Tras el elefante de selva y otros relatos (II)

José Luis, acompañado de nuestro amigo Ángel, pretendía cazar un elefante, que le quedó pendiente el año anterior, y a punto estuvo de conseguirlo de no ser porque, ante la carga inesperada del animal, todos los pisteros salieron despavoridos, en alocada carrera, llevándose de camino el rifle y sus ilusiones.

Antonio García Alonso | 09/06/2009

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Era su último día de estancia. Yo me uní al grupo, aceptando su amable invitación, con todas las licencias disponibles y más tiempo a mi favor. Las expectativas de éxito eran muy grandes, y mi ilusión, infinita.

El primer día de caza pudo ser el único y definitivo tiempo de estancia en el campamento, ya que a punto estuvimos de regresar a casa esa misma jornada.

El lance consiste en sentarse en un pequeño claro de la selva, bien camuflado, junto a un pigmeo, que comprime sus fosas nasales con los nudillos de los dedos índice y central a la vez que emite un sonido que imita al de un congénere herido

Antes del alba, Geoffroy, profesional de José Luis y jefe del campamento, nos hizo subir a todos al mismo todoterreno (dijo que no disponía de más), con el enfado y las reprobaciones correspondientes por nuestra parte, habida cuenta de que habíamos contratado cazar cada uno con un cazador profesional: es lo que se llama 1x1, en terminología cinegético-comercial; 2x1 supone que un profesional acompaña a dos cazadores; sin embargo Juancho era el profesional que se me había asignado (hoy tengo a Juan Saffon por un buen amigo). Una situación absurda, pues con un único coche, aun cuando haya dos profesionales, resulta imposible la caza, más aún en selva; nos estaríamos molestando constantemente el uno al otro. Además no llevábamos nada más que un grupo de pisteros, con lo que o bien José Luis o bien yo debería quedarse alternativamente en el Toyota. Un completo disparate que, tras dos o tres horas de tormentoso viaje, concluyó en que dábamos el safari por finalizado, y así habría concluido la expedición de no haber sido por la atinada mediación de Juancho, que apelando a nuestro buen juicio, propició la llamada al dueño de la empresa, quien supongo que reconvendría con argumentos convincentes al tal Geoffroy, puesto que al día siguiente ya sí que podríamos disponer de dos vehículos (uno para cada cazador, PH, y pisteros).


«Otro día tendría la oportunidad de abatir un duiker azul y un precioso antílope enano de Bates (en la imagen), trofeo, este último, que había tenido siempre especial ilusión en conseguir».

El almuerzo, en el campamento, transcurrió frío y distante, mas como la diplomática lengua francesa es un bálsamo que propicia grandemente la distensión del debate, a eso de las cuatro, ya más calmado el ambiente, accedí a la propuesta de ir a reclamar céphalophes. Se puede ejercitar todas las tardes, aunque a veces prefería quedarme en el campamento, sobre todo si la caminata de la mañana había sido muy dura, además, a esas horas del día, la selva está tan sumamente recalentada que puedes apreciar la ascensión del vapor de agua, condensada por el ardiente sol y la humedad; los efluvios llegan a producirte dolor de cabeza y mareos. El lance consiste en sentarse en un pequeño claro de la selva, bien camuflado, junto a un pigmeo, el cual comprime sus fosas nasales con los nudillos de los dedos índice y central a la vez que emite un sonido que imita al de un congénere herido. Los Cephalophinae son animales muy agresivos y acuden prestos a la llamada. Si no entran tras unos cuantos reclamos quiere decir que no hay ningún duiker en la zona; entonces te alejas lo suficiente y se repite la misma operación, y así hasta tres o cuatro veces en la tarde. Entran a la carrera y se van de igual forma, tan pronto te ven. El tiro se realiza con escopeta y cartuchos cargados con postas. Esa tarde me entró uno, pero una rama vertical, que me pasó inadvertida al sentarme, me enredó el cañón de la escopeta, al intentar girarme, y el animalito salió de naja sin que pudiera dispararle. Una de las tardes dedicadas a duikers fue un solitario elefante malhumorado el que acudió al reclamo. El barrito sonó muy cerca, ¡cerquísima!, quizás demasiado… hubiera podido tener la oportunidad de dispararle, de no ser porque, al levantarme de un salto, sólo pude ver pasar a toda velocidad la cara atenazada por el miedo de cada uno de los pigmeos que me acompañaban; uno de los dos que desaparecieron precipitadamente entre la arboleda llevaba mi rifle colgado. A Juancho, cuando me vio, armado con la viejísima escopeta, sólo le cupo decir: «¡Vámonos!, ¡corre!» Una vez alcanzado el camino, aún permanecía el miedo grabado en el semblante de los pisteros; aquello me evocaba el rostro cetrino del torero que espera una cornada inminente de un toro reservón. Poco tiempo atrás habían presenciado horrorizados cómo un elefante destrozaba a su pistero jefe sin poder hacer nada por evitarlo. Otro día tendría la oportunidad de abatir un duiker azul y un precioso antílope enano de Bates, trofeo, este último, que había tenido siempre especial ilusión en conseguir.

La caza artesana del bongo

El bongo (término de la lengua baka, de los pigmeos), Tragelaphus euryceros, sólo se encuentra en la selva tropical africana y es el antílope de mayor talla que habita en ella. Tiene un peso similar al de los grandes antílopes de sabana (excepción hecha del eland), pero con las extremidades más cortas y el cuerpo más rechoncho, casi cilíndrico, como un proyectil, por lo que da la impresión de ser aun más grande de lo que realmente es; camina siempre con la cabeza gacha y los cuernos hacia atrás, en una perfecta adaptación al medio selvático de galería. Es muy tímido y huidizo aunque, como todos los grandes animales de selva, también es agresivo y puede atacar al ser sorprendido (seguramente porque hemos sobrepasado la distancia de seguridad que  tienen establecida como rasgo de su etología genética y ven un riesgo mayor en la huida que en la agresión).


El autor con Juancho y la escopeta utilizada en las esperas a los pequeños antílopes.

Su caza es de pura artesanía. Premisa indispensable es que haya bongos en la zona, obviedad imprescindible. Ha de haber llovido antes en el área, pues de lo contrario es imposible encontrar huellas frescas, aparte de que nuestra marcha suena como un redoble de tambor. La alfombra continua de hojas secas acumuladas durante años crepita a nuestro paso como si camináramos por un rastrojo de maíz o sobre bolsas de  crujientes patatas fritas. Ítem más, el ungulado no deja marcada su huella sobre el cúmulo heterogéneo de hojarasca; así pues, el pistero de selva tiene que ir levantando las hojas para descubrir la pisada en la tierra firme y, dado que el animal no es visible hasta que ya se está casi junto a él; el pigmeo actúa más por capacidad intuitiva que por percepción sensorial; sabe lo que haría el bongo, o incluso piensa como un bongo, en su más primigenia animalidad genética de Homo venator antecessor (rastrear un león en terreno duro requiere las mismas dotes: la observación del hecho es todo un espectáculo), de lo contrario no puede entenderse cómo se efectúa con éxito la búsqueda. Una vez visto el animal, se sueltan los perros (de raza mil leches, como los llama un amigo veterinario), que, como aguerrida rehala, se lanzan hacia el bongo para intentar pararlo; es el momento de acercarse y disparar sin llevarse por delante  ningún can, aunque alguno sí que puede sucumbir de una cornada.

Aquella mañana, como todas, salimos después del desayuno, que es a las cinco, pertrechados con los ocho pisteros y los seis perrillos atraillados. La noche anterior había llovido (la lluvia tropical es todo un espectáculo de luz, color y sonido; el cielo se abre y muestra las fallas valencianas en la Nit de la Cremá; los rayos y truenos desencadenan tal tromba de agua que puede inundar la zona en pocos minutos, si bien la tierra absorbe toda el agua rápidamente). La lluvia nocturna es el mejor augurio de una jornada de éxito. Amaneció encalmado, como preludio de un día soleado. El pistero que viajaba en la parte anterior del parachoques delantero del Toyota, sentado en un adminículo colocado ad hoc  para poder observar las huellas con mayor facilidad en los caminos, levantó la mano e Ismaela, el conductor, se detuvo al punto. Los ocho pisteros se arracimaron sobre las pisadas del bongo y se dispersaron a ambos lados de la vía, adentrándose en la selva y regresando al poco tiempo. Valeur, el pistero jefe, nos informó de que se trataba de un ejemplar de mediana talla y no valía la pena seguirlo. Una segunda parada nos detuvo de nuevo y nos mantuvo esperando bastante tiempo, pero Valeur nos comunicó que, aunque ese sí era un macho grande, su búsqueda iba a resultar muy dificultosa, porque se había adentrado en la foresta hacía muchas horas y debía de encontrarse ya muy lejos, de manera que continuamos la marcha  hasta las 6:45, hora en la que por fin habíamos dado con una hermosa y nítida huella reciente, makalá, perteneciente a un macho adulto. Cogimos del coche todos los apechusques que pudieran sernos de utilidad y nos dispusimos a comenzar el rececho.

Un ejército de altura

Los pigmeos son los pisteros más diestros que jamás haya visto anteriormente. A manera de ejército, marcialmente instruido, siempre bajo el severo mando del pisteur chef, los ocho hombres se abren en dos flancos y avanzan lentamente, escudriñando cada espacio de suelo, hasta que el rastreo de la presa se hace nítido y su presencia, cercana. En ese punto, la formación comienza a avanzar en línea, con el jefe y un par de ellos en cabeza, el resto del grupo pasa a la retaguardia del white hunter y el cazador. Cuando el animal ya está a la vista, no encuentras junto a ti más que al jefe de los pisteros y al cazador profesional, que es quien te dice si la calidad del trofeo justifica su abate o bien se abandona la cacería (en selva, únicamente llegas a ver al animal cuando lo tienes muy cerca; siempre se trabaja a ciegas).


«El bongo (término de la lengua baka, de los pigmeos), Tragelaphus euryceros, sólo se encuentra en la selva tropical africana y es el antílope de mayor talla que habita en ella. Tiene un peso similar al de los grandes antílopes de sabana (excepción hecha del eland)».

Tras dos horas de dura, lenta y laboriosa marcha, llena de caídas, picaduras, pinchazos y un sinnúmero de penalidades, que no hacían sino estimular mi ánimo y mantener mi ilusión constantemente renovada, pude, al fin, contemplar, a muy escasa distancia, tan codiciado trofeo. El vivo color naranja albirrayado de su pelaje puede llevar a pensar que resulte nítidamente visible entre la fronda; nada más lejos de la realidad; la colorida y llamativa librea se torna adecuado camuflaje en su medio habitual. Sin embargo, lo descubrí con facilidad, tan pronto como me lo mostró Juancho. Ahí estaba, a menos de diez metros; el problema fue que no me atreví a ejecutar la orden de disparar que me dio, pues sólo podía ver un parche costal ¿delantero o trasero? El hecho no me preocupó en demasía; el animal se mostraba confiado y ajeno a nuestra presencia. Yo sabía que sin moverme ni hacer ruido no iba a detectarme por el olfato, pues bajo los gigantescos árboles no hay brisas y no podría tomarme el aire. El animal se alejó con elegante y confiada despaciosidad hasta perderse de vista. Reanudamos la búsqueda un corto trecho y lo avistamos de nuevo. La situación fue casi idéntica. La tercera vez que lo vimos, los pigmeos creyeron que era el momento oportuno para dar suelta a los perros. Se formó un colosal pandemónium de carreras, gritos y ladridos, pero el bongo se zafó de las acometidas y, de forma inesperada, en lugar de huir, rompió derecho hacia mí, tan pronto me vio. Juancho me gritaba desaforadamente para que me apartara de su trayectoria y me resguardara tras el árbol que había a mi izquierda, pero con la mira en 1.25x, vi el tiro bastante claro. El proyectil Swif-A-Frame de 400 grains le entró por la oreja izquierda y se le alojó en la columna vertebral, dándole una muerte digna y fulminante (el calibre .416 Rem. Mag. es muy efectivo en selva). Sólo cinco pasos mediaban entre el disparo y mis pies, y ahí acabó, por fin, yacente, dramáticamente hermoso. Todo el camino de regreso al campamento lo realizaron  los pigmeos cantando las excelencias de la caza en su lengua baka (ese día olvidé llevar la cámara de vídeo; lo que son las cosas…). Por la noche, me ofrecieron una cena de gala, y una foto de mi bongo sustituyó a la etiqueta de una de las botellas del excelente bordeaux que degustamos, para dejar fehaciente constancia del evento.

El elefante de selva

La caza del elefante de selva, Loxodonta africana cyclotis, es el lance más emocionante al que un cazador pueda enfrentarse (la del búfalo enano no le va a la zaga). Los profesionales de selva dicen que los cazadores se dividen en dos categorías: aquellos que han cazado elefante de selva, y los demás. La afirmación resulta presuntuosamente exagerada, pero la verdad es que vale la pena la experiencia.


«Todo el camino de regreso al campamento lo realizaron los pigmeos cantando las excelencias de la caza en su lengua baka. Por la noche, me ofrecieron una cena de gala, y una foto de ‘mi’ bongo sustituyó a la etiqueta de una de las botellas del excelente bordeaux que degustamos».

Una vez conseguido el bongo, empezamos a dedicarnos de lleno a buscar un elefante de trofeo decente, lo que no resulta nada fácil, dadas las condiciones del biotopo en el que se mueve. Cazar elefantes, también los de sabana, siempre resulta una tarea ardua y complicada que requiere un gran esfuerzo, no bien recompensado las más veces. Son animales que no cesan de caminar y aunque lo hacen despacio, avanzan muchísimo, debido a su gigantesco tamaño. La técnica del rececho es siempre la misma: tras localizar la huella fresca de un macho adulto, hay que armarse de paciencia y de buen ánimo; nos esperan horas de marcha a ciegas hasta que conseguimos verlo. Eso, disponiendo de buenos pisteros (los pigmeos están entre los mejores), ya que si no lo son tanto, se puede perder la huella en las primeras horas de marcha, como me ha ocurrido más de una vez en el Selous, en Tanzania, pese a haberlos visto entrar en la espesura; allí son muy abundantes y no es raro encontrarlos atravesando caminos o andando por los lechos de ríos secos. Cuando ya lo tienes a la vista no hay que pensar que el lance está servido; la mayor parte de las veces te encuentras con individuos de menguados, menguadísimos, rotos o inexistentes colmillos; en otras ocasiones agotas el día en la búsqueda, y la cercanía de la noche te impone programar el regreso; sin embargo, amén de otras circunstancias que te hagan desistir de su captura, el mayor problema de la caza del elefante en selva viene en el momento en que el macho que persigues se une a un grupo de congéneres; en ese instante ves cómo todo el mundo retrocede automáticamente hacia el camino de regreso; y es que una manada de elefantes en la espesura se convierte en un ejército que te puede atacar por todos los flancos y el hombre, en semejante maraña, es totalmente vulnerable, e indefenso ante la más mínima agresión.

Para el elefante, tan sólo van seis pisteros, pues el rastreo no es tan complicado y minucioso como el del bongo; por supuesto, se va sin perros, que de nada servirían (a un elefante no hay quien lo pare); aunque su talla y su peso sean aproximadamente la mitad que el de sabana, es un animal tremendamente poderoso y más peligroso que su pariente, al ser más agresivo y el medio en el que se halla, más hostil.

Con la huella plantar de un elefante sucede lo mismo que con la huella digital humana: no hay dos iguales. El buen pistero no las confunde, y puede seguir continuamente la misma hasta encontrar su propietario —suelen recorrer grandes distancias; en particular, cuando se sienten perseguidos—; puede, también, diferenciar con claridad las marcas dejadas por un macho viejo de las de uno joven o de las de una hembra.


«Otras veces eran los propios caminos los que se convertían en los más firmes guardianes de la caza: árboles caídos por efecto de recientes o pasadas tormentas se interponían ante nosotros».

Hicimos varias aproximaciones, algunas de las cuales nos llevaron toda la mañana; sin embargo, pese al esfuerzo, el resultado fue siempre infructuoso: la palabra troupeau, manada,proyectaba a los pigmeos hacia atrás, actuando como si de una catapulta se tratara; el término embouteillage, suponía que nuestro macho se había cruzado con algunos congéneres y, después de haber mantenido con ellos una amistosa y relajada conversación, habíanse disgregado, dejando tras de sí tan inextricable y confuso galimatías que no existiera egiptólogo capaz de interpretar semejante jeroglífico impreso en el  papiro silvático, utilizado como improvisado salón para su reunión social; ¿este?… un enredoso quilombo, que diría un castizo argentino. Otras veces —muchas más de las que yo hubiera deseado—, eran los propios caminos los que se convertían en los más firmes guardianes de la caza: árboles caídos por efecto de recientes o pasadas tormentas se interponían ante nosotros, a manera de barreras de un paso a nivel infranqueable; troncos, a veces, de más de un metro de diámetro, cortaban totalmente la ruta. Mas, el obstáculo tampoco arredraba al personal; el grupo de pigmeos saltaba, al unísono, del vehículo, pertrechado cada uno de ellos con una herramienta aniquiladora: bien un hacha, una panga y, sobre todo, la sierra mecánica ¡la gran sierra mecánica! cuyo rugido atronador ahuyentaba a cualquier ser viviente si osara, por ventura, hallarse, a la sazón, en una superficie de varios kilómetros a la redonda. En otras ocasiones, encontrándonos ya cerca de la presa, eran los colobos, encaramados a los árboles, a más de cuarenta metros, o los gorilas, en niveles más bajos, los encargados, con sus gritos desaforados, cual políticos en mitin electoral, de proclamar nuestra presencia a los cuatro vientos.

Sea lo que fuere, el resultado era, machaconamente, el mismo: vuelta atrás, y mañana será otro día; no obstante, el día siguiente amanecía, indefectiblemente, cargado de ilusión y de esperanza.

Unos momentos insoportablemente críticos

Andábamos tras las huellas de unos búfalos, en un claro, no lejos del camino, cuando se me acercó Valeur, instándome a que lo siguiera con todo sigilo; me indicó, por señas, que se trataba de un buen elefante y que estaba muy cerca. Me quité las botas y me fui  acercando, junto a Juancho, tratando de pisar con la delicadeza propia de una bailarina de ballet, intentando minimizar los movimientos y controlar mi agitada respiración, mas los latidos de mi corazón resonaban en mis oídos con la ronca monotonía del motor de un pozo. No sé cómo conseguí acercarme a tan corta distancia sin ser apercibido, pero el caso es que allí estaba junto a él, acuclillado (de pie no se veía nada); Juancho a mi derecha, el pistero a mi izquierda. Entre la boca del cañón de mi arma y la cabeza del paquidermo no mediaba más distancia que la longitud de otro rifle, lo que significaba que nos separaban de él unos tres o cuatro metros. El animal se había resguardado en lo más intrincado de la maleza y ahí estaba inmóvil, expectante, sabedor de algún peligro no determinado.


Desde mi posición no podía ver más que discontinuas e inconcretas manchas grises a través de los minúsculos huecos que dejaban las hojas del árbol, tras el que se hallaba parapetado. Ora le veía un ojo, ora un pliegue de la trompa, ora una pizca de colmillo… Cinco largos minutos lo tuve frente a mí, acuciado por mis acompañantes (ambos, evidentemente, ven mucho mejor que yo), mas en ningún momento pude intuir su anatomía para tener una mínima opción de acertarle. Fueron momentos insoportablemente críticos; podía percibir su acre olor, oír con nitidez su respiración y el borboteo de sus tripas, pero no alcanzaba a verlo siquiera fuera mínimamente: «Si yerro el tiro o le doy en un mal sitio, nos pisa a los tres», me dije a mí mismo (el cerebro del elefante exige un tiro muy preciso), ya que lo teníamos de cara y apenas a dos pasos; no mediarían más de dos pasos entre él y nosotros; la posibilidad de un segundo disparo quedaba descartada, incluso con un rifle doble. Al cabo, el noble animal optó por marcharse, con esa majestuosa lentitud suya. No volví a verlo ni hicimos el menor intento de perseguirlo. Creo que todos reconocimos tácitamente que bien se merecía seguir viviendo tras la oportunidad ¡tristemente! perdida que me había brindado; realmente, él me había vencido en buena lid.

El renunciar a tan preciado trofeo, me dejó, no obstante, una profunda huella de decepción y de zozobra; mas, tengo para mí que la renuncia es una actitud de sacrificio que curte al cazador y domeña sus atávicos impulsos, dejándolo, a la postre, en paz consigo mismo, pese a lo doloroso que pueda resultar el trance.

Permanecí toda esa tarde en mi cabaña, rumiando mis demonios.

Valeur, el pigmeo, buen conocedor de los instintos primarios, supo percibir mi frustración y abatimiento y me aseguró que pondría otra situación similar a mi alcance, y así habría sido —estoy seguro— de no ser porque al día siguiente José Luis y Ángel regresaron a España y Geoffroy, erigiéndose en gran jefe, se hizo cargo de mi grupo, incluyendo a sus pisteros, ¿cómo no?

Su estrategia consistía, unas veces, en ir andando por la selva a la búsqueda (interminable) de huellas en las salinas, donde no vimos nada. Dijo, para justificarse, claro está, que los elefantes se habían ido de la zona; sería verdad… En otras ocasiones me ofrecía una magnífica exhibición, como experto aitzcolari, abriendo nuevos caminos con su gran sierra mecánica. (¡Qué gran invento, la motosierra!, cuanto más que tales caminos deberían haber estado expeditos a mi llegada; pero, no; según su plan organizativo, devinimos en utilitaria y eficaz-a-posteriori patrulla forestal). Llegado el último día, y encontrándome ya al borde de la histeria, fui yo el que designó, malhumorado, la ruta (la zona norte; la más fructífera, hasta su malhadada incorporación al grupo), pero el camino estaba tan seco que no vimos ninguna huella fresca. Al final del trayecto, estábamos parados descansando en un desmonte maderero, cuando oímos claramente un ruido cercano. Las huellas eran ostensiblemente recientes.

Se trataba de un grupo de búfalos. No habíamos avanzado ni tan siquiera media hora cuando, repentinamente, nos mandó volver; nunca supe el porqué de su decisión ni le pedí explicaciones del hecho; pero en ese preciso momento, le ordené desabridamente regresar al campamento y dar el safari por concluido. La pérdida de cinco ¡largos! días, estúpida y vanamente dilapidados, parecióme ya una burla afrentosa en demasía.


«El renunciar a tan preciado trofeo, me dejó, no obstante, una profunda huella de decepción y de zozobra; mas, tengo para mí que la renuncia es una actitud de sacrificio que curte al cazador y domeña sus atávicos impulsos, dejándolo en paz consigo mismo».

Kika es la ciudad que dispone del aeropuerto más cercano al campamento. La mañana de mi partida de Lognia, cuando ya nos encontrábamos cerca de las primeras casas, observamos en la carretera un tumulto de gente corriendo y gritando desaforadamente; había más de un centenar de personas blandiendo palos y machetes. Pensé, al principio, que se trataba de alguna manifestación folklórica o deportiva, mas deseché la lúdica idea tan pronto como me apercibí de que, delante de todos, iba un hombre semidesnudo, a todo correr, perseguido, indudablemente, por todo el pueblo. Poco tardaron en darle alcance, lanzarlo violentamente a la cuneta y emprenderla a golpes y a machetazos con el pobre desgraciado, que nada podía hacer para defenderse. El conductor de nuestro vehículo logró abrirse paso, con dificultad, entre la muchedumbre, y ya a la altura del cruento espectáculo tratamos, por todos los medios, de disuadirlos de su cruel intento, argumentándoles que haríamos llegar a la policía, para que se hiciese cargo de tan peligroso asesino —su crimen había sido atropellar con su moto a una niñita que, en brazos de su abuela, presentaba una herida en la cabeza—. La masa enardecida, ya había sentenciado a linchamiento al pobre muchacho, mediante su juicio sumarísimo, y de nada sirvieron nuestros argumentos, antes al contrario, corrimos el riesgo de ser también ajusticiados, dada su irrefrenable ira. En pocos instantes, el muchacho estaba muerto; aun así, continuaban dándole de palos y mutilándolo con sus machetes de forma inmisericorde. Acudimos a la gendarmerie para comunicar el hecho a la policía, que lo tomó como si de algo habitual se tratase. That’s  Africa…

La enorme avioneta me regresó en dos horas a Douala, sobrevolando la fantástica masa arbórea ecuatorial, sumido en un mutismo íntimo y doloroso. Los catorce asientos sólo sirvieron para acomodarnos, a Juancho, a estribor y a mí, a babor; en la cola, la azafata.

Cuando llegué al hotel, caí en la cuenta de que mi maleta grande se había quedado en la bodega de la avioneta.

Antonio García Alonso
garcyalonso@yahoo.es

Este artículo pertenece a la serie :

Tras el elefante de selva y otros relatos

Tras el elefante de selva y otros relatos (II)

1 comentarios
12 jun. 2009 13:55
Wala
Magnífico de nuevo paisano.Enhorabuena.Juan Ignacio Gázquez.

 

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