Treinta años después…

Todo fue muy rápido, surgió, así, casi sin más. Había que aprovechar la oportunidad, vuelos a Johannesburgo a buen precio (hay que estar muy pendiente o tener suerte, como fue el caso, para coger las ofertas de Iberia). Excelentes referencias de Spitskop Safaris. Mi familia no podía ir en esta ocasión, por lo que debía ser una excursión con amigos.

Adolfo Sanz | 17/05/2010

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Estaba acompañando a Antonio Mingo en una cacería de berrea en Almería, cuando, de casualidad, me enteré de la oferta de vuelos; sabía que Mingo desde hacia tiempo quería cazar en África. «Antonio, ¿te apuntas?». «¡Me apunto!». Dos, con el cronista. Buen tipo, yo no viajo tan lejos con cualquiera. Por cierto… ¡vaya pedazo rececho!, ya se lo mostraré en forma de artículo de cara a septiembre.

Más buena gente, Pepe de Grado. Acababa de llegar de Namibia… «¿Oye, Pepe…?». «¡Me apunto!». Tres. «Tengo dos amigos que les gustaría ir». «Si son amigos tuyos, sin problema, además serán majos…». Lo son. Pedro Madrazo (primer safari) y Roberto Alexander (facocherista empedernido). Y van cinco.

Entre tanto tenté a Antonio Sánchez. Sabía que se iba a apuntar… otra cosa era cazar, ya que Antonio llevaba más de 30 años sin hacerlo. Cazó el pájaro de la mano de Heraclio, su padre, en su Salamanca natal, algo más de menor con su hermano mayor, homónimo del progenitor, algún guarro, un par de rebecos… y pare usted de contar.

Generalidades

Últimamente se ha escrito mucho y bien sobre el springbok en estas mismas páginas. Manferland le dedicó su Antes de contratar allá por septiembre y, más tarde, José María Aranda abordó su grand slam en el macro reportaje dedicado a Sudáfrica en marzo. Me limitaré a dar mis impresiones sobre un animal del que he cazado unos cuantos y he visto miles. Las manadas son numerosísimas; dicen que cuando los boers iban recorriendo el Cabo hacia el norte a través del Karoo, los había por millones, era casi una única manada. Hoy, sin llegar a tanto, es ciertamente muy abundante, tanto, que no son raras las cacerías de selección. Esta abundancia hace que las tasas de abate sean muy asequibles.

El springbok es un antílope (gacela) esquivo, listo y gregario. Lo suyo es encontarle en grandes grupos en los herbazales, sabanas e incluso secarrales, pero, eso sí, siempre en llano. Los machos más corpulentos apenas sobrepasan los 40 kilos de peso. Por lo tanto, es fácil adivinar que en su caza a rececho los tiros serán normalmente largos, difícilmente a menos de 100 metros y no son raros los que se realizan a más de 250. Ya estamos con la misma cantinela de siempre, ¡el calibre, hombre! Obviamente, para cazar springboks, uno de gran rasante, todos los del ámbito de los 6 mm pueden ser perfectamente válidos.

Pero si uno va de safari a tirar normalmente a otras piezas más corpulentas, pues tampoco pasa nada... el .30-06, el .300 Win Mag, o incluso calibres superiores, serán perfectos, sobre todo si tiramos con el rifle con el que estamos acostumbrados a disparar, el nuestro. En Sudáfrica, calibres como el .22-250 o el .25-06 son utilizados con excelentes resultados para esta gacela. Obviamente en las batidas se suele tirar más cerca (también depende de donde estemos colocados), pero las discusión balística es la misma que en rececho. Para gustos están los colores, y, aunque hay aficionados que no les emocionan este tipo de cacerías, a mí al menos me parecen un tanto curiosas, y sólo hecho en falta la algarabía de nuestra montería, ya que aquí impera el silencio, y cuando uno se quiere dar cuenta, los springboks han puesto pies en polvorosa y ya no hay quien los acierte... corren como demonios y saltan espectacularmente.

Poco les puedo contar que ya no haya dicho sobre las capas y colores de springbok, el común con sus subespecies, el blanco, el negro y el cobre (no reconocido como variedad en ningún libro de récords). En cuanto a la calidad, un macho de 12 pulgadas (30,48 cm) ya es ‘majo’, aunque el mínimo de Rowland Ward, 14 pulgadas (35,56 cm), ya es un señor trofeo.

Otro detalle, el culinario, el springbok tiene una carne excelente; yo, que no soy amigo de la asadura, la he comido de springbok en revuelto con huevo, ¡para chuparse los dedos!

Treinta años después

Había dejado abandonado a mi amigo Antonio Sánchez. Se apuntó, claro. Al principio sólo para ver, pero, poco a poco, le entró el gusanillo y dijo que «...lo mismo, algún bicho pequeño».

Adam Barnard, el propietario de Spitskop y cazador profesional, decidió, creo que con buen criterio, dedicar el primer día de caza a una batida, ya que además de springbok (machos y hembras, éstas tienen la cuerna algo más corta y delgada que los machos), en esa finca había la posibilidad de tirar impala, blesbok blanco, ñu negro y orix a un precio excelente, y más barato que a rececho. Adam, además de un gran profesional, es un gran tipo, como se demuestra con este detalle. Yo me fui ‘doblando’ con Antonio Sánchez, en realidad quería disfrutar de su rentreé cinegética, ya que había alquilado un rifle del calibre .25-06. Nos acompañó el propio Adam.

El puesto en alto, en una pequeña cuerda de norte a sur, al oeste había que disparar a una gran planicie (1), al este a un testero precioso. Calma chicha. De pronto, Adam alerta a Antonio, que cuando está en el campo cuando mira ve, que no es poco. Por el testero se acercaba un springbok, Sánchez tranquilo, esperó su momento y ¡poum...! Treinta años después un antílope menos. Un poco más tarde entró otro macho, ¡y al bote! Y otro más de testero, y chorreado, ¡tres de tres tiros, y dos bastantes buenos! Comenzaron a asomar por el plano, 150 metros, ¡y hala!, una hembra de buen trofeo, y otra también grande, esta vez a 200 metros... ¡cinco de cinco! (2) Increíble. Aproveché un receso del amigo para bajar, con mi .270 y cartuchos Federal Vital Shok de 150 grains, dos hembras grandes, y por la tarde, para fallar lamentablemente un macho enorme, a huevo, por listo.

Al día siguiente comenzaron los recechos. El cronista se estrenó en Spitskop, después de una preciosa entrada, con un tiro a algo más de 200 metros, el springbok pegó un salto enorme y hubo que recorrer lo suyo para cobrale. Entre orix y orix, seguíamos cazando algún springbok, como los de Antonio Mingo (3), Pepe de Grado (4) y el cronista uno muy largo de cuerna (5) con el rifle de Sánchez (se me habían olvidado las balas...).

Último día. Satisfecho, contento y feliz, quería cazar un springbok blanco, el de capa negra ya lo abatí hace muchos años, y Adam y Frankie, el pistero, me demostraron toda su valía. Primero integraron al solitario blanco con el grupo, y después, tras una tremenda entrada de varios kilómetros, Adam me colocó a 258 metros exactos del animal. Es lo que había, ¡imposible más cerca! Hubo suerte, aunque también zascandileó antes de caer (6). La tarde amenazaba lluvia, tormenta de principio de otoño (7). Antonio esperaba cerrar su espectacular safari cazando un buen springbok, pero esta vez a rececho. La cosa no estaba fácil. Olor a tierra mojada. Aguacero. Festival de rayos. Pero es que cazan como los ángeles. Colocaron a Sánchez a 180 metros de un springbok tirable, y aunque en esas condiciones no pudo precisar el disparo, el macho estaba malherido. Y le piestaron, ¡cómo pistean!, y le encontraron, aunque Antonio hubo de rematar (8)... No tardaremos en volver. Springbok, saltos para todos los gustos.

 

Adolfo Sanz

Este artículo pertenece a la serie :

Treinta años después…

Los ‘corzos’ de Vanderkloof

 

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