Caza en las orillas del lago Mburo

La república de Uganda está situada al este de la parte central de África. Al norte de Tanzania, sur de Sudán, este de la República Democrática del Congo y oeste de Kenia; este pequeño país, es, sin duda, uno de los más hermosos del continente africano.

Alberto Núñez Seoane | 14/07/2010

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Su geografía está salpicada por un sinfín de lagos. Además del Ukerewe (lago Victoria) –el segundo de agua dulce mayor del mundo con casi 70.000 Km2–, están el Nyanza (Alberto), el Kyoga, el Eduardo, el Mburo y el Kwania.

Se ha constatado la presencia del hombre al menos desde el primer milenio antes de Cristo, pero se sabe muy poco desde entonces hasta el siglo XVI, tiempo en el que se constituyeron numerosos reinos en su territorio.

Uganda es un país rico, con una agricultura y una ganadería importantísimas, y con minas de cobalto y cobre

Uganda es un país rico, con una agricultura y una ganadería importantísimas, y con minas de cobalto y cobre; eso sí, con la riqueza muy mal distribuida entre sus más de treinta millones de habitantes que, con sus más de cuarenta dialectos, sobre pueblan la nación.

Los continuos golpes de estado, la sangrienta dictadura de Idi Amín y la implicación del país en la guerra de la República Democrática del Congo, sumieron a Uganda en el caos y la miseria. La caza estuvo cerrada, por estos motivos, hasta que se reabrió hace seis años, aunque con muchas restricciones todavía.

La caza me habita

Las conexiones aéreas no son cómodas ni cortas, pero la ilusión de la aventura próxima, hace que mi espíritu vague por senderos a los que no tienen acceso ni las prisas, ni las preocupaciones, ni los contratiempos; casi todo pasa a un segundo plano. La caza me habita.

Aterricé en Entebe. Acudieron a mi memoria avatares olvidados, ya, por los rincones del tiempo: la espectacular incursión aérea del ejército de Israel para liberar a los rehenes secuestrados en este aeropuerto; las sanguinarias crueldades del dictador Idi Amín Dada; las aventuras y desventuras de los padres, médicos de la ONU, de mi compañero de Colegio Mayor, Agustín; noticias sufridas, libros leídos, películas padecidas… Uganda acababa de abandonar el universo virtual de lo conocido, pero no vivido, para entrar en mi mundo tangible, íntimo y personal.

Pocos trámites a la llegada. Michael, que me esperaba, me llevó en coche hasta la cercana Kampala, donde pasé la noche en un hotelito cutre, sucio, sin cena y destartalado. Todo iba bien.
La mañana del día siguiente la pasamos comprando víveres, gasolina, utensilios y demás pertrechos necesarios para poder pasar, con ciertas comodidades, las siguientes dos semanas en la sabana.
Luego, siete horas de coche, atravesando la línea del Ecuador, por carreteras masacradas por los baches, las piedras y los conductores suicidas. Todo iba bien. Ya en la noche, oscura, llegamos al campamento. Cuatro tiendas de safari, africanas, plantadas alrededor de un fuego acogedor, y bañadas por el leve murmullo de las pequeñas olas que las aguas del lago Mburo enviaban contra la orilla. Bien.

Rifles a tiro

El rifle lo puse a tiro, por la mañana, para desgracia de unos impertinentes primates que, por lo visto, acudían un día si y otro también, a saquear los víveres del campamento. Los dos, el 8x68S y el .416 RM, estaban perfectamente centrados. Bien.

Fue algo curioso el modo en el que comenzó mi cacería. Kaká, el profesional y propietario de la concesión, me preguntó si tenía inconveniente en matar una cebra que había sido herida por un leopardo hacía varios días y, desde entonces, se había vuelto muy agresiva, llegando a cocear a una mujer del poblado cercano, cuando se acercaba al lago a llenar su vasija de agua.

Organizaron una pequeña batida en el lugar en el que la habían visto esa misma mañana y el resultado no se hizo esperar: la cebra corrió delante de los batidores hasta mi posición; pero no estaba sola y esto nos obligó a retrasar el tiro hasta estar bien seguros de cual era el ejemplar que debía abatir.

Una vez localizada con certeza, a lo que nos ayudó bastante su herida, pude dispararle sin mayor problema y acabar con su sufrimiento y la preocupación que había causado. El animal estaba muy débil y enfermo; las heridas recibidas le habían provocado una gran infección que, sin duda, le estaban causando mucho dolor, motivo probable de su impropia agresividad. Me hice una foto para recordar el lance y luego quemamos su cuerpo para evitar posibles contagios.

Cebras y un curioso doblete

Una vez terminado el asunto, fuimos en busca de uno de los animales cuya caza me había traído hasta estas lejanas tierras: el impala del este de África (Aepyceros melampus rendilis). De las tres sub especies de impalas, el común o del sur (A.m. melampus), el de Angola o de ‘cara negra’ (A.m. petersi) y nuestro protagonista, es éste último el que puede alcanzar el mayor trofeo.

La densidad de individuos era sorprendente. Pude ver cada día cientos de ellos, pero no quería conformarme con un buen trofeo, tenía tiempo suficiente y pensaba apurar hasta encontrar algo excepcional. Si no se daba la circunstancia, siempre estaría a tiempo de ‘cosechar’ un ejemplar digno.

En este primer día de caza, aparte de la cebra herida, maté un impala para surtir de carne al campamento y un babuino, el olive baboon (Papio anubis).

La búsqueda del impala era algo que repetíamos a diario, pero sin dejar de tantear a otros animales. De esta forma, pude cazar un total de tres cebras –sin tener en cuenta la del primer día– y lo hice por la calidad de sus pieles, la intensidad de sus colores y lo razonable de su precio. Fueron tres magníficos ejemplares.

Andábamos, al atardecer, en busca de un facochero, cuando vimos un par de ellos saliendo de la espesura en busca del pasto fresco que cubría la tierra de una zona más abierta. Íbamos caminando hacia ellos con precaución, tratando de ocultarnos con los escasos arbustos que había, cuando llegamos a una distancia razonable de tiro. Pero, momentos antes de encararme el rifle, algo llamó mi atención.

A nuestra izquierda, a menos de cien metros, dos waterbucks –que no habíamos visto por haber dirigido la atención hacia a los facocheros–, estaban tumbados a la sombra de uno de los pocos árboles del lugar. Esperaban el frescor del crepúsculo para poder saciarse antes del descanso nocturno. Uno de ellos me pareció enorme. Se lo comenté a Kaká, que no parecía muy convencido. Insistí y me dijo que eligiese: faco o waterbuck.

–No hay caso –le dije–. Me quedo con el antílope de agua.

–De acuerdo –contestó–. A ver si tienes suerte y llega a las 31 pulgadas.

El animal se levantó con lentitud, esperé a que acabase de incorporarse y, antes de que comenzase a caminar, le disparé.

No había olvidado al facochero y, por si acaso, en cuanto vi que el waterbuck caía muerto, me volví hacia el ‘guarro’. A causa del disparo había dejado de comer, pero no se había ido. Su curiosidad, y el viento favorable, hicieron que se quedase mirándonos. Ni me lo pensé. El rifle estaba cargado –es algo que siempre hago de modo automático, vuelvo a cargar lo antes que puedo después de cada disparo–, apunté y, sobre la marcha, le descerrajé un tiro que lo tumbó por el suelo.

Fuimos primero a ver el waterbuck. Era un auténtico ‘pavo’. Se trataba del Uganda defassa waterbuck (Kobus defassa ugandae), una de las seis subespecies de waterbuck que existen. No sólo llegó a las 31 pulgadas, sino que alcanzó las 33.

Luego a recoger el facochero, que fue muy bonito, ¡lástima que tuviese roto uno de sus colmillos!, pero la satisfacción del curioso doblete ya no me la quitaba nadie.

Treinta pulgadas de impala

En otra calurosa mañana, nos fuimos, tras muchas horas de coche, a una zona en la que la densidad de impalas era ciertamente sorprendente. Pululaban por todos lados. La relativa escasez de predadores y la abundancia de agua y comida, hacían del lugar un paraíso para estos animales. En vista de la gran cantidad de ejemplares, nos propusimos tratar de encontrar, con calma, uno de la talla que estábamos buscando.

A mí, la mayoría me parecían muy grandes y, la verdad, es que, comparados con los de otras subespecies, lo eran; pero Kaká sabía bien lo que queríamos y supo mantener a raya mi impaciencia.

Por fin, aparecieron dos impalas impresionantes. Mi guía se hartó de mirar por los prismáticos hasta que estuvo seguro de a cuál de los dos debía disparar. Cuando me dio su permiso, a pesar de no ser mucha la distancia, utilicé el trípode para asegurar el disparo. Después de apretar el gatillo, el animal dio un salto y corrió a refugiarse en la espesura. Un pellizco atenazó mi estómago, aunque duró muy poco, porque los minutos que tardamos en llegar desde el lugar del disparo hasta el arbusto tras el que el impala yacía sin vida se me hicieron eternos.

Es algo difícil de creer, pero el east african impala que acababa de cazar... ¡tenía un trofeo que alcanzó las 30 pulgadas!

El siguiente en la lista de mis objetivos era el búfalo. Habíamos salido varias mañanas, al alba, para buscar huellas frescas y tratar de seguirlas, pero en ninguna de las ocasiones fuimos capaces de tener oportunidad de tiro. El problema era que la abundancia de agua permitía a los búfalos utilizar las zonas de vegetación más próximas a los bebederos, lo que nos daba muy poco margen para sorprenderlos en áreas abiertas. En el interior de la espesura, era trabajo inútil intentar avanzar sin que nos escuchasen o los continuos revoques del viento delatasen nuestra presencia.

En esta mañana, apenas sin luz, sorprendimos a varios búfalos dándose la baña de barro que les protege de los insectos, pero una de las hembras detectó nuestra presencia y provocó la huida de todo el grupo al interior de la espesura.

Nos adentramos tras ellos, en varias ocasiones pudimos adivinar sus siluetas entre las ramas, pero no pudimos culminar, con éxito, el rececho.

Un búfalo solitario

Pasamos varias horas en el intento, hasta que, agotados, decidimos volver al coche. Fue entonces cuando vimos un búfalo solitario adentrarse en un pequeño bosque. La posibilidad de recechar, con esperanza de lograr algo positivo, a un solo animal es mucho mayor que si se trata de una manada, así que nos pusimos manos a la obra, de nuevo.

El sol había alcanzado su cenit, el calor era una pesadilla, las moscas nos comían, los pinchos nos herían y, el búfalo, nos daba coba… Así transcurrió el resto de la mañana. Con el sol en lo más alto, paramos para comer algo y descansar un poco. Una hora después, volvíamos tras la pista de nuestro ‘solitario’. Tanto Kaká, como yo, nos arrastrábamos con dificultad bajo las jóvenes acacias espinosas que continuamente complicaban nuestro avance. Parecía increíble que un pesado animal de seiscientos kilos pudiese haber pasado por donde a nosotros nos costaba trabajo hacerlo.

El tiempo de rececho es tiempo de pensar. Las muchas horas que empleo siguiendo un rastro o haciendo una espera, las utilizo para pensar. Pensar en muchas, variopintas e interesantes, a veces, cosas. Una parte de ese tiempo, cuando las manecillas del reloj no dejan de dar vueltas por el mismo y tu presa no da señales de querer darte una alegría, lo uso para intentar averiguar qué es lo que está pasando. Trato de saber si nos hemos equivocado en algo, si el animal está jugando con nosotros, o si, sencillamente, hemos perdido toda posibilidad de éxito. Es lo que hice entonces, y me di cuenta, creo, de lo que estaba sucediendo.

El búfalo, consciente que lo seguíamos y sabedor, con la experiencia que le daban los años, que si salía del matorral perdería la protección que necesitaba, decidió seguir la táctica de aguardar en las zonas con más espesura hasta sentir, por el ruido que hacíamos, nuestra presencia. Entonces se desplazaba el trecho suficiente para ponerse fuera del alcance de nuestra vista. Seguía esta práctica, describiendo círculos para evitar perder la protección de la vegetación. Cuando volví a pasar varias veces por los mismos sitios, no me fue difícil saber lo que estaba haciendo.

Fue un golpe de suerte el que hizo que me plantase de cara con el impresionante animal. Uno de los perros se perdió en la espesura abandonando la disciplina que le marcaba su dueño. Al poco, lo escuchamos ladrar, ¡a nuestras espaldas!, de modo inconfundible. Kaká me dijo que fuese para allá lo más rápido que me permitiesen mis piernas y los arbustos espinosos. Eso fue lo que hice.

A los pocos minutos, traspuse unos matojos y me encontré con el perrillo ladrando a un búfalo que, detenido, trataba con cortas embestidas, de sacudirse al molesto can. Sobre la marcha, quité el seguro, me encaré el .416 RM y le apunté a la cabeza, entre la base de los cuernos y el ojo. La distancia era muy corta, puede que quince metros, y no podía permitirme el lujo de no dejarlo seco, las consecuencias podrían ser fatales.

La bala hizo diana y el búfalo nunca llegó a enterarse de lo que había pasado. Cayó como un fardo.

Era un viejo macho, con un cuerpo enorme aunque bastante cortito de cuernas que, eso sí, tenían sus bases gastadas y arrugadas, o sea, ¡bonitas! Un lance emocionante y con la mejor recompensa: el éxito.

Una sorpresa agradable

Entre las licencias que había podido conseguir, estaba la del bushbuck del Nilo. Un esquivo animal, que al igual que el resto de sus primos, resultan difíciles de localizar, ver y, por supuesto, cazar.

No habíamos visto ninguno, tampoco es que nos hubiésemos dedicado en especial a él. Una mañana, a los veinte minutos de haber abandonado el campamento, «la madre caza» volvió a sorprenderme, como acostumbra, en esta ocasión, para bien.

Kaká mandó parar el coche, nos bajamos y anduvimos unos pasos. A escasos cincuenta metros, me enseñó lo que había visto: un bushbuck del Nilo pastaba tranquilo en el frescor limpio de la mañana. Nos vio y corrió hasta desaparecer tras unos arbustos. Lo seguimos con mucha precaución, y al llegar al lugar por el que lo habíamos dejado de ver, tuvimos la suerte de volverlo a localizar al borde de la espesura, mirando hacia nosotros pero sin habernos visto, aún. Con sigilo y la rapidez que pude, me encaré el rifle, apunté y disparé. Un inequívoco salto del antílope, me confirmó que el tiro había sido bueno, aunque lo viésemos desaparecer en la maleza.

Lo encontramos a escasos diez metros del lugar en el que se encontraba cuando le disparé. Sería la cuarta subespecie –Cape, harnessed, Chobi y, ahora, Nile- de este esquivo y lindo animal, en mi colección.

«Operación Hipo»

El último de los animales para los que tenía licencia, era el hipopótamo. En el lago Mburo hay una gran población de ellos, se trataba de intentar localizar un buen macho. Para ello, aparte de recorrer los lugares querenciosos de los hipos, tratando de avistarlos desde la orilla, fuimos a dos poblados de pescadores situados en las márgenes del lago, para preguntar a las gentes de allí por algún ejemplar grande que hubiesen visto en sus diarias salidas para pescar.

La tendencia de los africanos a haber visto, siempre, el animal más grande de África, da igual la especie que estemos buscando, es bien conocida por todos los que hemos estado allí, esta, no iba a ser una excepción.

Hicimos un recorrido por la orilla próxima al primer poblado para echar un vistazo ‘al monstruo’ que andaba por el lugar. Seguidos por medio pueblo y devorados por dos millones de moscas, empleamos toda la tarde en poder ver al hipo. Los cañaverales de la orilla, el barro –que impedía una mayor aproximación– y lo esquivo del animal, retrasaron bastante poder calibrar la envergadura de sus colmillos que, al fin, resultó claramente insuficiente.

Al día siguiente, el último día del safari, fuimos en busca del otro poblado, bastante más alejado de nuestro campamento. Nos llevó más de dos horas y una avería del Land Rover, poder llegar al miserable pueblito.

La cara más amarga de África

Como en tantas otras veces, el corazón se encogió muy dentro de mi pecho; como tantas otras veces, las lágrimas asomaron al borde de mis párpados luchando por no desvelar su presencia; como en tantas otras ocasiones, África, en su dura y absurda realidad, se mostró en su cara más amarga.

Criaturas semidesnudas, enfermas, débiles, malnutridas y asustadas por mi pelo y mis barbas, corrían a esconderse tras sus madres. En la hora larga que estuvimos hablando con el jefe del poblado, fueron acercándose con timidez y prudencia, el hecho de verme cerca del jefe, sin duda les tranquilizó. Acompañado por una mujer, me pude acercar a algunos de ellos y darles unos caramelillos, algo de ropa que siempre llevo, a este efecto, y una pequeña muñeca que había comprado día atrás en un desvencijado tenderete. Pensé que mi hija Sofía podía ser una de aquellas preciosas y tristes niñitas. Sin futuro, sin alegría, sin esperanza… los párpados no pudieron con las lágrimas…

Cuando regresé a la reunión ya lo habían hablado todo. Al parecer, un grupo de hipos vivían en un recodo próximo del lago. Nos dirigimos hacia el lugar guiados por un equipo de seis pescadores, cortamos varias cañas para poder observar sin obstáculos y nos dispusimos a esperar.

Con los últimos rayos

Tardaron bastante en aparecer, no estaban muy confiados. Tres se mantuvieron en nuestro campo visual pero permanecían sólo varios segundos con los ojos y las fosas nasales fuera del agua, lo cual nos impedía asegurarnos sobre cuál era el macho y la dimensión de sus defensas.

La tarde terminaba y, con ella, las posibilidades de cazar. Le dije a Kaká que no se preocupase, prefería irme sin tirar a equivocarnos, pero él se resistía.

Al fin, me indicó uno de los hipos, yo, la verdad, no lo tenía muy claro y volví a decirle que no era necesario arriesgarse, pero él me dijo que estaba seguro.

Con los últimos rayos de sol y, créanme, eran ciertamente los últimos, el hipo me dio una oportunidad y le disparé en medio de los ojos.

A la mañana siguiente, antes de partir para Entebbe, llegamos, con el alba, al lugar en el que había disparado. A unos trescientos metros de la orilla, flotaba el inmenso cuerpo del hipopótamo. Felicitaciones y enhorabuenas.

Tardamos casi dos horas en sacar el cuerpo del animal a tierra, era un gran hipo, pero con las defensas pequeñas. Kaká se disculpó, yo volví a recordarme a mí mismo lo que tantas veces me he dicho: «la última decisión debe ser, siempre, mía».

De cualquier modo, estaba feliz, un hipo siempre es un hipo. Con su recuerdo y el de un buen safari, recorrimos las seis horas que nos separaban del aeropuerto de la capital de este hermoso país de centro África: Uganda.

Alberto Núñez Seoane

 

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