Reportajes

Batidas de jabalí en el occidente asturiano

Una manera diferente de cazar

Cuando hablamos de batidas de jabalí en estas zonas, hay que desterrar la imagen de la batida multitudinaria que se producen por otros lugares del norte peninsular. Nuestras batidas son más cercanas a los que mucha gente denomina ganchos que a batidas propiamente dichas.

Gustavo Menéndez

28/12/2018 - 3947 lecturas

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«El uso del perro atraillado es el elemento más significativo y representativo de nuestra forma de caza»

«Lo normal es que las cuadrillas de caza sean pequeñas»

«Las densidades de caza que hay por estas zonas son muy bajas en comparación a otros lugares del norte peninsular»

«Los perros utilizados para estos menesteres suelen ser perros de olfato muy fino, de talla media y muy pegados a su dueño»

Cuatro elementos marcan esta forma de cazar: la orografía, la densidad de caza, el número de cazadores y el uso del perro atraillado, elemento más significativo y representativo de nuestra forma de caza. Este último parámetro de la ecuación es una consecuencia directa de los otros tres factores. Es, por así decirlo, la solución a los problemas logísticos generados por los primeros. Me explico.

La extensión a montear y las cuadrillas

Nuestras manchas a cazar o áreas de caza son extensiones de terreno de no menos de mil hectáreas, donde monte, praderas, pueblos y carreteras están estrechamente unidos. De ahí la necesidad de saber en qué pedazo de monte específico tenemos encamada la caza. Por ley, las partidas de caza no pueden estar compuestas por menos de un mínimo de ocho cazadores y un máximo de 25.

Lo normal es que las cuadrillas de caza sean pequeñas —raro es pasar de 20 miembros—, contando armas y monteros, que aquí son los que baten el monte y, por ley, deben ir desarmados, de ahí la necesidad de tener a las piezas de caza lo más controladas posible para decidir qué zona vamos a cercar y batir.

La densidad de caza y la traílla

Por otro lado, las densidades de caza que hay por estas zonas son muy bajas en comparación a otros lugares del norte peninsular, con lo que, sumados todos estos factores, el resultado es el emplace a traílla.

La caza a traílla consiste en buscar los rastros de las piezas de caza con un perro atado a una cuerda (traílla), desechando los rastros fríos, así como los derivados de los desplazamientos del jabalí para alimentarse, y centrarse exclusivamente en los rastros de encame.

Una vez que tenemos localizada la entrada al monte del jabalí, procedemos a verificar que no lo abandonó, rodeando con el perro el monte de encame lo más en silencio posible. Si hay suerte y no encontramos salida, el trabajo del perro atraillado ha terminado. Si no es así, hay que seguir con el rastro hasta localizar su entrada al encame, o puede suceder que el jabalí abandone el área asignada de caza, aspecto bastante frecuente, por lo que el trabajo de toda una mañana se queda en nada. 

Perros de olfato fino

Los perros utilizados para estos menesteres suelen ser perros de olfato muy fino, de talla media y muy pegados a su dueño. Un buen binomio perro-montero te asegura el éxito en los emplaces, por lo que rara vez cambias de compañero una vez te habitúas al mismo.

Las razas empleadas son sabuesos, grifones y el cruce de ambas, lo que da lugar a un sinfín de morfologías y comportamientos en los perros de traílla. Cada montero busca unas virtudes en su perro de cuerda. Los hay que prefieren perros rápidos; otros, con buena voz; otros, perros tranquilos, de más o menos nariz, buscando en todos los casos dar con el binomio perfecto para tu forma de cazar.

Vamos de batida

Un día cualquiera de nuestras batidas comienza siempre de la misma forma. Por la mañana, nos reunimos en el bar del pueblo a tomar un café. Una vez allí y ya sabiendo con cuántos participantes contamos ese día, cubrimos el permiso de caza pertinente y nos dividimos el área de caza entre los monteros para ir a buscar los rastros y encames de los jabalíes.

El resto de los cazadores se encargan de labores de logística, tales como acercarnos de vuelta a nuestros coches una vez acabamos de cortar el monte o realizar algún pequeño encargo en el pueblo, como coger bebida o pan para aquel que lo necesite.

Sobre la marcha y en función del tiempo y del número de cazadores que asistimos, fijamos un punto de reunión donde comer el bocadillo y dar las novedades de donde tenemos los rastros, para así decidir qué rastros y en qué orden se van a cazar ese día. Esta elección viene determinada por la cantidad de armas que hay para cercar el monte y la dificultad del mismo para cercarlo.

Decidida la mancha a cazar, el jefe de cuadrilla determina los puestos a ocupar y por quién, atendiendo siempre a las posibilidades físicas de cada uno, con lo que, una vez cercado el monte, procedemos a la suelta de los perros sobre el rastro.

Con todas estas peculiaridades, rara es la jornada en la que no cambiamos de mancha dos o tres veces, y rara es la jornada en la que no te toca hacer de montero —batir el monte— y de armada, según las necesidades de la cuadrilla en ese momento, lo que convierte a nuestras batidas en una forma de caza muy amena y participativa.

Si la cosa sale bien, al finalizar la jornada y con todos los perros a buen recaudo, habrá algún jabalí encima de los remolques, para satisfacción de perros y cazadores. Si no, solo queda esperar a la siguiente jornada de caza y esperar a que la suerte nos sonría.