aquel rato (y hablamos de casi una hora), pudo ser de todo menos divertido.

Pero seguro, más de uno de ustedes ya se ha dado cuenta de que no hemos mencionado a Jan, el pistero, el mismo que nada más producirse el primer tiro (supuestamente definitivo), obedeció la indicación de Ig para volver por sus pasos a buscar el coche. Y si hablamos antes de que la situación "desagradable" se prolongó durante alrededor de una hora es porque ese fue el tiempo que tardó el amigo Jan en volver hasta la zona con la pick-up.

Ya pueden suponer que todos los componentes de la cacería, en aquel momento en una situación arborícola bastante comprometida, llevaban ya un largo rato soñando con ver aparecer al negrito en la pick-up Toyota. Ambos, Jan y vehículo, podrían sacarles de aquella "movida" que hacía largo rato había dejado de ser desagradable para convertirse en muy peligrosa. Y es que todos dudaban que aquellos árboles flacos y secos pudieran aguantar la embestida de un búfalo.

Afortunadamente Jan supo moverse en aquel mar de arbustos hasta recoger a los cazadores sobre la camioneta. Ahora se trataba de ver cómo y dónde estaba el toro herido, el que ya era propiedad de Javier. Así, salieron hasta una zona algo más clara para que unas decenas de metros les dejaran apreciar mejor la situación, aunque nunca pudieron suponer que a la vez para que los búfalos salieran también hasta ellos como eloquecidos, arremetiendo literalmente contra el coche. Allí estaba también el viejo, y en sus pardos costados destacaba la sangre de las varias cornadas que le habían propinado los más jóvenes.

Tres tiros más hicieron falta para que ese formidable animal cayera definitivamente. También unos cuantos minutos arremetiendo literalmente con el coche contra los dos búfalos y haciendo sonar el fuerte claxon para lograr que se retirasen de la zona, aunque parece que su falta de interés se confirmó cuando vieron morir al viejo. Afortunadamente la mañana acabó con un más que buen trofeo de búfalo (con 100 cm de envergadura) anotado en la cartilla de caza de Javier, y con una no menos extraordinaria historia que por supuesto todos los protagonistas se vieron (y se verán) forzados a repetir muchas veces. Eso sí, ya nadie volvió a llamar "patata" al .416.

Yo, si me lo permiten, echo de menos alguna foto que inmortalizase adecuadamente aquel lance (imagínense si fuera un vídeo), pero reconozco que el tema es distinto para mi, que también vivo de hacer fotos y hasta estoy "mal acostumbrado" en estos lances gracias a la labor de mi hija Diana. Javier ya nos ha demostrado en otros safaris que no es de los que carga con cámaras y la de Eksteen (la que se usó para hacer las fotos con el trofeo) estaba en el coche.

Lo que también echo de menos es haber podido recuperar alguno de los cuatro proyectiles A-Frame que quedaron dentro del búfalo (que los negritos del desolladero no se portaron en esta ocasión), sobre todo aquel primero que lo alcanzó en el hombro y que lo tumbó de inmediato, aunque sólo durante un rato. Son balas que hemos usado desde hace ya años en diferentes animales "de peso", demostrando siempre un excelente compromiso entre penetración y expansión. Pero de esto mejor les hablo en el apartado dedicado a los cartuchos.

Luis Pérez de León

Este artículo pertenece a la serie :

Safari en África, el mejor banco de pruebas (I)

Safari en África, el mejor banco de pruebas (II)

Safari en África, el mejor banco de pruebas (y III)

 

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