Lance in memoriam

Salía de tomar café cuando el típico vibrar del teléfono anunciaba una nueva llamada. Esto me hacía temblar. Con el reciente fallecimiento de mi madre el teléfono echaba lumbre, por el enternecimiento de los pésames, que te llevan al sollozo. Pero no, era mi buen amigo Rafael. Tenía un permiso de sarrio en el Pirineo francés y podíamos ir a verlo rodar por aquellas abruptas laderas mientras se pierde en el espacio el estruendo de un magnífico disparo.

Antonio Contreras | 26/05/2011

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La emoción del lance queda grabada en nuestro cerebro como si de un disco duro se tratase. Ni qué decir tiene que aquello, tras los días difíciles vividos, me sonó a música celestial y acepte de buen grado lo que mi amigo madrileño me ofrecía, no sin antes comentarle que me gustaría que nos acompañara mi amigo Miguel Garrido, ya que él habla francés y, además, su ausencia es de las que se dejan notar, porque cuando el no esté es difícil ver el río de bondad que va dejando por donde pasa.

Le eché el teléfono a Miguelito y, cuando le explique el tema acepto ipso facto, ya que, mira por donde, a él le paso lo mismo con el fallecimiento de su madre y le apetecía mucho poder pasar unos días fuera.

Puestos en contacto, Rafa éste se ocupó de hacer las reservas, y, pasados dos días, ya estaba recogiendo a Miguel en su casa a las siete de la mañana, con la intención de llegar a Les Angles a la hora de cenar; el hotelito de montaña que teníamos reservado está tras una carretera difícil y no quería que se nos hiciera demasiado tarde debido a las inclemencias meteorológicas.

La llegada a le Cok d´Or fue seguida de un recibimiento afable por parte de Françoise y de su hija Sophie, ya que a mí ya me conocían de otros años, así como de mi amigo Rafa que ya había llegado.

Tras los menesteres de organizar la habitación, bajamos a la cena donde ya nos esperaba Rafa para comentarnos que había estado hablando con Patrick, que era el guarda que nos acompañaría a cazar al día siguiente y al que Rafa conocía de anteriores años. Nos fuimos a dormir pronto para poder estar en óptimas condiciones, pues el día se presentaba duro.

Con una temperatura exterior de cero grados, sonó el implacable, desagradable e inmundo medidor del tiempo que yo había programado a las seis de la mañana. Dando un decidido salto y con un irrefrenable deseo de desayunar rápido y ponernos en marcha, bajé al comedor donde todavía no había nadie a excepción de la madre de Françoise, una abuela francesita de cariñoso mirar y amables formas que con una sonrisa me dijo «¡Bonjour!», haciendo una señal al humeante café recién preparado, cuyo olor inundaba el pequeño comedor.

Pasados unos minutos bajaron Miguel y Rafa y, terminando el desayuno, apareció un señor alto que perfilaba una muy corta y arreglada barba, y quel era nuestro guía Patrick. Un tipo agradable, muy conocedor del entorno, muy natural y muy sociable, que se había pasado gran parte de su vida en estas montañas.

Tras las presentaciones y otro rápido café, cogimos nuestros menesteres y nos fuimos directos al todoterreno de Patrick, que estaba custodiado por un precioso sabueso de Baviera del que creo recordar que se llamaba Duma.

Un paisaje... pirenaico

Circulamos un buen rato, siempre hacia arriba, por unas montañas muy abruptas y un paisaje que realmente era incomparable con otros que conozco. La belleza de ver las nubes muy por debajo nuestro, un cielo azul limpio... un silencio y una paz que se hicieron notar de verdad a la hora de bajar del coche y empezar a andar. Si mirabas al cielo su cercanía te trasmitían la sensación de poder hablarle al mismo Dios al oído.

Comenzamos a subir por una senda muy empinada y, al poco tiempo, vimos un sarrio que comía, a unos 180 metros, tranquilamente. Lo analizamos bien y decidimos no tirarle porque no era lo suficientemente grande, y por lo temprano que era, ya que todavía nos quedaba todo el día.

Al dar cara al viento, en las asomadas que hacíamos a los valles, la gelidez de éste parecía clavarse en la cara; lo hicimos varias veces, pero siempre sin resultado positivo. Patrick estaba realmente preocupado, pues decía que en aquella zona había muchos animales, pero parecía que se los había tragado la tierra. Mientras continuamos caminando, hasta llegar a un puntal en el que se acababa la senda y daba la sensación de ser el fin del mundo. Justo aquí decidimos tomar nuestra comida, que se componía de un bocadillo de paté de Campagne y una fruta.

Tras la comida volvimos sobre nuestros pasos y… más de lo mismo. Por más que mirábamos, en nuestra óptica no aparecía ningún animal; pero en un preciso momento, en el que Patrick y yo pasábamos un barranquito, por la parte de arriba, Miguel y Rafa, que se habían quedado un poco rezagados, vieron dos sarrios. A pesar de mi carrera no pude juzgar el valor de los trofeos, por lo que decidí no hacer funcionar el 7 x 64 que me había traído Rafa.

Continuamos caminando por la misma senda. De repente apareció un bonito sarrio macho, con posibilidad de abatirlo, pero al echar el pie a tierra para obtener algo de apoyo en mi rodilla, me encontré al sabueso de Baviera metido en la mira al mismo tiempo que el sarrio, por lo que decidí no disparar y cambiar mi posición, pero el animal no me dio opción y se metió en un bosque contiguo, haciéndose una gota de agua y frustrando así el conseguir mi trofeo.

Con el crepúsculo llegamos al coche, compartimos con el can los restos de la comida mientras tomábamos una barrita energética y empezamos el regreso al hotel; la temperatura bajaba en picado… como mi esperanza de conseguir mi objetivo.

Huevos con guindillas

Tras una reconfortable ducha nos vimos en el comedor para la cena, que fue un no parar de reír con la camarera que nos servía, ya que era difícil explicarle que nos apetecía cenar unas patatas fritas con huevos y guindillas picantes... eso sí lo conseguimos gracias al dominio del idioma de Miguel. Terminada la cena nos tomamos un par de botellas de un exquisito champagne que nos recomendaron Françoise y Sofí, que fueron unas perfectas anfitrionas. Nos contaron que si guardas los corchos y los presentas a la hora de tomar unas copas con la misma compañía el poseedor de éstos está invitado. Por supuesto, los conservo.

A la mañana siguiente y a la misma hora el mismo desagradable sonido para despertar, pero también el mismo vigor para saltar de la cama y bajar con toda la ilusión del mundo a desayunar y emprender nuestra nueva jornada de caza.

Tras una ascensión en coche por un lugar diferente al anterior, pero con la misma belleza, llegamos a un pico en el que se acababa la carretera; pie a tierra y a preparar los pertrechos.

Caminábamos escudriñando hasta el último rincón, pero, según Patrick, lo que pasaba era increíble, ya que decía que allí había una gran densidad de sarrios… aunque ninguno en nuestra óptica, palabras desalentadoras, pues, en mis anteriores visitas, había visto una gran cantidad de bichos. Pero ese día… ¡nada! ¡El guía temía hasta una posible epidemia de sarna!

En vista de no encontrar nada, y tras una breve charla, decidimos cambiar de lugar a unas cotas más alta. Dicho y hecho.

Bajamos rápidamente del todoterreno, y con la premura que da el tener que llegar a un punto determinado, empezamos una subida que para culminarla se necesitaba una buena forma física, cosa que yo no tengo, pero a base de echarle fuerza de voluntad, y con sus pertinentes descansos, lo conseguimos. De semejante paliza se escapo Miguel, pues había decidido quedarse en el hotel debido a un pequeño problema físico y, por miedo a frustrarnos a nosotros el día de caza, no nos acompaño, cosa que debe estar todavía agradeciendo.

Llegamos a nuestra cota, y desde las alturas no divisábamos nada, pero de repente aparecieron en mis prismáticos dos enormes sarrios a una distancia de 387 metros. El conseguir un punto más cercano era poco menos que imposible, pero, tras convencer a Patrick de que me dejase disparar, coloqué la mochila entre dos piedras y sobre ésta el rifle, que quedó perfectamente estable. Con los aumentos a 10, que era lo máximo que me permitía el visor, calculé el tiro, acaricie el gatillo, al tiempo que veía truncada la paz de las alturas por el atronador ruido... y veía a la bala dar entra las patas del animal. Con toda rapidez acerrojé y, tras una pequeña carrera de los bichos, volví a calcular y disparar.

Esta vez, el inconfundible ¡plof! de la bala en la carne, me dijo que había acertado. Un animal desapareció y el otro se descolgaba a la izquierda y hacia abajo, poniendo más distancia por la seguridad de llevar un impacto en el cuerpo. Dispare dos veces más, pero no sé si acerté. El animal, tras una enorme carrera, se tumbó en una cresta bajo dos pinos, lo que nos indicaba que estaba mal herido y no podía continuar. Tras un breve consenso decidimos no disparar más y dejarlo para que se enfriara mientras intentábamos llegar al lugar en el que estaba echado. Este trayecto fue una odisea de resbalones, caídas, escalada con cuerdas y un pensar... ¡abandono! ¡No puedo más me faltan las fuerzas, el aire, la vida!, Pero el instinto predador me empujaba a conseguir mi objetivo.

Metedura de pata

Con tanto de subir y bajar picos al final nos perdimos y no sabíamos en qué cornisa estaba el animal. Estábamos al borde del desfallecimiento y el esfuerzo no había servido para nada, era desolador.

El sol empezaba a caer y lo sensato era comenzar el descenso hacia el coche. A la media hora de bajada un animal se nos cruzó corriendo, pero fue imposible hacerme con él. Continuábamos descendiendo cuando un fuerte recalcón en mi cuerpo me indicaba que había metido la pierna en un agujero camuflado por las hojas, hundiendo la pierna izquierda hasta la rodilla con un crujido que me dejó la sangre congelada en las venas mientras mi cuerpo caía como un saco al suelo, dándonos un importante golpazo… el rifle y yo. A Dios gracias, y aun con la rodilla bastante dolorida, podía continuar y aguantar el dolor para no preocupar demasiado a mis compañeros.

En una parada para descansar vimos brotar a un sarrio encima de unas peñas. No me lo pensé, monté el rifle, tomé resuello y, como pude, efectué un rápido disparo. El animal se quedo inmóvil y pensé: «Acabo de descentrar el rifle con el golpe». Acerrojé rápidamente y, en el momento en que iba a quitar el visor para volver a tirar a punto de mira, el animal se desplomó en el suelo, viendo así mis plegarias cumplidas. Las caras de Rafael y Patrick, que eran un poema a la desesperación, se tornaron en unas amplias sonrisas de satisfacción y alegría estrechando ambos orgullosamente mi mano.

Nos acercamos al animal y vimos que, aunque era bueno, tampoco era cosa del otro mundo, pero el lance y el día dificultoso de caza me hacían sentir que este animal era el trofeo mas sudado de mi vida.

Nos hicimos las pertinentes fotos, quitamos la piel y continuamos el descenso. Llegamos al coche bien cerrada la noche y volvimos al hotel con la alegría de haber conseguido in extremis nuestro animal, pero con el sabor agrio de haber sido incapaces de encontrar al otro. La caza a veces es así, y nos da una de cal y otra de arena.

Adecentados bajamos a tomar nuestra bien ganada cena acompañada en su final por otras deliciosas botellas de champagne y nos fuimos a dormir rápidamente, ya que al día siguiente había que conducir de vuelta… a Almería.

Mi más sincero agradecimiento a mis amigos Rafael y Miguel, que hicieron dilatarse un poco en el tiempo la amargura que durante aquellos días sentía por la muerte de mi madre, gran aficionada a la caza y que, desde muy pequeño, supo inculcarme el amor a ésta y a la naturaleza.

¡Adiós mi amiga, adiós mamá!

Requiescat in pace.

Antonio Contreras

 

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