A Salto de Mata

24 oct. 2009 3:59

4 comentarios
2.506 lecturas

Pero, ¿esto qué es…?

No es mi intención, lo juro solemnemente, meter los dedos en la llaga, pero después de leer unas cuantas noticias, seguidas y demasiado actuales, sobre el tema, creo que se impone una profunda reflexión y unas tremendas ganas de… ¿De qué? ¿De buscar y encontrar una solución? ¿De volver a repetir, inútilmente, por enésima vez lo mismo? ¿De colgar de una vez por todas los archiperres y decir anda y que les, nos, vayan dando…?

El asunto al que hago referencia es el de las muertes, inútiles, vanas, estériles, injustificables, previsibles, evitables… que se están produciendo por arma de fuego, en la práctica de nuestra afición, de forma constante, como un lacerante goteo que, por momentos, duele.

Ya sé que algunos estarán pensando lo de siempre, que en todos los sitios cuecen habas, que son gajes del oficio, que algunos no estaban en el sitio adecuado en el momento oportuno… o todo lo que se les ocurra. Pero, ¡no! Me niego, en rotundo y en redondo a justificar, absolutamente y por encima de todo, cualquier situación, conducta o acto que acabe de forma tan dura, tan cruel y, si me apuran, ignominiosa, con la vida de otra persona.

Sin ir más lejos, aún está fresca la muerte de una criatura de dieciséis años, en Tenerife, cuando paseaba con su padre por una zona de matorral, bajo para más inri, por un disparo de escopeta que iba dirigido ¡a un conejo! Lo siento, de veras, por el autor del disparo, en el pecado lleva su penitencia, pero en el siglo XXI… ¿Aún queda alguien capaz de apretar el gatillo de un arma sin estar viendo, asegurando, cerciorándose hasta el hartazgo, hacia donde va dirigido su disparo? Si no fuera porque la cruda realidad supera, casi siempre, a la ficción, me costaría, mucho, creerlo.

Hay más casos, recientes juicios y sentencias que ponen los pelos como escarpias y siempre por lo mismo. ¿Dónde se esconde la racionalidad que se nos supone ante un acto semejante? Insisto, como decía al principio, que no es cuestión de hacer leña del árbol caído, pero tengo la sensación, la casi desesperación, de que no aprendemos, en general, ni por esas. Ni la propia crudeza y el tremendo mazazo de la muerte consiguen parar, año tras año, algo tan inútil como evitable.

Hace tiempo que llevo, de una forma tan estéril como inútil, predicando, por estás páginas de Dios de la Internet, en las que suelo dejar mis sensaciones en forma de opinión, la necesidad de un código deontológico de obligado acatamiento –lo del obligado cumplimiento también daría para muchas páginas−, en el que de una vez por todas queden reflejados unos principios, unas normas, unas actuaciones que nos lleven, entre otras cosas, a dar otra imagen ante la sociedad, de la que tanto nos quejamos que no nos comprende, y, de paso, a intentar evitar tanto desaguisado que, por puñetera desgracia, siempre nos pilla en medio. Estamos demasiado acostumbrados a construir la casa por el tejado. Grandilocuentes y efectistas decisiones sobre medio ambiente, sobre gestión, sobre leyes y licencias únicas y otros cientos de cosas que, por supuestísimo, son necesarias e imprescindibles, pero la cruda realidad nos demuestra, a tenazón, que todavía se nos va el dedo cuando jarea una retama o un chaparro. ¿Por qué no empezamos haciendo una buena zanja, a pico y pala, y plantamos unos buenos cimientos? ¿Por qué no nos comprometemos, firmamos −cuando vayamos a recoger nuestras licencias de armas, o nuestros permisos, o nuestras tarjetas a nuestras sociedades− un papelito en el que estén escritos, de forma muy concisa y muy clara, los comportamientos, las actuaciones, la forma de ser y estar en el campo cuando en las manos llevamos un arma de fuego? Un arma que si, aunque sea por puta casualidad, se enfila en la dirección equivocada, acaba con la vida de una cría de dieciséis años…

Siento, y no me canso de decirlo, que todos tengamos que entrar en el mismo saco. Por desgracia, y desde que el mundo es mundo, la actitud de unos cuantos ha marcado al colectivo. La antigua Roma, que nos ha legado conceptos tan actuales para la caza como el de res nulius (cosa de nadie), tuvo que soportar la degradación de la actividad cinegética −que generó grandes cazadores de la talla de Publio Cornelio Escipión Africano y Numantino− por culpa de unos cuantos indolentes que se dedicaron a ‘cazar’ desde las ventanas de sus villas, abatiendo incluso a sus esclavos.

Lo siento pero no hay vuelta de hoja. O nos planteamos ser lo que de verdad decimos que somos –evitando grandilocuencias y castillos en el aire− o la realidad nos pondrá, nos pone, a cada uno en su sitio. Y juro por lo más sagrado que ése será mi planteamiento la próxima vez que apriete el gatillo. La vida de una cría de dieciséis años bien merece el intento. Y el que no se lo plantee… que vaya pensando en dejarlo.

 

4 comentarios
26 oct. 2009 21:51
Jose Maria Moreno
El chiquito de Tenerife no iba paseando con su padre,estaba tambien cazando en la cuadrilla.

No justifica nada el accidente,pero que quede constacia de que no era un senderista como el periodico quiso que la gente en general creyera y para podernos poner a los cazadores por los suelos.

Un saludo y que conste que estoy de acuerdo con todos los demas argumentos que expone...
27 oct. 2009 10:28
A. Mata  
José María, muchísimas gracias por tu aclaración. Tienes razón, leí la noticia y me puse a escribir sin haberla contrastado más. Aunque de todas formas da igual, solo nos queda lamentar y lamentar estos terribles incidentes y rezar para que no vuelvan a suceder. Gracias.
¡Buena caza, mucha suerte e infinitos cuidados que son pocos!
27 oct. 2009 20:42
Jose Maria Moreno
Buena temporada de caza y que tenga mucha suerte ahora que alla en la peninsula esta comenzando,aqui en Tenerife nos quedan pocos dias ya para que se cierre la veda y eso...Esperemos que no vuelva a ocurrir nada parecido.

Un saludo
30 oct. 2009 23:10
wmayca
wmayca
Los accidentes con armas de fuego ocurren en todas partes, yo como Criminologo acá en Costa Rica les digo que la conciencia en el uso responsable de las armas debe ser toda una cultura, una gran responsabilidad y debe verse tal cual es, un asunto de vida o muerte....Analicemos cada quien nuestra conciencia, recordemos errores e imprudencias de nuestros viajes de caza, regañemos a quién haya que regañar, en fin, hagamos cada cual lo propio y lo ajeno por prevenir tan lamentables sucesos, ya que el que matamos no es un extraño, es un hijo, un padre, un hermano cazador, y de paso, salvamos a los extraños.....
Antonio Mata Antonio Mata es redactor de la revista Caza y Safaris.

Conversaciones Activas

RSS