No Perdamos el Norte

11 mar. 2011 9:46

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Cuadernos burgaleses

Frío, noche, viento… Todo parece querer confabularse para que consiga vencer mi pereza y, con un gesto desganado, sea capaz de acercar un fósforo a una de las piñas del cesto. Con el cuidado del que hace girar la cuchara de la miel, para que no gotee, consigo introducir este pequeño fuego en la chimenea. Pequeño, sí, pero firme promesa de calor y hogar, cuando después de arroparlo con unas astillas secas de pino, termine más pronto que tarde por contenerlo con unos hachones del manzano viejo que habíamos podado el año pasado.

Francisco Chan Francisco Chan

La copa de mencía en mi mano coqueteaba con los reflejos del fuego que escapaban de la chimenea y en mi regazo, las fotos de la cacería de Burgos conseguían abstraerme de vuelta a las montañas que hacía poco tiempo había dejado atrás. Ahora, de regreso en mi tierra, mi Finisterre, y oliendo la salitre que de vez en cuando se adivinaba en el viento, añoraba la nieve. Ese frío seco de las montañas que pide abrigo, nada tiene que ver con este otro acerado, cargado de humedad, que al borde del mar se te mete como un cuchillo gélido ávido de calor sanguíneo. Esta humedad me hace añorar la nieve con su seco y blanco manto.

De entre aquellas fotografías, pronto mis ojos repararon en la imagen del secretario de nuestro club de caza. Su rostro era una mezcla a partes iguales de cansancio y alegría, después de tanto trabajo para organizar aquella cacería en la Sierra de la Demanda, después de tantos papeleos y sorteos, finalmente incluso después del peso y esfuerzo del matacuelga y del desollado de las reses, después de que todo eso se cumpliese, sólo en ese momento, una leve sonrisa de satisfacción daba por válida la pugna. Pero él sonreía, a la par que sus parpados cansados tendían involuntariamente a cerrarse, pocos reparan en esa expresión. Sólo solemos encontrar espacio para nuestro ego en las fotos que nos recuerdan lances. Es por ello que, de vez en cuando resulta saludable repasar esas fotos de camaradería montaraz, y reparar en la mirada de nuestros compañeros. Son un libro abierto, si queremos leerlo.

No hay ninguna gran cacería sin un buen trabajo detrás. Una gran parte de los monteros españoles hacen descansar estos trámites en empresas, orgánicas con afán de lucro que si las cosas salen mal, caerán críticas y reclamaciones, que para eso han pagado.

Sobre nuestro secretario no se podía, por justicia, dejar caer sobre él otra cosa que no fuesen alabanzas, incluso en el caso de que la montería hubiese salido mal. Difícil hubiese sido esto último cuándo los ingredientes para el buen guiso estaban servidos de antemano.

La Sierra de la Demanda; su caza es salvaje, dura y escasa en lo razonable, pues es caza de verdad en una Reserva Regional bien gestionada. Lejos nos quedan los cercones que tan de moda están. Pero también tan infectos de dineros, ministros de hoy, señoritos de antaño y los híbridos de ambos.

Infecciones morales que pervierten lo que otrora han sido nuestras épicas monterías, e infecciones parasitarias y víricas de superpoblación de caza cuasi estabulada. Estas cazas, me tienen un cierto tufo a los Santos Inocentes del maestro Delibes.

Uno cree en la caza social entre iguales, cazadores con distintas fortunas o cunas cierto es, pero cazadores todos por igual, lejos del clasismo cínico que no encuentra razón de ser en estos tiempos.

Disfruto en estas cacerías de la Demanda de esa paz, esa amistad, ese sentirse miembro de un primitivo clan de cazadores que llevamos dentro. Arraigado en el instinto y dándonos refugio y cuartel a los penares laborales y cotidianos.

Veo fotos, tomo otro sorbo del afrutado mencía, e intento descubrir en aquellos rostros similitudes con los personajes de la novela del Maestro, y no las encuentro. ¿Qué coño voy a encontrar?… ¡Jamás!… Aquí no hay ningún ninguneado Paco, ningún señorito Iván prepotente y caprichoso, bueno, de vez en cuando aparece alguno pero dura poco. Una buena manada de cazadores que viven con ese respeto sostenible que hoy se nos exige a los que predamos con placer y sin obscenidades de abundancias antinaturales.

El viento arrecia y la llama cimbrea en la chimenea, y como si el aliento de Eolo fuese un borrador sobre la pizarra de mi pensamiento, torna mi magín de nuevo sobre el rostro de Azarías, ya para siempre identificado con Paco Rabal. Pobre Azarías, con qué ganas nos quedamos los cazadores de sentimiento y obra, de menearle una somanta de hostias al lechuguino del señorito Iván, el matarife de la Milana Bonita.

Pronto habrá que poner en marcha la maquinaria de los sorteos para el año próximo, como un ciclo vital y repetitivo que nos permitirá, con suerte, volver a disfrutar de aquellas agrestes sierras.

La última cacería había sido en Neila, la del año anterior en Barbadillo, en ambas se disfrutó e intimó. Que no hay lance montero de bien si no se acompaña del conocimiento de nuevos amigos, y del enamoramiento hacia una tierra que te ha dado lo más preciado que tiene: su cobijo con el calor de su leña, y la sangre de las criaturas que sus montes han tenido a bien de obsequiarte.


VIAJE POR LA LAGUNA CASTELLANA

Cruzábamos el páramo castellano al final de un invierno en el que la meseta ya no era capaz a absorber más agua. Las lluvias habían sido tan abundantes y persistentes que las briznas verdosas que asomaban fuera de las llanuras anegadas parecían plantaciones de arroz, poco propias de aquel entorno.

El viaje fue cómodo, al llegar a Salas de los Infantes ya nos sentíamos cerca de nuestro destino, ya sólo faltaban por atravesar Palacios y Quintanar de la Sierra pero, para llegar a Neila, era preciso todavía pasar el puerto, que con su nevada estampa actuaba como efectivo guardián franqueando el paso hacia el soleado valle donde se hallaba nuestro destino.

El acomodo se hizo repartiendo al personal entre la magnífica casa de turismo rural, y el razonable hotel que posee el pueblo. El apelativo de razonable no se le puede aplicar a la atención culinaria, puesto que éste se quedaría muy corto, dada la espléndida cena que en aquel hotel reconfortó nuestros ya vacíos estómagos.

Charla, anécdotas, y camaradería entre los compañeros cazadores de distintas latitudes españolas. Nos conjuramos en aquellas montañas alrededor del deseo de cazar entre amigos, caballeros leales y damas monteras, pues es una delicia cuando las mujeres disfrutan de la caza, no asumiendo roles secundarios, sino que siendo activas en el lance cinegético como el que más. Cuando ellas son partícipes de la caza, hacen de esta vivencia algo mucho más amable y natural.

Recuerdo, ahora que la falta de lumbre me obliga a acercar otro leño a la chimenea, la expresión siempre sincera de la cara de Manolo Hombre al recibirnos, o la agradable tertulia con Fraga Boullosa, todo un histórico de la caza mayor en Galicia. Todo esto no es caza pero es prolegómeno y condición para que produciéndose o no el buen lance al día siguiente, cuando menos, la jornada sea edificante en lo social.


AMANECE EN LA SIERRA

Una avería en la calefacción hizo que aquella mañana nos levantásemos más tiesos que un carámbano. Manolo Hombre amaneció deshidratado. O por lo menos bromeaba con el hecho, quejándose de que había pasado tanto frio, que no fue quien de sacar la mano de la manta para tirar de la botella de Fontvella que descansaba sobre la mesilla de noche.

La cosa se resolvió con un buen desayuno, y la promesa cierta de reparación de la caldera. Ya para entonces, José Antonio cumplimentaba las últimas instrucciones, normas y avisos, al tiempo que Javier, el celador de la Reserva, comprobaba fehacientemente todas las documentaciones.

Después de sortear, nos esperaba un largo carrileo por una red de pistas que, aunque estaban perfectamente conservadas, nos hicieron sufrir los rigores del invierno burgalés, atravesamos tramos con mucha nieve, al tiempo que en otros, los efectos del incipiente deshielo ya habían hecho mella en forma de torrenteras que cruzaban, en alguna ocasión, la rodadura de los coches.

El largo trecho por las pistas nos mostró una explotación maderera racional y magníficamente gestionada, a la par que los signos de abundancia de reses se hacían patentes.

Los primeros puestos fueron colocados en la pista superior de acceso al cazadero, los demás se distribuyeron entre una armada a nivel inferior, y un cortafuegos que actuaba a modo de cierre, en el cual tuve la fortuna de hacer postura.

Ahora aquí, delante de la chimenea, recuerdo aquella fina lluvia racheada, no añorándola bajo ningún concepto. Era tan imperceptible que quería parecer una niebla incómoda, pero no se contentaba con estropear cualquier fotografía, sino que además calaba que se las pelaba. Hubiese preferido la nieve mil veces.


SUENA LA LADRA

Recuerdo cómo escuché la primera y más lejana ladra del día. No me había sido apenas posible identificar la ubicación exacta del puesto de mi izquierda. En aquel preciso momento rompieron monte dos pepas y un venado más que guapetón. Los tres se marcharon a criar, y no precisamente malvas como hubiese sido mi intención. No pude realizar ni un disparo, pues al no tener ubicados a mis vecinos, unos compañeros de Aranda, difícilmente podía haberlo hecho con seguridad. Mis vecinos, desgraciadamente, eran de esos que racaneaban la obligatoriedad normativa de llevar una prenda visible. Me hacían dudar de su situación exacta por culpa de la escasa tela anaranjada que colgaba del brazo izquierdo de uno de ellos. Diríase que, lejos de ser una prenda de seguridad, la cosa no pasaba de parecer una prenda íntima, quizás un tanga escaso, escueto, minúsculo, pero eso sí, naranja, menos mal.

Los lances se sucedieron y las únicas piezas que dejé de abatir fueron las que, saliendo por mi izquierda, no avanzaban lo suficiente para salirse de la línea de seguridad que les salvaba el pellejo a mis emboscados vecinos. La cuestión es que al no pasar a la carrera, les daba tiempo a ventearme y se reculaban hacia la mancha. En cambio las piezas que me entraban por la derecha llegaban buscando la muerte a mis pies, no les cagaba aire; siendo mi chaleco de seguridad tan naranja a babor, como a estribor. Lo importante es no moverse y no cargar aire, el color anaranjado no influye en absoluto.

La leña se acaba, y el mencía en la copa también. Parece prudente reponer ambas cosas, ambas me están ayudando a rememorar aquella cacería. Tengamos en cuenta que al húmedo frío reinante aquí en las tierras del brumoso mar de Galicia, sumo en mi ensueño, el que mi recuerdo trae de aquella nevada sierra castellana, y de aquel día de gloria venatoria, de piezas bravas y montaraces.

Veo ahora mi imagen junto al venado que abatí de un certero disparo, pasó a mi izquierda, me precedieron en el disparo mis ocultos vecinos, aunque con la rotundidad de un disparo al codillo, fui yo el que tuvo la gloria de abatirlo. Tan satisfecho quedé de ello, como de cedérselo a aquellos buenos señores cuando me reclamaron la primera sangre por mor de un rozón en el lomo. Sé que tengo un trofeo menos en la pared, pero no sólo es cazador el trofeista, quizás nos cunda más a los que recordamos el brete con gloria que a los que disfrutan de la presencia colgada de un trofeo resultado de un lance dudoso. No lo sé, cada quien es cada cual, todo me parece respetable si se hace conforme al derecho consuetudinario de la montería.

De nuevo me distraen las fotos, qué trabajoso matacuelga, y qué desollar apresurado para que la noche no se nos echase encima.

Convengo que es mucho mejor no recordar esta parte, so pena de tener que doparme de nuevo con ibuprofeno. Sólo con recordarlo ya me duelen de nuevo los lomos y sobrecargo los lumbares con sólo mentar las reses abatidas por mí. Además del venado, dos ciervas y dos jabalíes, habiendo renunciado a abatir el resto de la piara por ser ya demasiado pequeños.

Todas estas reses, ahora convertidas en piezas inertes, se vengaban de mí, su matador, ayudadas por la fuerza de la gravedad. ¡El que mata cuelga!… y yo colgué… ¡Qué remedio!


EL LARGO REGRESO A CASA

Después del desollado, y de hacer cuentas con el guarda en función de las reses abatidas, nos encaminamos de nuevo hacia Neila, allí nos esperaban unas reparadoras carrilleras de ternera y un buen rioja, capaz de hacernos olvidar las penurias climatológicas pasadas.

Recuerdo que yo fui de los primeros en llegar. Quería comprobar que todo estuviese bien, pues me sentía responsable del resultado de la comida, la cual había sido organizada por mí. Fue un gesto excesivo por mi parte, porque los dueños de la casa de turismo rural eran unos auténticos profesionales.

Allí estaban los perreros, preocupados por comer pronto y volver al monte en busca de un perro que les faltaba. Estaban preocupados y daban por hecho que les esperaba una larga noche de carrileo para poder recuperarlo. Repaso de un vistazo sus fotos, se les ve buena gente. Me enternece sobremanera volver a ojearlas para descubrir, con orgullo ajeno, lo satisfecho que se ve a un perrero compartiendo mesa y mantel con su hija, de unos dieciséis años, a cargo de la cual está monteando una recova entera de buenos perros.

Mientras veo estas fotos aprecio, en forma de un leve escalofrío, que se está apagando la chimenea. Ya no queda más que un culín de vino y pocas imágenes por revisar. Las últimas son las de la cena, donde todo fueron sonrisas y camaradería. Veo también, al amigo Fernando sirviendo chupitos para ayudar al camarero. Alegría en los rostros y cansancio en las miradas.

Las últimas escenas son del camino de regreso, más imágenes de nevadas. Llaman mi atención las dos últimas. La primera, la expresión de agradecimiento que uno de los perreros tenía para con Marco Porto, nuestro socio portugués, quien se preocupó de indicarles el lugar donde yacía muerto el perro que faltaba. El pobre can había sido empitonado por un ciervo herido. Los perreros lo agradecieron. Dijo uno de ellos que, en los tiempos que corren, no se prodigan los monteros que se preocupen por quienes son realmente el alma de la montería.

Veo ya la última foto; ya se terminó el culín postrero de mencía y el frío arrecia en esta mi sala de recuerdos monteros. En la foto se ve al celador de la Junta de Castilla y León, sólo se ve su rostro, su expresión es de cansancio, pero su mirada se muestra relajada, diríase que feliz después de un día de caza muy bien organizado por su parte, habiendo compartido mesa y monte con amantes de la naturaleza, con gentes sencillas y de buen vivir como los que tuvimos la suerte de disfrutar de aquella cacería.

Definitivamente, ahora sí que hace frio, dudo entre cargar un leño más en la chimenea, o retirarme a dormir; opto por lo segundo, mañana es otro día. Un buen día para enviar los datos del sorteo para el próximo año, espero que a José Antonio no se le haya olvidado. Quizás suene la campana y podamos disfrutar este año, de nuevo, de una maravillosa jornada allá, en las tierras de Castilla donde Dios creó un trozo de universo que se llama Neila.



Publicado en Federcaza

 

Francisco Chan El blog de la Asoc. de Clubes de Caza Maior de Galicia

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