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    Escopeta Beretta al 391 Urika 2
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La aventura de la caza con arco en Sudáfrica

Uno de los sueños de todo cazador es poder visitar el viejo continente negro y practicar en su territorio la actividad cinegética. Por fin el año pasado pude cumplir este sueño y fui a Sudáfrica. Todo comenzó el año anterior cuando visité este país con la familia haciendo un safari fotográfico; ésa fue mi perdición. A partir de ese momento comencé a preparar la aventura y a recabar información sobre las distintas organizaciones que operaban en el país. Fue finalmente durante la feria Ficaar cuando se decidió todo.

Allí conocí a mis futuros compañeros de safari (Osvaldo, Conrado, Pablo y Lucio), pertenecientes al club de tiro y caza con arco «Flecha Negra», que trabajaban en el stand de Steyn Caracal Safaris ayudando a Charl Watts. Charl es el cazador profesional y outfitter sudafricano responsable de la citada organización con la que contraté mi safari. De entre la amplia oferta que pude ver en la feria, Steyn fue la compañía que más confianza despertó en mí porque además de organizar cacerías de todo tipo en Sudáfrica y Zimbabwe, está especializada en la caza con arco. Desde hace muchos años, cazadores de todo el mundo han confiado en sus servicios y cuentan con una gran experiencia tanto en la caza de antílopes como en la de los grandes. Además, hace un par de años han iniciado su entrada en el mercado español con excelentes resultados.

Atravesado el corazón, el antílope camina lentamente unos escasos veinte metros y le entra la «borrachera» hasta que se desploma.

Una vez contratado el safari, comencé la preparación logística del viaje y dejándome asesorar por mis compañeros de «Flecha Negra», acudí a la tienda «J&P Bowhunting» especializada en caza con arco. Allí me puse en manos de Jorge (todo un experto en el mundo de la arquería), que me ayudó con la equipación que iba a necesitar para desarrollar la cacería. Esta tienda madrileña cuenta con la mejor gama de material y grandes profesionales, así que me sentí muy cómodo en sus manos eligiendo arco, flechas y complementos.

Ya equipado, con todo puesto a punto y entrenado hasta la saciedad, sólo quedaba esperar la fecha de salida. Aquella noche del 3 al 4 de agosto no se me olvidará porque fui incapaz de conciliar el sueño, pero la ansiosa espera y la falta de sueño se vio recompensada unas cuantas horas después: «ya me encontraba en el paraíso». Cuando desembarcamos en Johannesburgo nos estaba esperando Chad, que nos ayudó a recoger los arcos en la intervención de armas. Comenzó entonces el último trayecto del viaje, que realizamos en coche hasta la finca donde cazaríamos, situada en la provincia del norte. Al llegar al campamento caía la noche, hicimos el reparto de habitaciones y dimos una pequeña vuelta de reconocimiento al lodge de mano de los cazadores propietarios que allí nos esperaban. Éramos seis y teníamos a nuestra disposición el mismo número de profesionales. Este detalle nos impresionó, pues habiendo contratado un safari en 2x1, Charl había decidido, dado que para muchos era la primera experiencia africana, poner a disposición de cada uno de nosotros un profesional. ¡Chapeau! El profesional que se me asignó fue Sampie, un sudafricano de 29 años y cazador formidable con el que hice muy buenas migas desde el principio. Después de probar la primera cena nos reunimos alrededor del fuego con una copa y decidimos en qué blind (puesto para realizar la espera) nos pondríamos cada uno a la mañana siguiente.

Buena toma de contacto

La primera mañana me levanté nervioso como un niño en su primer día de colegio, preparé el equipo y fui a desayunar con mis compañeros. Al rato, subidos en el Toyota, emprendimos camino hacia el blind. El primer puesto en el que estuve era precioso, con muy buena visibilidad y una pequeña charca enfrente que distaba entre los veinte metros la orilla más cercana y unos treinta la más lejana. Cuando llegamos encontramos cinco ñúes bebiendo (uno de mis objetivos del safari) que huyeron al ver el coche. Ya subidos en el blind, colocamos todo a nuestro gusto. La verdad es que los puestos eran muy confortables y estaban preparadísimos y bien pensados. Los primeros animales no tardaron en hacer acto de presencia y entraron unas hembras de waterbuck.


Prosiguió la espera y entraron al puesto un par de monos, de los cuales abatí uno de un certero flechazo.

Pasadas unas horas, asomándome por una de las ventanas del blind, atisbé un pequeño antílope; se trataba de un duiker, animal muy difícil de ver y que tenía muchas ganas de abatir, pero no entró al tiradero. ¡Qué pena! Al rato comenzó a sentirse una lucha, percibiéndose el choque entre cuernas de algún animal que todavía no reconocíamos. Pasados unos minutos de incertidumbre, hicieron aparición cuatro blesbucks preciosos y con buenos trofeos. Sampie me dijo que me preparara y me agaché para coger el arco. Los animales se mostraban bastante recelosos y sólo uno se decidió a entrar. Por suerte para mí, se trataba del macho más grande. El animal se puso a beber frente a nuestra posición y comencé a levantarme de la silla para realizar el disparo, pero al dar el primer paso derribé una botella de agua que no había visto. Se produjo la estampida y yo no sabía si cortarme el pie o qué; menudo error de principiante.

Por fin el impala cumplió, y casi temblando de nervios y tensión, conseguí abrir el arco y le apunté al «triángulo de la muerte».

Prosiguió la espera y después del almuerzo entraron al puesto un par de monos, de los cuales abatí uno de un certero flechazo. Al final de la tarde y cogiéndonos totalmente desprevenidos y hablando, entró al puesto una pequeña manada de ñúes. Mis nervios y las pulsaciones se incrementaban por segundos. Mi objetivo era una hembra, ya que el dueño de la finca quería descastar y nos hacía un precio irresistible. Le pregunté a Sampie que si había alguna hembra abatible y me indicó la situada más a la izquierda, diciéndome que era vieja. Intentando contener la emoción y los nervios comencé a tensar el arco lentamente, el ñu estaba a unos veintidós metros y esperé a que me ofreciera un buen ángulo de tiro. Apunté a la zona vital que tantas veces había estudiado en las fotos del libro «El tiro perfecto» y acaricié el disparador soltando la flecha. Tras el vuelo, ésta impactó un poco más alto de lo que yo habría deseado y se produjo la carrera de los antílopes. Me quedé algo preocupado, pero Sampie me dijo que el tiro era bueno y había atravesado los dos pulmones del animal. Efectivamente, el flechazo fue letal y oímos cómo el animal moría a unos cien metros, en la espesura, tras unas acacias. A los quince minutos, visto que el impacto era bueno, bajamos del blind para ir a cobrar mi primer antílope africano. Cuando lo encontramos la felicidad me invadió en cuerpo y alma y la satisfacción fue enorme. Después de celebrarlo y hacernos las fotos, volvimos con mi trofeo al campamento a seguir la fiesta. Terminó así un primer día de caza memorable.

Errores y aciertos

Con un poco de resaca tras la celebración de la noche anterior, volvimos por la mañana al mismo blind y echamos allí la mañana, pero no tuvimos acción hasta el final, cuando vimos una manada de impalas a lo lejos. Tras esperar un buen rato a ver si cumplían, decidimos bajar para intentar un rececho. Conseguimos tenerlos a distancia de tiro, aunque sólo a las hembras, y tras un cambio del aire se fue al traste la oportunidad.


Después del fantástico lance vivido con el blesbuck, colocamos al animal, lo limpiamos y realizamos el reportaje fotográfico de rigor.

Decidimos ir a otro puesto siendo casi las doce de la mañana. Al rato de estar subidos en el treestand, entraron a beber seis sables, animal majestuoso, además de muy caro. Después de espantarlos porque no dejaban que entrara ningún otro animal al agua, hicieron aparición tres impalas, uno de ellos bastante bueno. Sin dudar mucho, el mejor de los tres entró a la charca, pero estaba muy nervioso y asustadizo y lo tenía a menos de quince metros. No sé por qué el animal se asustó y se quedó inmóvil a unos veinticinco metros detrás de unas acacias fuera de mi alcance. La tensión y la adrenalina iban aumentando y de forma inesperada apareció otro impala a tiro por mi izquierda. También era bueno y decidí tirar. El animal se encontraba inmóvil a treinta metros y el ángulo de tiro perfecto. Abrí el arco con el máximo sigilo, respiré hondo, apunté unos segundos y solté la flecha. Vi cómo pasaba una cuarta por encima del animal. No lo podía entender, era un tiro que tenía muy entrenado. La única explicación que encuentro a semejante fallo es que a la hora de soltar la flecha toqué con el codo una rama; otro fallo de principiante, pero hay que aprender de los errores.

La tercera mañana me levanté con la esperanza de volver a ver algún buen impala. Nos dirigimos a un nuevo blind y comencé la espera con gran expectativa. Pronto empezaron a entrar diversos animales, pero todos de fuera de mi lista: kudus, cebras, hembras de waterbuck, elands, hembras de impala y machetes jóvenes... Pasé la mañana entretenidísimo, hasta que por fin dieron la cara dos buenos impalas muy recelosos. Intentando no hacer ruido, cogí mi arco y me puse en pie, esperé a que el mejor de los dos se confiara y comenzara a beber. Esos pocos minutos se me hicieron interminables.


Encontramos al impala a menos de ochenta metros, resultando ser un macho viejo con un grosor de cuerna bastante considerable, aunque con las puntas bastante gastadas por las peleas y el paso del tiempo; un animal precioso.

Por fin el animal cumplió, dándome buen ángulo de tiro. Casi temblando de nervios y tensión, conseguí abrir el arco y le apunté al «triángulo de la muerte». En el preciso segundo en que iba a soltar la flecha se cruzó por detrás un enorme macho de eland. Por miedo a atravesar al impala y herir al gran antílope, desistí de disparar, y por unos segundos, seguí apuntando con mi arco abierto. Por fin, fuera de peligro el eland, me decido a tirar. Una, dos y... ¡ahí va! La flecha sale como un rayo y atraviesa al impala limpiamente. El impacto es muy bueno y el animal emprende la huida dejando un buen rastro. Contento tras liberar cantidades industriales de adrenalina, miro a mi profesional y me da el OK. Aguardamos unos minutos y salimos a pistear acompañados de Pablo y Lucio, que momentos después de efectuar el disparo aparecieron en mi blind. Encontramos al impala a menos de ochenta metros, resultando ser un macho viejo con un grosor de cuerna bastante considerable, aunque con las puntas bastante gastadas por las peleas y el paso del tiempo; un animal precioso. Todo estaba saliendo a pedir de boca y después de que vinieran a recoger mi impala, regresamos al puesto un rato más. Ya relajados tras haber cumplido el objetivo del día, Sampie y yo nos turnamos para echar una cabezadita. Tras una corta siesta, ya los dos algo repuestos del cansancio, miro por la pequeña ventana del blind y veo un blesbuck que no habíamos oído entrar. Le doy un toque en el hombro a mi profesional y lo ve. Al instante me levanta el pulgar y me dice que es bueno, que me prepare. El blesbuck, confiado, sigue bebiendo de la pequeña charca mientras cojo el arco y me dispongo a disparar. Tenso el arco y espero a que el animal dé un paso para adelante y me muestre perfectamente el área vital. A los pocos segundos mueve la pata y deja al descubierto la zona. Tomo la referencia de la pata y sigo levantado el brazo hasta pasar unos cuantos centímetros la articulación, visualizo el disparo y suelto la flecha. Nuevamente el astil sale endiablado de mi Bowtech de ochenta libras e impacta en el cuerpo del animal, produciéndose ese sonido tan peculiar. La flecha atraviesa velozmente al animal y veo cómo impacta en el suelo unos metros por detrás. El blesbuck da un pequeño salto hacia delante y comienza a andar tranquilamente; no sabe lo que ha ocurrido, sólo ha oído un pequeño ruido, pero el impacto de la flecha ha sido perfecto y le ha atravesado el corazón.


El lance al segundo impala resultó bastante atípico, aunque tenía entre mis manos un ejemplar precioso y con una cuerna de unas veintidós pulgadas, muy simétrica. Excelente trofeo.

El antílope camina lentamente unos escasos veinte metros y le entra la «borrachera». Empieza a balancearse y se desploma, quedando inerte en el sitio. Sampie y yo nos quedamos perplejos ante lo que había pasado frente a nuestros ojos ¡Menudo lance! Para mí el mejor tiro del safari, sin duda. La efectividad del arco y la flecha cada vez se hacía más patente. Sampie llamó por radio para que vinieran a recoger mi trofeo y salimos en su busca. Qué maravilla de animal, qué preciosidad; la cantidad de sensaciones que experimenté en esos momentos son indescriptibles. Colocamos mi blesbuck, lo limpiamos y realizamos el reportaje fotográfico de rigor. Un día de caza fantástico e inmejorable. Nos merecíamos una buena ducha y un rato de relax en el lodge tras una jornada tan fructífera.

Emocionantes momentos

Ya en el campamento, tras acicalarnos y picar algo esperamos a que llegaran los demás. La cosa no iba nada mal, pero todavía nos quedaban cinco días de caza por delante y aún restaba lo más interesante. Al día siguiente decidí recechar algún impala o blesbuck de los que quitan el sentido, mientras que Osvaldo iba a recechar su nyala y Conrado esperaba impaciente noticias sobre la jirafa que tenía previsto abatir ese día. Pablo, Lucio y Julián seguían esperando que les entrara algún blesbuck al puesto, entre otros animales. Esa mañana me la tomé con máxima tranquilidad y después del desayuno me quedé un rato en el campamento entrenando los tiros a distancias largas. Una vez obtenidas buenas agrupaciones en los disparos a cincuenta y sesenta metros, ya me sentía preparado para intentar el rececho. Fui el último en salir, cogimos el coche y nos dirigimos al área de caza. A medio camino vimos el coche de Charl parado y unos metros más al fondo contemplamos a Osvaldo y al propio Charl. Decidimos bajar y ver qué se cocía. Efectivamente, lo que me imaginaba, hubo suerte y Osvaldo ya había abatido su nyala tras un bonito y tempranero rececho. Nos quedamos a inmortalizar el momento y ese mágico animal para luego emprender camino hacia la zona en la que el día anterior Pablo había dejado un impala herido.

Al rato de ir caminando con mil ojos puestos en el horizonte, localizamos la manada donde se encontraba el impala de Pablo. Yo iba con el arco y Sampie llevaba el rifle; le dije que si veía un tiro fácil al impala herido lo intentaría abatir con el arco, pero si no le dispararía con el rifle, porque no podíamos permitir que el animal se quedara herido. Tras entrarles varias veces y tenerlos casi a tiro entre muchísima maleza en un par de ocasiones, tuvimos que desistir, pues los animales nos tenían ya muy calados. Continuamos recechando todo el día en busca de un gran impala o de un magnífico blesbuck, pero nada; sólo a última hora de la tarde divisamos una gran manada de blesbucks y les entramos lenta y sigilosamente. Una vez que conseguimos meternos a una distancia de cuarenta metros, Sampie escudriñó entre toda la manada buscando el macho más grande, pero mala suerte, ninguno de los allí presentes era mejor que el que había cazado el día anterior y opté por no tirar. Ya a punto de caer el sol y camino del campamento, localizamos un impala de ésos que ya imponían; nos acercamos a él con el coche y a unos treinta metros, sin darme casi tiempo a bajar del vehículo, el animal rodeado de hembras emprendió la marcha con un paso tranquilo. Abrí el arco y esperé a que se detuviera. Lo hizo durante escasos segundos, pero no me dio tiempo a tirar y continuó su marcha. Con el arco todavía abierto esperé a que el imponente impala apareciera de detrás de las acacias que le ocultaban, y cuando lo hizo no dudé. Apunté codillo adelantando un poco el tiro y solté la flecha. ¡Madre! No sé cómo, pero el animal debió intuir la flecha y no sé incluso si ésta tocó alguna rama en su camino, desviando su trayectoria. Me pareció ver que la flecha impactaba en los cuartos traseros del animal y le dije a Sampie que me alcanzara el rifle para rematarlo en cuanto me diera la oportunidad. Pero cuál fue mi sorpresa cuando vi que no sería necesario porque, inexplicablemente para mí, vimos cómo el animal caía fulminado a no más de cincuenta metros. Sorpresa mayúscula la mía y la de mi cazador profesional. Tras unos segundos de asombro fuimos en busca del animal. Tenía un tiro trasero y la flecha le había entrado por los testículos y le había atravesado hasta el pecho; un tiro no intencionado pero mortal de necesidad. ¡Menuda potra! Un lance bastante atípico, aunque tenía entre mis manos un ejemplar precioso y con una cuerna de unas veintidós pulgadas, muy simétrica. Excelente trofeo.

Con el arco todavía abierto esperé a que el imponente impala apareciera de detrás de las acacias que le ocultaban, y cuando lo hizo no dudé.

Cargamos con el animal hasta el coche y recibimos una llamada por radio en la que se nos comunicaba que Conrado había conseguido por fin tirar a la jirafa y abatirla, así que montamos en el coche y fuimos derechitos al lugar donde David derribó a Goliat con ayuda de su arco. De camino allí se nos cruzó un esquivo macho de duiker y salí en su busca, pero su pequeño tamaño, la cantidad de ramas y la poca luz que había me hicieron desistir del intento de disparo. Otra vez se me escapaba el pequeñín. Finalmente llegamos al lugar donde yacía la jirafa y corriendo me acerqué a Conrado y le di un abrazo felicitándole. Él me dijo: «¿Has visto qué conejo he matado?». Nos fundimos en una carcajada y comenzamos con la gran celebración haciendo mil fotos del enorme animal. Estábamos todos, era el gran acontecimiento del safari y ahora sólo había que pensar dónde colocar semejante trofeo. Ya de vuelta en el campamento, y tras la cena, empezó la celebración de verdad, copa en mano y brindando. La noche fue larga, pero qué voy a contaros que no podáis imaginar.

Al día siguiente..., bueno, al día siguiente y en los restantes del safari pasaron muchas e interesantes cosas que serán objeto de la segunda parte de este artículo sobre la aventura de la caza con arco en Sudáfrica.

 
Fernando Navarro
Fotos: J. M. Alonso-Viguera y autor

 

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