En el Número de Septiembre:

  • Codornices en los páramos, codornices en el monte
  • Consejos para terminar la media veda con buen sabor de boca
  • Últimos lances con tórtolas y palomas
  • Los secretos del tiro a la torcaz
  • El contacto físico en la educación del perro
  • Venados: un septiembre prometedor
  • Blaser S-2 Safari
  • JFranchi Falconet

Anécdotas y sucedidos coturnos


Mi más ancha que larga vida venatoria está salpicada de anécdotas y sucedidos. De algunos guardo nobles recuerdos y de otros alguna que otra cicatriz que el paso del tiempo todavía no ha borrado. A alguno de ellos voy a referirme con la debida cautela, pues la mayoría de los protagonistas están vivitos y no sé si coleando.

Mi bautismo de plomo

Cazaba yo en un páramo castellano cuando en lontananza divisé un sujeto que me cortaba la mano. Era yo joven y bravo, así que seguí adelante para recriminar al sujeto su manera de proceder. Cuando ya estaba a su vera vi que su can «rabiconeaba» y que el susodicho se echaba la espeta a la cara gritando: ¡Hala, hala! ¡Oiga, que estoy aquí!, le voceé yo. Pero el muy obseso seguía gritando: ¡Hala, hala! En esa estábamos cuando de repente se levantó un pollo de codorniz mediano. Menos mal que al ver el vuelo del ave me tiré al suelo —si no, sólo Dios sabe lo que habría pasado con los dos tiros que me endosó el muy condenado—. Al principio le increpé, pero luego caí al suelo mareado. A decir verdad el hombre se preocupó demasiado y en puro ataque de nervios me gritaba: ¡No te mueras, majo! La orina humana —a falta de otros desinfectantes— siempre se utilizó como remedio de urgencia en el campo. ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando al volver en mí vi que el muy cafre me estaba meando! ¡Meado y tiroteado!

¡Y le dieron en todo el pandero cuando estaba defecando!

Lo que voy a relatarles no es fruto de mi imaginación. Y si no fuera porque todavía vive el disparado —y en plena diana acertado—, les indicaría lugares, testigos y muchos más detalles de los aquí contados. No niego que de pequeño y hasta de mozalbete ejercí de morralero en compañía de mis perros cazallos y de un burro que por mal nombre se llamaba Eufrasio. Pues bien: acompañaba una vez a dos vizcaínos con mucha afición —eso sí muy malos tiradores—. Un día a uno de ellos le entraron ganas de defecar y como hombre púdico y muy educado hizo un montón de pajas a fin de cubrirse y poder evacuar bien resguardado. En esas estaba cuando a su hermano le salió una coturna que ni corta ni perezosa voló al montón de paja tan bien adecuado. De todos es sabido que tanto las codornices como las perdices cuando están cansadas y se las levanta van a guarecerse a zarzas, montones de paja y similares. Decía que voló recta al montón de paja donde el otro evacuaba descuidado. ¡Pin! ¡Pan! Dos tiros a la codorniz que fueron a parar al montón de paja y por ende al culo de su hermano, quien al recibir los perdigonazos gritaba como un cochino al ser sacrificado. Más mal que bien le subimos al burro bocabajo. Con gran esfuerzo le llevamos a un pueblo cercano para que le interviniera el médico, quien al verle lo primero que hizo fue quejarse de que venía además de ensangrentado, cagado. Su hermano le respondió: a nadie conozco yo que se limpie el culo antes de haber cagado.

Un incidente del que me echan la culpa a mí y hasta ahora siempre me he callado

Entre las pocas virtudes que tiene la media veda en Castilla y León destaca esa de que no se puede cazar todos los días seguidos, lo que motiva que seamos muchos los que nos quedamos en los hoteles de la zona a fin de cazar los días señalados y dedicamos a otros menesteres los días de descanso. No me pidan el nombre, porque muchos le van a identificar a medida que avance en el relato...

Bueno, ocurrió en la provincia de Palencia. Hasta hace tres o cuatro años eran muchos los gallegos que bajaban al norte de Castilla y León para después de una o dos semanas de caza, volver a Galicia con un buen ramillete de codornices. En el Camping de Saldaña o en el de Carrión de los Condes, se oía hablar más en gallego que en castellano. Y no sólo era para quejarse de las compras de canes o de las tarjetas de cotos inexistentes que les vendía un sujeto feo, gordo, barbudo y mal encarado. Los gallegos venían con sus familias, en grupos de amigos o solos. Ahora, poco a poco, la cosa va bajando como consecuencia de la cada vez menor abundancia de codornices... Y lo que es peor, los pocos que seguimos yendo, caemos en el «te acuerdas de...». Mala cosa esa de tener que recurrir a las perchas de antaño... Bueno, de vez en cuando nos acordamos del susodicho gallego cuando cantaba aquello que puso de moda un tal King Africa: «¡Bomba!» gritaba el muy condenado. ¿Dónde cazará ahora el orate mal encarado? «¡Bomba!» voceaba con todas sus fuerzas debajo de las ventanas del hotel a las cuatro de la mañana. «¡Bomba!» gritaba hasta que un aciago amanecer le aterrizó una mesilla de noche en las costillas que a punto estuvo de hacerle pasar a ser difunto. Luego, cuando llegó la moda del Aserejé no lo bailaba a tiro de mesilla de noche el muy condenado...

Se confundió de habitación y una vieja le puso morado el lomo a paraguazos

Ese sujeto feo, barbudo y mal encarado del que antes les he hablado, tiene más anécdotas que deudas y eso que de estas últimas anda sobrado. «¡Bomba!» gritaba.

Esos días de asueto coturno me traían a mal traer, pues yo, que no soy ningún virtuoso, hace años que ni bebo, ni fumo, ni na de na. Esos días de asueto de la media veda en los que no se puede cazar, me levanto pronto, desayuno, leo la prensa y me voy al campo. Así que por la noche cuando llego al hotel, ceno pronto y me voy a la cama. Pero no procede así el orate antes mencionado, que cuando no nos obsequia a todos con sus canciones matutinas, se dedica a dar coces en la puerta de mi habitación. Un año —como sabía que si el beodo sabía el número de mi habitación cocearía noche sí, noche también—, les dije a los del hotel que chitón. Un día me dijo que iba a hacer llegar a mi habitación unos presentes que me había traído de Galicia. Y yo, que no soy tonto del todo, le di el número cambiado. Matemático: al día siguiente a eso de las cuatro de la mañana se lió a dar patadas a la puerta del número de habitación que yo le había dado hasta que salió una vieja con un paraguas... «¡No le da a usted vergüenza, borrachón!», gritaba la vieja corriendo detrás de él mientras le iba moliendo el lomo a paraguazos.

Fue a mingitar con la luz apagada y le dio un calambrazo

Antes había un refrán que decía: «Agosto, frío al rostro». Y sí era cierto —lo malo era que aquí, en el norte, al frío le acompañaban lluvias y hasta nieblas—. Sí, sí, digo bien y repito: hasta nieblas. ¡A mí me lo van a decir! Recuerdo un día aciago de agosto con, una niebla persistente que nos obligó a estar en el bar de un pueblo entre Miranda del Ebro y Briviesca más de tres horas —bueno, a decir verdad la última hora la pasamos en quimeras y en eso de «desfacer entuertos»—. Ahora les cuento: amaneció con niebla y esperé una hora o así en el coche. La niebla persistía, así que me fui a una cantina en busca de contertulios con los que charlar un poco. Pero mira tú que había en la cantina un sujeto que como si se tratara de un mitin peroraba a voz en grito sin cesar. ¡Que si esto no puede ser así! ¡Que no hay caza! ¡Que no había que pagar! ¡Que el Real Decreto de no sé qué fecha decía que tal! Y en ese momento le entraron ganas de mingitar, por lo que se dirigió presuroso a esos retretes donde no hay luz porque se llevan la bombilla. Fuera, en la barra de la cantina, estábamos todos cabizbajos y meditabundos cuando de repente escuchamos unos gritos que más que humanos parecían de algún alma en pena: «¡Ay, Ay, Ay..., llamen a los tricornios!», el sujeto urgió. Al poco llegaron los tricornios y el más gordo preguntó: «¿Qué pasó?» «Nada, que estaba mingitando...». «¿Qué estaba qué...? ¡A mí hábleme en cristiano! ». «Mingitar es orinar». «Oiga, a mí con insultos y marranadas: no, eh». «¡Pero qué insultos ni marranadas, señor guardia! ¡Si le digo a usted que cuando estaba meando ha venido un animal, o qué sé yo, y mire usted que dos trompazos me arreó en los ojos!». «Habrá sido algún calambrazo», el guardia civil diagnosticó. «¿Calambrazo? No señor, que estaba todo a oscuras y el foco bien apagado... ¡Ignorante!» La barra entera, el cantinero y los vecinos del pueblo llegados ante tal acontecer, ya de risa no nos podíamos tener. Así las cosas, terció el guardia civil que no había hablado: «Ahí nos las den todas, en sus ojos, señor».

Relato bárbaro no tan de antaño

Cuando era joven me pasaba todo el día cazando codornices. Cuando llegaba la noche la emprendía con los gorriones a base de carabina y linterna —preciosa modalidad que me hacía vibrar al apuntar a un pardal, como hoy en día cuando por la noche tengo delante de mí un «macareno»—. A finales de la media veda los gorriones se empezaban a albergar en cocheras y cuartocarros. Los del año eran bastante confiados, los otros no. Encendía uno la linterna y se marchaban como alma que lleva el diablo. Los jóvenes hasta venían a la luz —y alguno hasta se cogía con la mano—. Para abatir un gorrión macho con corbatín grande había que ser muy habilidoso, y yo, con perdón, lo era... Y omito decirles si lo sigo siendo... Ahora ya no se pueden matar gorriones a no ser que los ayuntamientos contraten a mata-bichos para tales menesteres. ¡Qué vergüenza! ¿Y yo no puedo abatir media docena con la carabina de aire comprimido y el foco? ¡Sinvergüenzas! Cerca de Lerma —Burgos—, al pie de la N-1, hay un pueblo que se llama Revilla Cabriada. Siempre que pasaba Franco por la N-1, cuentan que salían los vecinos con una pancarta que ponía: ¡Revilla Cabriada con Franco! Y Franco, con las prisas, leía: Revilla Cabreada con Franco.

«¿Qué ponen esos bárbaros?», preguntaba siempre Franco. «Excelencia, ponen Cabriada, que no es lo mismo que cabreada». «Me da igual ¡Que no vuelvan a adherirse a mí esos bárbaros!». Revilla Cabriada, Lerma, Nebreda, Cebrecos... Hará unos 35 años trabajaba de administrativo en Dragados y Construcciones —lo que me permitió conocer a la gente de esos pueblos, pues la empresa hacía muchas obras para Telefónica en esa zona—. Y siempre que podía iba a cazar pardales por la noche con un foco y una carabina. Por aquel entonces yo gastaba una larga melena —compensando los años de pelo muy corto y flequillo triangular—, y cuando iba a cazar gorriones por la noche me la recogía y me ataba el pelo con una tira de cuero para que no cayera sobre la cara. Cuando íbamos varios nos repartíamos en parejas y echábamos a suertes quién iba con quién; luego también sorteábamos quién alumbraba, y quién disparaba. Una vez me tocó con un cafre de solemne singularidad cuya aviesa mirada aún hoy me produce escalofríos. Mientras mingitaba en un excusado del lugar, se me echó el tiempo encima leyendo la literatura que enriquece las paredes de los retretes. Entonces oigo una discusión y aguzo el oído... «Te digo que con el de la coleta no voy yo de noche y a solas.» «Pero mira que eres burro, que lleve coleta no quiere decir que sea maricón.» «Eso lo dirás tú, pero yo por si acaso no voy por la noche a solas con semejante sujeto...».

Desde entonces voy solo —bueno, fui— a cazar gorriones por la noche. Me las apañé para sujetar una linterna al cañón de la carabina y santo remedio. Hoy en día voy por la zona y todavía hay quien me dice: «¿Qué? ¿A lo de siempre?». «No. Ahora está prohibido...». «Bah, ni se preocupe, buen hombre, que más gorriones matan las semillas blindadas con cianuro potásico.»

 
Por Miguel Ángel Romero
Fotos: Archivo Federcaza

 

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