El perro de sangre. Primeros pasos

Según hayamos optado por una raza, una línea o unos padres, ya sea por estética, por espacio u otros motivos, hay que intentar escoger el más adecuado, pensar fríamente y saber que lo más indicado es utilizar el perro nada más que para el rastro, de sangre o vivo, pero sólo para el rastro.

Juan Pedro Juárez | 28/01/2010

Con estos parámetros hay que elegir quien nos lo proporcione. Alguien que viva para sus perros y no de ellos. Después, seleccionaremos parentales (padre y madre) entre ese tipo de canes que te mira, atento, con el rabo en movimiento, pero sin histerias, sin chillidos ni saltos; es decir, animales equilibrados. Un perro inquieto y nervioso correrá, saltará, estará excesivamente pendiente del amo y sus hijos serán muy parecidos. Lo que necesitamos es que lleve la nariz a diez centímetros de la sangre y no de nuestros pantalones. Se darán ustedes cuenta de cómo hay perros que dan cien carreras en un euro y de cómo hay otros que no andan sin saber a qué huele lo que van a pisar en el próximo paso. Éste es el tipo que queremos.

Agachan la cabeza, pegan la nariz al suelo y encuentran la carne que está puesta

Ahora, vistos los padres, veamos al cachorro. Aquí no deben existir prisas, no necesitamos un perro que cace corto, porque irá casi siempre atado; por tanto, no pasa nada porque cojamos un cachorro con tres o cuatro meses, siempre y cuando veamos un animal independiente, un can que parece saber que ha nacido para filtrar el mundo por sus narices.


El premio tiene que ser el mordisquear la pieza, pero siempre que el cazador ya haya llegado a ella, en caso de que el perro vaya suelto.

Un ejemplo: cuando tenemos que seleccionar un cachorro para estas lides, empezamos a los 25 o 30 días de edad, con carne picada. Cuando se sabe que están todos los cachorros dormidos, entramos en la habitación, dejamos un plato con carne y observamos. Al poco tiempo, uno o varios de ellos se mueven, levantan la cabeza y salen del nido escopetados, gimiendo y, cuando nos ven, empiezan a correr hacia nosotros: ésos son aptos para otras cosas, pero no para el rastro, son demasiado rápidos, demasiado listos, vienen a nosotros porque saben que hemos llevado carne. Mientras tanto, hay uno o dos que se desperezan, levantan un poco la cabeza, la agachan, pegan la nariz al suelo y encuentran la carne que está puesta a treinta centímetros de la puerta del nido y que los otros se han pasado.

Otra prueba que nos gusta hacer a los 2 o 2,5 de edad, es la siguiente: en un pasillo se arrastra, pegado a la pared, un trocito de carne y se esconde al final, debajo de algún mueble. El cachorro lo busca y da con ello el primer día, el segundo, el tercero y el cuarto; sin embargo, al quinto día llevamos la carne por el mismo sitio de siempre, pero a mitad del pasillo cruzamos al otro lado y la dejamos, pegada a la pared, pero a la vista. El cachorro sale como alma que lleva el diablo hacia el mueble, y, generalmente, pasará una de estas tres cosas:

1.- Llega a donde debería estar la carne y, al no encontrarla, la busca con la vista e intenta subirse al mueble.

2.- Vuelve al principio y toma de nuevo el rastro.

3.- Sin vacilar toma la curva y encuentra la carne. Los dos últimos casos son los que preferimos.

¡Ya tenemos perro!

Una vez que ya tenemos el cachorro en nuestro poder, si es de carácter normal, habrá que hacerle una serie de barrabasadas para que, con el tiempo, sea un buen perro de sangre.

Deberíamos puntualizar que un buen perro de sangre no es aquél que con ocho meses encuentra un venado a mil pasos (unos 700 metros) después de haber pisado todos los charcos de sangre que se ha encontrado en su camino. Un buen perro de sangre es aquél que con tres años llega hasta una res herida en una pata y que, tras soltarle, se dedica a ladrarla y a morderla (a distraerla, en una palabra) mientras que usted la remata de un disparo. Un buen perro de sangre es el que, cuando siente el animal cercano, a la vez que se va aproximando, va aumentando el tono y el volumen de sus gemidos, dándonos la oportunidad de conocer la proximidad del animal herido. Un buen perro de sangre es ése que en un 3 de agosto, a las tres de la tarde, sigue la sangre, ya seca, de una animal herido la noche antes y que, además, cuando llega a él, si va suelto, lo late de parada. No se asusten, los hay a miles, sólo hay que dirigir y conocer sus aptitudes naturales y saber aprovecharlas y encauzarlas.


Tan importantes como el perro en sí son sus padres y el origen de éstos.

Lo primero que hay que hacer es tratar al cachorro como lo que es: una herramienta, un perro. Esto quiere decir que lo primero es el pienso bueno y el agua limpia. Después ha de mantenérsele sano, limpio (por dentro y por fuera) y dedicarle la atención que merece; es decir, prepararle para su labor.

El entrenamiento ha de empezar lo antes posible y hay que obligarle a hacer ejercicio. Cuando aún no pueda salir a la calle (mientras acaba su periodo de vacunación), se le puede preparar dentro de la casa, y preferentemente encaminar los juegos a tres aspectos fundamentales: ejercicio, nariz y latido de parada.

• Ejercicio. Las dos p: pasillo y pelota. Si el cachorro es muy pequeño hay que dejarle que la mueva él y luego que la siga. Poco a poco lograremos que vaya haciendo ejercicio cuando se la tiremos; es importante que siempre la vea cuando se la lanzamos. No hay que pretender que la traiga, sólo que la siga, porque lo que buscamos es desarrollar su musculatura.

• Nariz. La nariz del perro debe entrenarse, y esto, a tempranas edades y a nuestro entender, se consigue de dos formas: cuando estamos en casa se le deben hacer de vez en cuando algunos rastritos con carne cruda. Nunca hay que hacerlo en el mismo sitio porque estos pájaros son muy listos.

La otra forma es un poco más maquiavélica, pero también cumple su función. Somos partidarios de que los cachorros siempre tengan el plato lleno de pienso, pero nunca en la misma habitación. Si quiere comer que lo busque mientras desarrolla su nariz.

• Latido de parada: va solapado con el juego de la pelota. Cuando comprobemos que el perro ha aceptado, plenamente, eso de correr tras la pelota, se le quite y se deja en un lugar donde la vea, pero no la alcance. Si se va hay que procurar que vuelva a jugar con ella, hasta que, al menos, fije su atención en ella. Una vez que el animal está pendiente de la pelota, sentado, mirándola fijamente, hay que dar el tercer paso: hacer que la ladre. Esto se consigue acercándosela, que casi la toque, pero sin apoderarse de ella. Si observamos que tarda, le animaremos hasta que consigamos ponerle nervioso y que ladre.


No pasa nada porque un cachorro en preparación para el rastro, hasta el año y medio de edad, cace con otros perros a especies distintas a las que en un futuro rastreará.

Antes de continuar vamos a ver qué es el latido de parada. Es un ladrido corto, seco, grave (dentro de la variación de tonos que cada perro tiene). Presenta el ritmo de, dijéramos, un corazón, de ahí le viene lo de latido. ¿Qué es?, pues no lo sabemos bien. Lo que sí se puede afirmar es que tiene un gran componente de ansiedad y por ahí es por donde habremos de aprovecharlo, sacárselo o arrancárselo según el grado en el que le venga en la sangre al perro. Lo que no debemos hacer nunca es confundirlo con otro tipo de ladridos. ¿Para qué nos sirve? Es útil, fundamentalmente, para dos cosas: la primera, para (en el caso de ir suelto el perro) avisarnos de la presencia del animal (vivo o muerto); la segunda, para entretener y desviar la atención de la pieza cuando ésta aún no ha muerto, facilitándonos acabar con su sufrimiento. Un perro que, cuando ve una res o un jabalí, rápidamente se tira a morder es, evidentemente, menos práctico que uno que, si el animal se levanta y anda, nos diga en todo momento (por sus latidos) dónde están ambos.

Si piensan que a un perro de rastro no se le ha de soltar nunca, se equivocan; cuando llegamos a un animal malherido y éste sigue con vida, puede que haga dos cosas: la primera, huir a trancas y barrancas; la segunda, intentar embestirnos. En esos momentos, si soltamos al perro se liará con él, a base de ladridos, pinchándole con mordiscos, etc., consiguiendo que la pieza pare en su huida o en su embestida. En todo caso avisándonos de su trayectoria, y créanme si les digo que en esos momentos toda ayuda es poca.

Ya hemos sacado a nuestro perro

Hay que dirigir y conocer sus aptitudes naturales, aprovecharlas y encauzarlas

Lo primero que hemos de pensar es que va a ser un perro, fundamentalmente, de puesto, de aguardo, de espera o de rececho; el caso es que se va a pasar la mayoría del tiempo a nuestro lado, atado. Por tanto, hay que enseñarle a no molestar, para lo cual deberemos acostumbrarle desde pequeñito a ir a nuestro lado y sin estorbar, siempre ahí, pero sin que se note su presencia; incluso que llegue a ser un útil más, tal como un zurrón, un rifle o unos prismáticos. Todo ha de empezar eligiendo una palabra que sea muy común, en nuestro vocabulario, a la hora de querer ordenar a alguien que se quede quieto. Tras encontrar esa palabra o sonido (como quieto o psss) sacamos al perrito con su correa, nos paramos, decimos, por ejemplo, quieto y tiramos de la correa, todo a la vez. A la cuarta o quinta vez que se lo hagamos, lo comprenderá y parará; si no es así, le tomaremos por el pellejo del cuello y le pondremos a nuestro lado mientras le zarandeamos y le damos la orden.

Cuando esto esté dominado pasaremos a llevar al perro andando a nuestro lado, sin dejar que se adelante, mediante tirones de correa. Esto no es flor de un día, pero como le sacaremos de paseo a diario se lo podremos hacer varias veces, y así conseguiremos que no se nos adelante cuando vayamos caminando por el campo. De lo que se trata es de buscar que un perro atado con una correa de bandolera venga detrás de nosotros sin tirar de ella y sin molestar. No hay que preocuparse, cuando al perro se le ponga en el rastro, irá por delante.

¡Esto es el campo!


A los cachorros hay que sacarlos al campo una vez que tengan tres o cuatro meses de edad y hay que dejarlos libertad para que desarrollen su nariz y su musculatura.

Da igual perdiz, mariposa, codorniz, tortuga, conejo o alacrán cebollero. Que explore, indague, investigue al cien por cien; lo que sí es fundamental es que siempre huela animales (da gusto ver cómo los cachorros, con tres o cuatro meses, laten de parada a los cangrejos de río). Todo esto es necesario para que ejercite su musculatura, para que comience a tener coordinación y, en los últimos meses, para que desarrolle su nariz. De vez en cuando le llamaremos para que venga, aunque en realidad lo que conseguiremos es que vaya acostumbrándose a orientarse por nuestros sonidos. Esto último es para formar en el perro cierta dependencia hacia nosotros. De ahí al rastro de sangre ya sólo hay enorme un paso, pero sólo uno.

Juan Pedro Juárez

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