Necesitamos cazar

Murdererfox

 

Solemos decir, los cazadores, que la caza es un vicio al cual no podemos renunciar. Ese “gusanillo”, que poseemos internamente que nos hace acudir con toda nuestra ilusión al campo, pertrechados de nuestros achiperres, acompañados de nuestros amigos, compañeros, familiares o conocidos, además de nuestros colaboradores, los perros. Toda una parafernalia mayor o menor en función de la modalidad de caza que practiquemos. A veces parece hasta increíble para el profano, ver la cantidad de pertrechos que utilizamos y las “movidas” que montamos.

Lo que si es claro, como en cualquier otra actividad lúdica, es nuestra dedicación sin darle importancia, a estar perfectamente preparados para cazar y cazar bien. Si hacen falta mas cosas, nos las agenciamos como sea, para disponer de ellas. En ocasiones, a escondidas de nuestra parienta, que nos lee la cartilla más de una vez, reclamando rigor en el gasto e igual dedicación a otros temas, digamos, más domésticos y menos pasionales. Somos así, los cazadores.

Es que la caza es pasión, o algo más, no solo divertimento. Y ahí me voy a centrar.

Cuando algunos cazadores dicen que también cazan, cuando se ocupan de hacer gestión cinegética, en su coto, lo que nos transmiten es su pasión por vivir, en, dentro y para la caza. Y es que es algo que nos atrae más que otras cosas. El solo hecho de estar en el campo, buscar esa paz, esa identificación con la naturaleza, percibir las sensaciones de lo salvaje, contemplar las especies cinegéticas o no, observar sus movimientos, sus querencias, sus celos, nos proporciona una satisfacción personal en la que hay que hurgar para entender al cazador. Pero, aun sin portar armas, cazamos, en esos momentos, porque ellos forman parte imprescindible de nuestra posterior acción cinegética, que esperamos y deseamos con impaciencia. Es solo un paréntesis necesario y constructivo hasta el momento de consumar el lance que, con nuestra aportación, estamos haciendo posible, para mañana. Nos abstraemos del tiempo, nos incorporamos activamente a los ciclos vitales de las especies, salimos a cazar sin muerte para, después, matar para haber cazado, como dice Ortega.

Hurguemos pues: Queremos ser parte de la naturaleza, afirmación, algo impopular por mal entendida, pero cierta. No solo parte, sino, además, parte fundamental y activa. No es estar en ella, es estar dominándola. Que nuestra presencia no pase desapercibida para ese entorno natural. Asumir un papel de predador que llevamos dentro, oculto, por el paso de las generaciones, pero, inmutable. No podemos renunciar a el, está en nuestro ser, consustancial con lo humano.

Un ejemplo: Cuando el lobo aparece en un paraje, es frecuente que los demás animales, si son conscientes de ello, alteren su comportamiento, huyendo, ocultándose, poniendo en máxima alerta sus instintos. Hasta el silencio del monte emite un ruido especial, previo al acto de caza. Nosotros, predadores como el, también producimos ese fenómeno imparable. Lo sabemos y nos agrada, nos satisface, observar este instinto de huida por la supervivencia de las especies, en particular las cinegéticas, ante nuestra sola entrada en su espacio vital.

Presenciar la potencia puesta en marcha por ese venado capital que huye despavorido, ante el acoso de la jauría, rompiendo monte y despreciando las dificultades del terreno, sudando por todos sus poros, levantando piedras tras el y haciendo saltar las puntas de los chaparros. Ese sarrio que parece precipitarse en el abismo, huyendo en un equilibrio casi imposible por la vereda del cortado, en un ejercicio de audacia que admiramos, ante la percepción únicamente de nuestros sonidos o efluvios humanos. Esa perdiz altiva, ágil, rápida en su acelerón, que parece provocarnos en su huida. Todos ellos, en su contemplación dinámica, refuerzan nuestro instinto predador y parece reconfortarnos poseer en nuestra mano el control del derroche de energía que desarrollan en un entorno que es suyo, pero, también, es nuestro. Es algo así como cuando a un perro le tiramos la pelota y su simple movimiento le provoca el interés incontrolable en atraparla. Es el primer síntoma de nuestro instinto.

Merece la pena recurrir, aquí, al sentido jurídico de posesión de la caza por ocupación que viene al pelo en este punto, si nos centramos en que esa aprehensión de la pieza proporciona, además del derecho de propiedad sobre ella, un placer intrínseco a nuestra naturaleza humana.

Por el contrario, la simple contemplación pasiva del devenir de la naturaleza, reconfortante también, por supuesto, no cumple nuestra expectativa instintiva. Es mas no conseguimos formar parte de ella, estamos, pero no del todo, queremos entrar, pero a nadie, ninguno de sus componentes, le importa. Todas esas actividades que se programan e inventan dentro del entorno natural suponen hacernos creer que estamos, pero no es así. Y solo, en el peor de los casos, le producimos agresiones, de difícil curación, porque no responden a ninguna necesidad, digamos “natural”. Usamos la arquitectura de la naturaleza para que nos proporcione sensaciones, distracciones, ocupar nuestro tiempo libre, pero sin formar parte de su acción. Es ahí donde entra el predador, el cazador, el pescador, el setero. Todos ellos se implican en el círculo imparable de lo natural. Su presencia incide, se nota, afecta y por lo tanto ayuda al equilibrio o, en condiciones abusivas, si ocurre, lo destruye. Tal es el grado de incidencia demostrativa del papel de la mano del hombre en la naturaleza. Papel asignado de antemano, no otro, ese, el de predador. No el de destructor o alterador.

El día que participamos en nuestra primera experiencia cinegética, fuera como protagonista, fuera como espectador incipientemente interesado en la caza, sentimos esa llamada a ocupar nuestro lugar dentro del paisaje inhóspito, ajeno a lo urbano, duro, inmutable a nuestros deseos y que no podemos dominar en su conjunto, solo participar en el. Participación que tenemos asignada. No somos presas, somos los individuos que aprehenden, los que ocupan y los que poseen a otros, las piezas. Participar sin ocupar un papel es ser espectador, solo eso. El espectador solo contempla, está fuera, no participa, es ajeno, acude cuando le place sin que su acción sea necesaria. Todo lo más, aplaude o abuchea. Utilizar, digo bien, usar la naturaleza para otras cosas a las que no estamos llamados, es inútil, ocioso, intrascendente, artificial y, en ocasiones, perjudicial, por contranatura.

No voy a entrar, ahora, para no desviarme del fondo del asunto, en otras actividades que emprende el hombre en la naturaleza, ni en el grado adecuado de cada una de ellas, porque sería objeto de otra reflexión diferente a esta.

Sigo adelante: Lo que nos pasa al estar fuera del papel asignado, por nuestros condicionamientos estructurales en la sociedad actual, es que ya no formamos parte imprescindible, (salvo para ordenar, casi siempre como espectadores, un aprovechamiento mercantil o de ocio, de la caza, sea más o menos acertado).

Pero no nos encontramos completamente identificados, satisfechos, con la distribución de papeles que nos hemos otorgado fuera de la naturaleza, en nuestras estructuras urbanas, donde, en ocasiones predamos, las menos, o somos piezas de caza, casi siempre. El juego de nuestra sociedad nos obliga a ser una cosa u otra, según los casos, para seguir perteneciendo a ella. Pero, con unas reglas mutables, condicionadas, convenientes, en cada momento, no siempre respetadas, no siempre ciertas, no siempre reconocidas, no siempre previstas. Es nuestra obra y, por lo tanto, imperfecta. La menos mala, de acuerdo, pero con multitud de incertidumbres en saber, reconocer, cual de los dos papeles desempeñamos, en cada momento. La presión, o el acecho dicho en términos cinegéticos, que sufrimos en el día a día, en nuestra labor profesional, por nuestro entorno familiar, las necesidades básicas que hay que cubrir, la complejidad de la sociedad, la competitividad que no siempre entendemos bien, el marketing, el consumismo, la falta de tiempo, la incomunicación forzosa, nuestra carencias culturales individuales, la información distorsionada o ausente, la burocracia, el control del poderoso “cazador” que es el estado y un largo etc. de acechos sobre nosotros que son imprescindibles para articular nuestro sistema urbano, pero que son obras del hombre, para organizarse colectivamente y sobrevivir, también, colectivamente, aun a costa de convertir al hombre individual, en pieza.

Queremos huir de nuestra frustración por haber creado un modelo de agrupamiento donde somos uno más, intrascendente, sin importancia, sin huella que dejar. Modelo del que no podemos escapar, fácilmente, porque en ello va nuestra supervivencia como seres humanos. Huimos de todo ello, como lo que somos: piezas. Es por eso, por lo que queremos, necesitamos, seguir cazando, porque queremos recuperar nuestro verdadero papel, en el que nos movemos sobre bases y reglas ciertas e inmutables, en el que no se discute nuestra identidad, en el que somos admitidos sin reparos, por el solo hecho de ser hombres y en el que dominamos sobre el resto de seres-pieza. Por lo tanto, acudimos, a veces con urgencia, a esa llamada de la caza, por lo tanto, necesitamos cazar para poseer, de nuevo, nuestro papel depredador, inmutable, individual y casi exclusivo, aunque no excluyente.

Existen otras actividades lúdicas en las que pretendemos liberarnos de esa confusión de papeles pieza-cazador, como el futbol, por ejemplo, u otras actividades deportivas o de ocio pero, aun así, es un espejismo temporal, un analgésico pasajero. Quienes no han descubierto la caza, ignoran y, por ello, critican nuestra pasión. Reconocerse predador en nuestra sociedad no parece muy digno de engrosar ningún currículo de méritos para participar dentro de ella (por eso, para entender la caza hay que hacerlo desde dentro, no desde fuera de su contexto). Pues da igual, cuando estamos en la naturaleza, lo somos y siempre lo seremos, hipocresías aparte, con un gen más o uno menos, despierto o dormido, activo o atenuado, aunque les pese a los que no lo quieren descubrir. La caza es un antibiótico de amplio espectro. Cuantas veces decimos que, después de cazar, nos sentimos mas alegres, mas satisfechos, mas... Pues de eso se trata, más nosotros.

No es una necesidad vital, para seguir viviendo, como comer, dormir o respirar, por supuesto. Esto es incuestionable. Sin embargo, si lo es para identificar todos nuestros instintos de una forma real, descubriéndolos, desarrollándolos, poseyéndolos. Como se suele decir, entre cazadores: ¿yo prefiero cazar perdices a cazar personas?, en el mas amplio sentido de la metáfora, dando a entender que además de ser una practica natural y, por tanto, humana, es enriquecedora de nuestra condición y no agresiva con nuestros semejantes, que ya es bastante.

Pero, precisamente por perseguir este descubrimiento, la caza que necesitamos es la que mejor identifique nuestro papel y el de la pieza, no aquella en la que el componente de incertidumbre no exista; no aquella que impida apreciar, en plenitud, la huida atrayente del sarrio, del venao o de la perdiz, salvajes, con sus capacidades intactas, por ser piezas que desempeñan fielmente su papel; no aquella en la que, no somos parte, sino creadores artificiales del juego.

Esa caza prevista, puesta, indefensa o aturdida, social, deportiva, criada por intereses mercantiles, únicamente, no nos identifica, no nos descubre nada. Nos divertirá o no, pasaremos el rato, o no, pero renunciamos a nuestro papel imprescindible en lo natural, porque es artificial. Esa no la necesitamos. De esa podemos prescindir. Esa ya es una diversión, deportiva o no. En esa somos espectadores de un proceso, como en el fútbol, aunque seamos nosotros los que metamos el gol. En esa, las reglas son mutables y en esa podemos llegar a ser pieza, no predador, solamente, como en el resto de prácticas sociales que nos hemos dado. Podemos practicarla igual que podemos ignorarla o sustituirla por otra actividad de ocio. No perderemos nada por ello, porque no nos aporta nada fundamental para nuestra identidad. Los no cazadores lo saben y lo apuntan, oportuna y sagazmente.

La necesidad de cazar, de verdad, esa llamada interna que no podemos contener, ese aviso de que la necesitamos aparece como un recurso para aferrarnos a aquello a lo que pertenecemos, en lo que ocupamos un puesto, destacado, aunque olvidado, lo que nunca cambia ni cambiará, la naturaleza y sus reglas, frente a lo que cambia siempre, lo que no es natural, lo que nosotros hemos creado. Si no existiera esta caza, habría que inventarla para satisfacer nuestra necesidad de seguir siendo predador real, natural, no solo pieza artificial.

La naturaleza sigue necesitando al cazador y, sin duda, nosotros a ella. Los cazadores formamos parte y estamos dentro.

Estoy convencido de que esta reflexión, no se si bien expresada, la reconocen, la comparten muchos cazadores y la sienten. Lo se, por experiencia. Únicamente pretendo, al exponerla, aportar un sentido a lo que hacemos, hoy, que todavía podemos cazar y hacerlo bien, con destino a aquellos que persigan cubrir otro tipo de necesidades distintas a través de la caza, respetables, seguramente, pero evidentemente, diferentes o que no han podido concretarlas.

 

Marzo de 2004.

 

Comentarios (6)

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Ufffffff, qué tranquilidad me das
rsj
19/03/2004 13:55:31
Apreciado Barbas:

Me dejaste intranquilo con la respuesta que me diste a un post; el cual lo encabezabas con un sonoro y rotundo:

"Sinceramente, ese gusanillo que mencionas yo no lo tengo"

refiriéndote a ese gusanillo que TODOS los cazadores llevamos dentro que te mencioné en el post al que diste respuesta.

Un saludo
Roque
En honor a Barbas.
Victor M
19/03/2004 17:28:25
Respeto todas las opiniones y reflexiones, pero considero que cuando se extinga el hombre como cazador, los hombres y mujeres dejaran de ser lo que son, por la sencilla razón de que habrán perdido, tanto genética (perteneciente o relativo a la génesis u origen de las cosas), antropológica (estudio de la realidad humana), como fisiológicamente (ciencia que tiene por objeto el estudio de las funciones de los seres orgánicos) su condición de lo que son, lo que les ha dado la naturaleza y han heredado a lo largo de millones de años. Sería lamentable y no deseable que los hombres dejaran de ser lo que son, al igual que las mujeres.

Un saludo a todos y muy especial para Barbas, y buena Caza.
Victor Mascarell (Victor M)
En honor al artículo “Necesitamos Cazar” Marzo 2004, de Barbas.
El gusanillo
murdererfox
22/03/2004 11:00:56
Ahora, tras el vaivén, apreciado rsj:
No niego el gusanillo del cazador. El que lo tiene lo es y a mucha honra.
Pero si profundizas en el apartado en el que hablo de la caza salvaje, no me negarás que esta es la que da respuesta al gusanillo. La otra, la de granja, no tiene las características del venao, del sarrio o de la perdiz, que apunto en mi, actual, reflexión.
Intentar dar satisfacción al gusanillo con ese otro tipo de "caza", es engañarle, es atenuarle, es, como digo, ocioso, como el futbol, aunque metas tu el gol, no una acción de predador.
Preguntate, cuando regresas de cazar especies de granja, si tienes esa alegría, satisfacción, felicidad, especial, o solo vienes de pasar un buen rato. Preguntate si es la misma alegría que cuando has abatido una becada.
Por eso debo distinguir al cazador-predador, del cazador-tirador u otros calificativos, algo peor sonantes que emplee, en el post, aquel.
Espero que el matiz, que reafirmo, aclare mi punto de vista sobre la caza granjera.
No digo que los que van a practicarla no tengan el gusanillo (instinto de predación), digo que así no lo satisfacen y, por ello, en ese momento no actuan como cazador. Pueden, incluso, ser "presa", de otros, por acudir a esta "caza o tiro".
Un respetuoso saludo,
Barbas,
La "llamada del campo"
Broker
22/03/2004 18:03:04
Comparto tus reflexiones, me he reconocido en ellas.
¡Vaya si el campo nos necesita y nosotros a él! A mí me llama constantemente cuando menos me lo espero, en el trabajo, en el baño, durmiendo,....... y no al móvil precisamente.

Enhorabuena
El gusanazo y el sentir
rsj
23/03/2004 13:51:05
Apreciado Barbas:

Me dejé en el tintero con tanto gusanillo el felicitarte por el artículo, que es, evidentemente el sentir de todos los Cazadores.

Está claro que cazar significa cazar, no simplemente "matar" y es evidente que la satisfacción que produce el descerrajarle un tiro a un animal criado en una granja es completamente nula, o como bien dices, será más o menos entretenido, pero nada gratificante.
No es la misma cara la que pongo cuando me llevo para casa una percha de media docena de becacinas bien buscadas y bien puestas por mi joven y atlética barbuda, que la que pongo cuando le achicharro una docena de perdices granjeras a mi viejo y achacoso barbudo para que tanto el pobrecillo como yo, disfrutemos de una mañana de recuerdos de lo que fue no hace mucho.
Para mi no es cazar en el sentido estricto de la palabra, pero sinceramente, tampoco me siento como un matarife ya que, en esos momentos, mi perro sí está cazando, parando y cobrando esas granjeras como si fueran esas endiabladas agachadizas que me cazaba, ponía y cobraba hace tres o cuatro temporadas.

Un afectuoso saludo
Roque
Ahora si rsj
murdererfox
23/03/2004 17:00:38
Ahora si nos entendemos rsj. Y muy bien, por cierto.
Un abrazo cazador. Que suerte tienes de ir a las becacinas. Yo ya ni las veo. Enhorabuena por ello.
Barbas

 

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