El Luchadero

Necesidad, atavismo y gestión

No siempre los argumentos que aportan los cazadores para defender su afición son admitidos por una parte de la sociedad, y hasta cierto punto es lógico por muchos argumentos conservacionistas que se aporte.

02 mar. 2014 - 2.157 lecturas - No hay comentarios

Son gente sensible con el dolor o muerte de los animales que entienden que el hombre es bueno por naturaleza en un mundo donde todo está por hacer. Así, en materia de caza predican que Dios proveerá y la naturaleza arreglará los despropósitos de los humanos. Seamos realistas. Todas estas teorías son meros sentimentalismos y lo respeto, pero a la caza hay que juzgarla desde aspectos ecológicos y conservacionistas.

El hombre ha intervenido con tanta fuerza en la Naturaleza que solo él puede restañar sus heridas. Ahora bien, nunca con las teorías de esos desaforados que pregonan «tanto matas, tanto vales». ¡No! No es cierto ni tiene futuro. Las capturas multitudinarias normalmente no conducen más que a ganarse enemigos. El simple hecho de poseer una licencia de caza no autoriza moralmente a nadie a exprimir su derecho por muchas oportunidades que tenga.

Cala mucho más explicar la realidad de la caza bien ejercida. Detallar la sensación que siente el cazador cuando después de tres o cuatro levantes al límite de sus fuerzas, arranca ruidosa la perdiz. Cómo el cazador se embriaga de ilusión, de sorpresa contenida, de deseo indiscutible ante la pieza que intenta escapar. Importa el resultado pero no necesariamente. Debe prevalecer la dificultad y el sacrificio. Lo demás ya se materializará si bien se hace. Profundo deseo de capturar a lo que más se quiere. Puro atavismo que nos hará avanzar. Quizás el hombre que más ama a las flores es el jardinero; y curiosamente corta las rosas y acaba con su vida. El cazador siente la Naturaleza, y al frecuentarla aprende a respetarla.

El hombre fue cazador por necesidad, luego por atavismo y ahora gestor de la fauna motivo de su afición. La cantidad en detrimento de la calidad no conduce más que a perder el respeto a unos animales entre los que no existe uno solo innoble. Así son las cosas, estimado lector y querido cazador.