Miguel Reina, figura del fútbol español

«La caza es amistad»

 

Ignacio Aguirre me llevaba de morralero a sus cacerías. Él fue quien me metió en esto de la caza.

Nos reunimos para charlar con Reina, figura del fútbol español, para hablar de otros campos a los que no nos tiene tan acostumbrados.

Por Isabel Elola Medio

 

Ha colgado las botas y ahora dispone de más tiempo para recorrer con mayor asiduidad las tierras de Castilla con sus amigos persiguiendo más de una perdiz.

—Cuando yo jugaba en el Córdoba —nos dice nada más vernos—, Ignacio Izaguirre, que era el entrenador, me llevaba de morralero a sus cacerías. Él fue quien me metió en esto de la caza, de donde ya no he podido salir.

—A la menor...

—Sí, yo empecé con los zorzales, pim-pam, pim-pam; luego me piqué con las perdices y hasta hoy.

—Y de la mayor nada...

—Realmente la caza mayor la he cazado poco y he de confesar que no me gusta mucho. Me hicieron novio en La Salceda, cuando era de Marcial Lalanda. Me pusieron en el puesto El Coto de los Moros, no se me olvida. Me apiolé dos guarros y un «venao».

—Y te harían novio a la antigua usanza, ¿no?

—Sí, fue una ceremonia muy bonita con fiscal, abogado... En fin, como debe hacerse, no como ahora que se hacen demasiadas burrerías.

—Y de Córdoba pasaste a Barcelona...

—Cuando me fichó el Barcelona, dejé de cazar; En Barcelona estaba solo, no conocía a nadie, no había fincas... no pegué ni un tiro.

—Y Vicente Calderón vino al rescate...

—D. Vicente —me pongo de pie— me fichó y una vez en el Atlético, ya en Madrid, retomé mi afición. Un buen amigo mío, Rodrigo Delgado, tenía una finca en Toledo y me invitó a cazar. Ahí me volví a enganchar y hasta la fecha.

—O sea, que a ti la caza no te viene de tradición familiar...

—No, mi padre era el jefe de cocina del Meliá, no le gustaba la caza, pero con lo que sí disfrutaba era cocinando lo que yo cazaba.

—Y tú también cocinarás...

—Pues sí y hago muy bien las perdices a la Toledana.

—Di la receta a nuestros lectores...

—¡A vosotros os lo voy a contar! Eso son secretos de fogones. Pero bien ataditas, con su ajito, su tomillito, su laurelito...

—Y tus hijos cazarán...

Quien se mete con la caza no tiene ni idea de lo que es el campo, ni los bichos, ni ná de ná.

—¡Quita quita!, que un tiro sale de una escoba... Os voy a contar un caso: una vez estaba con un gran amigo mío, José Luis Boluda, que ahora es uno de los consejeros de Pricomsa, y nos invitaron a cazar a Toledo. La propiedad había invitado también a unos suizos, y uno de ellos, en medio del ojeo, se salió del puesto para tirar a una perdiz que venía rasa y barrió toda la armada. Al pobre José Luis le sacaron perdigones de  toda la cara, así que me dije: «Mis hijos, la caza ni tocarla...». Me da miedo.

—Y a pesar de jugar al fútbol tenías tiempo libre para cazar...

—Sí, tenía tiempo, además los lunes no entrenaba. Me iba con Cacho Heredia o con el pobre Becerra. En fin éramos un grupito de amigos a los que nos gustaba eso del campo y la caza.

—Pues Heynkes, cuando fue entrenador del Madrid, les prohibía salir a cazar...

—¡Paparruchas...! Cuando yo jugaba en el Atlético el entrenador era Marcel Domingo y le gustaba la caza más que a nosotros. Así que, ¡mira si nos la iba a prohibir...!

—Tú por tu profesión habrás cazado con todo tipo de gente...

—Con todos. Artistas, futbolistas, políticos, ricos... Aunque me acuerdo especialmente de las jornadas de caza vividas con Isidoro Álvarez y con Palomo Linares.

—Ya, ya, pero todos esos que tú dices ocultan el hecho de ser cazadores...

—Oye «quiyo» —nos dice un poco alterado— yo no llevo un cartel diciendo que soy o dejo de ser cazador. Y los que yo os he dicho seguramente tampoco. Quien tiene que salir a decir que caza es el Rey, el Príncipe o Felipe González. Ahora bien, también os digo que quien se mete con la caza no tiene ni idea de lo que es el campo, ni los bichos, ni «ná» de «ná» y ha visto amanecer en el cine a las doce de la noche. Eso sí, algunos cazadores deberían ser perseguidos hasta Tarifa (como el chiste aquel de La Perdiz) y que salieran fuera de España.

—Bueno, no te enfades y cuéntanos alguna anécdota...

—La mejor anécdota es bajar a las perdices y que no se te escape ninguna. Una vez, con mi hijo en un puesto, le decía: «Mira, Miguelito, esa perdiz a tus pies, y ¡pum!, a los pies de Miguelito».

—¡Ahí va!... y decían los cronistas deportivos que no veías...

—¡Oye «quiyo»! —ahora sí que pega un respingo del asiento—, aquí hemos venido a hablar de caza, no de tonterías. Además, y ahora  os lo puedo decir, algunos cronistas deportivos son unos «capullos». Yo veía perfectamente y un gol de ésos se lo meten a cualquiera —obviamente se refiere al gol de la final de la Copa de Europa que disputaban Bayer- Atlético, donde el defensa Schwarzenbeck metió el gol del empate en el último minuto de la prórroga, y que posteriormente le costó la copa al Atlético—.

—Vale, vale... Perdona. Sanchís decía que del fútbol te puedes desapuntar, pero de la caza no.

—Y lleva razón. Yo ahora he dejado el fútbol y, sin embargo, no he podido dejar la caza. Además, me gusta tanto que siempre que puedo organizo algún ojeito de perdices e invito a mis clientes: El Corte Inglés, Macro, Cortefiel... Lo solía organizar en la finca El Castañar, del Conde de Mayalde, con mi buen amigo Tito, que lo hacía fantástico.

—Vemos que disfrutas tanto de la caza como de la gente...

—Hombre, claro. La caza es compañerismo, disfrutar de las pequeñas cosas, de un buen choricito, de un buen vinito y, sobre todo, la caza es amistad. Bueno, amistad y una buena partida de mus.

—Pues órdago.

—Quiero.