El Blog de J.A. Sarasketa

16 feb. 2014 9:21

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Cañones dispersores

Los cañones rayados en escopetas del calibre 12 son una herramienta que utilizan algunos becaderos en montes vestidos con pinares más bien jóvenes. El objeto de un rayado no es otro que conseguir la máxima dispersión de la carga de perdigones en la distancia más corta posible.

Sin embargo, un cañón de una longitud inferior a los 60 centímetros proyectará el plomo con menos alcance que otro cañón de medida superior, pues dada su corta longitud no tendrá recorrido suficiente para aprovechar toda la combustión de la pólvora progresiva.

La mayoría de las veces cuando arranca una becada hay que tirar aprovechando décimas de segundo y escasos claros de una espesura propicia a la defensa, por no decir poco menos que al ruido y a distancias cortísimas en algunos lances, entre seis y doce metros.

Fue mi abuelo allá por 1910 quien ideó el rayado de máximo desarrollo o de largo paso y de mínima sección, para resolver el sistema de la agrupación uniforme aunque lo más amplia posible sobre una superficie de metro y medio a una distancia de 15 metros, con plomo de 10 y 36 gramos de carga. Entendía que así se lograría aparte de alcanzar a la pieza con el número suficiente de plomos para que se produzca la inhibición vital, la menor preocupación respecto de un apuntado exacto, pese a que la pieza aún situada en la periferia de la agrupación o plomeo, recibiría el mismo o parecido número de impactos que si se hallara en el cetro de proyección.

Las condiciones técnicas balísticas en que se inicia y se desenvuelve el disparo se basan en que la presión de los gases hace que tanto el taco de fieltro como los perdigones se adhieran a las paredes del cañón y consiguientemente obliguen a aquellos a situarse en el rayado. Es decir, que los plomos que ocupan la periferia de la carga toman el movimiento de rotación descrito por la estría. A la salida de la boca cada perdigón sigue la dirección adquirida, motivo que explica un poco la uniformidad de la agrupación.

Pero dejando a un lado los tecnicismos y buscando un poco el aspecto irónico de los comentarios eibarreses por aquellas fechas, dentro de su acostumbrada seriedad en relación al invento, cuentan las crónicas que un médico de la localidad, mal tirador, que pegaba una en el clavo y nueve en la herradura, regresó un buen día de cazar con cinco becadas en su morral. Este hecho provocó la admiración de unos y la duda burlona de otros. ¿Qué milagro se había realizado? ¿Tal vez alguna oración especial a la Virgen de Arrate? No señores, dijo tranquilamente, sacando pecho el galeno, uno que es bueno; con este estriado solo tengo que disparar al bulto y acto seguido agacharme a recoger la pieza.

Bueno, ni tanto ni tan calvo, aunque la diferencia para el morral es manifiesta dependiendo del tipo de monte y lugar.