Los hurones, aliados en la cetrería

De entre los animales que han ayudado al hombre en la caza a lo largo de los tiempos, hemos de destacar a los insustituibles hurones, casi la única herramienta viviente posible para poder desalojar de la seguridad del subsuelo al conejo de monte, uno de los zapadores más esquivos del reino animal.

Andrés López | 19/10/2010

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Mientras que la inmensa mayoría del territorio nacional llora y sufre la ausencia de la gazapería de las últimas décadas, determinados enclaves escapados o resurgidos de los siete males que asolaron de conejos las ilusiones buches y barrigas de la mayor parte de los depredadores de la fauna ibérica (incluidos los de dos patas), todavía siguen necesitando del concurso de los hurones para intentar mantener a raya sus poblaciones.

Gracias a la labor de estos mustélidos las posibilidades de supervivencia de la especie humana aumentaron

Esta antiquísima modalidad cinegética, tan ligada a nuestra cultura mediterránea como la propia caza del conejo, nació el día en el que el hombre decidió domesticar un turón salvaje para utilizarlo corno subterráneo aliado en una simbiosis sin precedentes. Los primeros huroneros del planeta se valieron de la ayuda de redes, capillos, senderas y araños para capturar a los lagomorfos que los recién domesticados mustélidos iban desalojando del interior de la tierra. De este modo las posibilidades de supervivencia de la especie humana aumentaron, dando lugar a un aprovechamiento sostenible de un recurso natural abundante y cercano, que de otro modo hubiese resultado inaccesible o dificultoso de alcanzar, cuanto menos.

El origen de la cunicultura

La captura en vivo de conejos silvestres favoreció una mejor conservación de la carne de caza hasta el momento justo de su consumo y propició el nacimiento y desarrollo de la cunicultura, que iba a permitir al hombre alimentarse con carne de conejo a cualquier hora y en cualquier época del año.

Con el transcurrir de los siglos la cría de hurones se fue consolidando, seleccionando las líneas de sangre más aptas para su manejo en la caza, obteniendo animales cada vez más mansos y dóciles, más rápidos y obedientes, hasta llegar a lograr ejemplares (por regla general) de menor talla y capa más clara que sus homónimos salvajes. Los bicheros aprendieron a amansar a sus estiradas fierecillas para que acudieran prestas a su llamada y pusieron a trabajar en la oscuridad de los vivares sus afiladas uñas y agudos colmillos en pro de un objetivo común: la escondida y escurridiza presa que les permitiría ver la luz del sol un día más a ambos compañeros de fatigas. Para favorecer la localización de los mustélidos comenzó a utilizarse la ayuda de los más sonoros cascabeles, que aún hoy se siguen prendiendo a su cuello con la ayuda de una elástica goma, fácil de soltarse si el hurón se engancha en una rama o raicilla dentro de las sinuosas y estrechas galerías que componen su habitual y cotidiano cazadero.

Cuando aparecieron las primeras armas de fuego, los hurones pasaron a proporcionar ocasiones de disparo a los primeros tiradores de conejos de la historia. El cazador apostado en un punto estratégico de buena visibilidad aguardaba la estampida de los orejudos desalojados por los reyes del subsuelo «a toro suelto». Así pasaron los bichos de trabajar para las redes a hacerlo para las escopetas, convirtiendo en divertido y emocionante lo que en principio naciese como una forma simple de llevarse algo al morral. Pero muchos siglos atrás de que sonase el primer arcabuzazo, seguro que algún diestro ballestero y adelantado arquero probaron fortuna o hicieron puntería con alguno de los muchos conejos que desalojaron los hurones desde los estertores del Neolítico hasta el despertar del Renacimiento, dilatado período de tiempo en que por fuerza mayor coexistieron los mustélidos entrenados con las aves de cetrería.

Similitudes en la caza

El arte de adiestrar a los hurones para la caza y la cetrería tiene muchos aspectos en común. En ambos casos el ser humano utiliza su inteligencia para dominar a las aves del cielo y a las bestias de la tierra en su beneficio. Convierte las alas más rápidas en verdaderas armas arrojadizas, capaces de atrapar hasta a las más céleres presas en plena huida y el cuerpo escurridizo y la ferocidad de los colmillos más afilados en imaginarias prolongaciones de sus torpes extremidades con las que azuzar hacia el exterior al más esquivo y escondido de los animales.

Por sí solo, el cetrero no podría dar alcance más que a tristes grillos o confiadas lagartijas. Las propias rapaces y hasta los hurones tendrían serias dificultades para sobrevivir por sí mismos cazando en solitario, teniendo que competir por un territorio, encontrar lances suficientes y sortear cualquier adversidad meteorológica. En conjunto, unos ayudan a otros, los hurones ponen las presas que de otro modo permanecerían escondidas bajo tierra, ante las garras de las aves, las garras de las aves atrapan para el cetrero los animales que de otra manera escaparían despavoridos ante la presencia invasora de los hurones en su refugio subterráneo y de esta forma, todos juntos, pueden disfrutar de las proteínas necesarias para sobrevivir. A cambio de esta explotación de los animales entrenados, el cetrero los protege de las inclemencias y de los peligrosos depredadores, además de proporcionarles fácil alimento en los días malos y períodos de escasez, brindándoles excepcionales ocasiones para cazar en las condiciones más favorables.

Peligros en el adiestramiento

El sistema parece sencillo, pero los previos no lo son tanto. Al cuidado y adiestramiento básico de unos y otros hay que añadir el hermanamiento previo para evitar que las rapaces entrenadas y condicionadas para matar no ataquen a los que habrán de ser sus futuros colaboradores y éstos no huyan despavoridos cuando las vean en su proximidad. Sería una insensatez y una temeridad no tomarse en serio esta previa y necesaria fase de acercamiento y reconocimiento mutuo, tal vez con resultados irreversibles. Bastan unas pocas sesiones de placeos y roederos en conjunto para establecer los nuevos y necesarios lazos, aunque serán los primeros lances —ya sea a escapes o a caza real— los que terminen de enseñarle a distinguir a las rapaces la salida verdadera de una presa, de la asomada curiosa de su alargado colaborador. Hay que extremar las precauciones en estos lances iniciales, sujetando las pihuelas de nuestro pájaro hasta que tengamos la certeza de que el ataque está dirigido hacia un conejo en plena huida y no hacia el hurón.

El día que el cazadero pinta en plaga, los hurones andan finos y os pájaros están dispuestos a no perdonar uno

Tras algunas frustradas arrancadas, el ave desestimará abalanzarse sobre el mustélido, limitándose a observarlo con curiosidad en espera de que le proporcione una nueva ocasión de lucirse con los rabicortos orejudos. Entonces ya podremos relajarnos un tanto, aunque sería recomendable no hacerlo del todo, ya que a veces el hurón sale galopando sobre un conejo, hecho un ovillo a su nuca y también se haría necesario saber y poder retener a la rapaz, evitando cualquier desagradable accidente.

Pero hoy en día esta movida modalidad sólo se practica en aquellos privilegiados enclaves —no tan privilegiados, según el prisma de muchos agricultores— que cuentan con una altísima densidad de conejos y solicitan permisos especiales para cazar con hurones e intentar de este ecológico y natural modo poner coto al excedente poblacional de una especie de otro modo (ético y coherente) inabordable.

Partidarios y detractores

La caza con hurón tiene muchos detractores, tal vez por profundo desconocimiento. Algunos la tachan de ventajosa, cuando en la mayoría de los terrenos no lo es: el conejo puede salir por cualquier agujero oculto en la vegetación en el momento más inesperado y borrarse en dos brincos en la tupida vegetación colindante o en la seguridad de una boca próxima.

Además, no todos los majanos, vivares y madrigueras son susceptibles de ser huroneados. Algunos son inmensos, con lo que corremos el riesgo de perder el hurón en un vano intento de realizar su cometido, otros están en zonas prohibidas o peligrosas (taludes de auto-vías, carreteras, líneas férreas, vertederos) y muchos, rodeados de vegetación tan espesa (zarzales, cañaverales, coscojares) que hacen totalmente inviable tanto la captura de los conejos desalojados corno la recuperación posterior de los hurones. Hasta en los terrenos más llanos y despejados —en teoría los más fáciles para cazar con aves de presa—, el viento puede mandarnos a casa sin haber rozado uno solo de los grises pelos de nuestros ágiles y veloces contrincantes.

Esta tradicional y bonita variante de caza es un método inmejorable de control de la superpoblación de conejos

Si nos colocamos, ave al puño, con viento fuerte de cara —situación ideal para que los apercibidos conejos no nos venteen—, los azores y especialmente las águilas tienen serias dificultades sino absoluta imposibilidad para llegar a los rápidos rabotes en plena huida. Si lo hacemos viento abajo, además de evidenciar nuestra presencia —hecho que los intimida especialmente y puede conllevar dejarse matar por el hurón antes de romper al exterior—, podemos favorecer que el pájaro se pase, pegue mal en la presa o incluso se lesione con algún obstáculo ya sea natural (vegetación, orografía) o artificial (cables, cercas, estacas). No siempre es tan fácil como podríamos suponer a priori: algunos días las caprichosas aves no están por la labor, ya sea por exceso de peso, de calor, de viento o de compañía. Otros, son los indolentes hurones los que nos la juegan quedándose dormidos en el interior de las huras, trasconejados o apáticos, convirtiendo en una aburrida espera para recuperarlos, la jornada que presuponíamos plena de buenos lances y múltiples ocasiones para ver brillar las alas de nuestros estimados pájaros de presa.

Aunque a veces la fortuna también nos sonríe y se nos encarta una buena tarde de cetrería en la que se puede lograr una percha inimaginable de escurridizos conejos, que parecen salir a borbotones desde las entrañas de la tierra. El día que el cazadero pinta en plaga, los hurones andan finos y los pájaros están dispuestos a no perdonar uno, parece que no se hubiese podido diseñar mejor sistema de caza para el control de los lagomorfos. Muchas veces aún no hemos tenido tiempo ni de ver asomar el hocico del gazapo y ya lo tiene el azor entre sus garras. Todavía no nos hemos situado en un punto preferente y ya se nos va de la mano tras de otro que salió tapado por la vegetación y con el que establecemos el primer contacto de oído, cuando lo oímos chillar entre los poderosos cepos vivientes del rey de los bosques.

Apenas si tenemos unos segundos para regalar al ave con una deliciosa y breve cortesía, cuando ya rompe el monte un nuevo inquilino subterráneo, que es liado antes de una decena de metros… Hay días en que no da tiempo ni a respirar entre captura y captura, todo esmoción, sorpresa y vértigo. Otros por el contrario, el tedio y la ausencia de lances acaban minando hasta la moral de los cetreros más pacientes. Así es la cetrería con hurón, máxima diversión o el aburrimiento más absoluto, decenas de capturas o la mayor de las decepciones como único peso en el morral.

Por todo ello, según nos fue en la feria hablarnos bien o mal de este antiguo y elaborado entramado cinegético. Por eso existen múltiples detractores y algún que otro devoto practicante. Sin entrar en otras posibles valoraciones, he de defender esta tradicional y bonita variante de caza corno método inmejorable de control de la superpoblación de conejos, como escuela para jóvenes pájaros y como complemento a una temporada de caza convencional al salto ya finalizada, puesto que la guerra al conejo en muchos pagos, continúa durante la primavera y el verano, permitiéndonos continuar cazando durante la muda, mecanizando y engordando sobre estos más sencillos lances a nuestras aves que llegarán a una nueva temporada con una agilidad, fuerza, velocidad, destreza y experiencia inalcanzables con cualquier otro método, a la par que nos han colmado de buena cetrería durante el dilatado y aburrido período de muda.

Además los cetreros se hacen muy camperos, aprendiendo a leer el terreno y sus indicaciones y tornan mucha destreza en el manejo físico de sus aves, aprendiendo a colocarse acertadamente en el control necesario de vivares y perdederos, a sujetar el conejo recién capturado mientras da la cortesía al ave e incluso a su vez recupera con la ¿otra? mano al hurón, etc.

Andrés López

1 comentarios
21 oct. 2010 15:23
bruja  
Buen artículo. Solo he practicado esta modalidad con una prima de harris, y con varios amigos más con torzuelos de azor y la verdad es que el dueño de la finca quedó encantado pues le "liberamos" de un buen número de conejos sin causar daños a la plantación, al no producirse tiros. Era en una plantación de brócoli con un permiso por daños a la agricultura.
Muy entretenido

 

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Un consejo a modo de despedida

Sin duda alguna recomendaría a cualquiera la caza con hurón en cetrería, pues además ha supuesto el punto de reconciliación y encuentro de intereses y expectativas tan diametralmente opuestas como las de agricultores, cetreros y cazadores que gracias al cielo hemos sabido y podido coexistir y entendernos en el cada vez más adulterado y olvidado medio rural, a través de los siglos y a pesar de la historia.