El Blog de J.A. Sarasketa

09 dic. 2012 10:50

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Perdices S.O.S.

Quien más quien menos es consciente de que las poblaciones de perdices en muchísimos lugares son meramente testimoniales. ¡Cómo no van a serlo! Si no tienen más que enemigos por todas partes.

Productos fitosanitarios letales, un sin fin de pequeños predadores protegidos, laboreo del campo muy agresivo, pastoreo abusivo y para remate unos pocos desaprensivos que se dedican a dispararles desde los coches en pistas y carreteriles. Hoy les voy a hablar de estos pájaros de mal agüero, la próxima semana lo haré de los fitosanitarios nocivos y de las posibles medidas a tomar urgentemente antes de que las patirrojas pasen a la historia como un ave única por su bravura y gallardía a la que entre todos la matamos y ella sola está a punto de morirse.

Un tema este que requiere que los cazadores cojamos el toro por los cuernos urgentemente antes de que sea tarde, porque la administración ya se encargará de seguir dando capotazos a diestro y siniestro. Todos sabemos que para cazar las perdices con el perro por delante requiere ser un buen estratega con piernas de acero, una voluntad a toda prueba, manejo más que aceptable de la escopeta y el concurso de un buen perro que trabaje en corto y sea capaz de cobrar las alicortadas, tarea por cierto de las más difíciles que se puede exigir a un perro de pluma.

Con todo esto, afortunado aquel que por estas fechas sea capaz de colgar un par de perdices después de haberse dado un jabón de 8 horas ladera arriba monte abajo. Con este caldo de cultivo y fruto de la impotencia ha surgido la figura del cazador de guante blanco —pocos, afortunadamente— que a bordo de un todo terreno se dedica a perseguir a las perdices, por pistas, carreteriles y caminos de parcelaria para disparar a cuantas encuentra en su camino.

El éxito siempre está garantizado, ya que como todos sabemos, se espantan poco del coche y se las mata fácilmente en el suelo. Además, no contentos con estos desmanes, gusta a estos advenedizos alardear entre sus compañeros. Dicen llamarse furtivos; ¿furtivos de qué? ¡De nada! ¡Pobres diablos! Simplemente insolidarios, oportunistas y malos compañeros.

Furtivo era aquel que en los años 40, con una escopeta que tenía la culata atada con alambres, se dejaba la vida en el monte para alimentar a su familia con lo que cazaba donde podía, cuidándose muy mucho —se jugaba la cárcel— de no airear sus andanzas ni a su propia sombra. Así que no nos vengan con memeces estos escopeteros del tres al cuarto. Una tabla con clavos, tapada con tierra en un carreteril, pronto acabaría con los aires de grandeza de estos sujetos. Por cierto, una práctica que antiguamente se les presumía a muchos guardas.