Relatos

El viejo y el aprendiz

 

Resulta curiosa y cambiante la vida del jabalí en cuanto a sus relaciones sociales.

En la primera etapa de su vida se les llama rayones, debido a la librea de líneas longitudinales que presentan y que, aunque parezca mentira, les hace pasar desapercibidos mientras permanecen inmóviles entre la vegetación. A los pocos días de nacer ya siguen a la madre a todas partes y a la menor señal de peligro corren a esconderse en la espesura. A los seis meses aproximadamente, la capa rayada cambia de color a un tono rojizo, razón por la cual reciben el nombre de bermejos. En esta etapa, el grupo familiar continúa unido, aunque habitualmente con merma de efectivos, debido a la alta tasa de mortalidad infantil. Al año de edad, ya con la capa oscura propia de la especie, la piara comienza a disgregarse. Algunos continúan en el grupo original o bien se unen a otros grupos. Finalmente, al alcanzar la madurez, los machos se vuelven solitarios, no tolerando la presencia de ninguno de sus congéneres. Reciben entonces los más variados nombres: navajero, macareno, verraco, solitario, catedrático, etc.

Es entonces cuando el viejo macho vuelve a cambiar sus hábitos sociales y se hace acompañar de otro jabalí mucho más joven que él, al que los cazadores llaman escudero.

La ventaja que obtiene el joven aprendiz es evidente, ya que en compañía del solitario descubrirá los secretos del monte; pero ¿qué gana a cambio el viejo jabalí?…

Acaba de caer la noche y en lo más profundo de la espesa mancha el solitario se revuelve en su cama de hojarasca, soñando con la baña de lodo con la que mitigar el picor que le producen los numerosos parásitos que le atormentan cada día.

Con trote decidido enfila la trocha que le llevará hasta ella. El joven escudero le acompaña ante la aparente indiferencia del navajero. El cielo está despejado y la luna llena desparrama su tenue luz por el valle haciendo platear la pelambre del viejo macho.

Al cabo de un buen rato de marcha, ambos llegan a la charca que hay junto al río. El aprendiz no osará disputarle el turno a su veterano maestro, por lo que permanece a prudente distancia mientras dura el aseo. La sola visión de aquellos formidables colmillos le hace estremecer. Tras largos minutos de vueltas y revueltas en el fango, el solitario sale de la baña y comienza a restregarse contra el tronco de un árbol próximo, momento que aprovecha el escudero para introducirse en la baña. Hay muchos árboles en la zona, sin embargo el viejo jabalí siempre utiliza el mismo, motivo por el cual su tronco se encuentra parcialmente descortezado y con profundas señales producidas por los colmillos. Al filo de la media noche, el jabalí se encamina hacia un pequeño patatal situado en un claro del bosque. Al llegar al borde del claro, el astuto solitario se detiene, escucha y olfatea a diestro y siniestro, buscando el aire de cara y tratando descubrir algún efluvio sospechoso. El escudero, con la imprudencia propia de su inexperta juventud, entra derecho y sin pausa al huerto, engolosinado con el olor de los tubérculos. Sobre la cruz de un chaparro, un joven cazador, más inexperto aún si cabe, se revuelve tratando de acomodar sus piernas entumecidas en su tercera noche de vigilia.

Un bulto negro cruza lentamente el claro del bosque y el pulso del cazador se acelera hasta el límite de lo saludable. Encara el arma, apunta… El trallazo rompe la quietud de la noche y un cuerpo oscuro yace en mitad del claro. El cazador, con una pierna prácticamente insensible, baja apresuradamente del árbol y corre hacia su presa creyendo haber conseguido el jabalí de su vida, pero al llegar descubre un joven chancho de apenas un par de años y colmillos incipientes. Mientras tanto, el astuto padrillo corre rompiendo monte buscando la protección de la mancha. Mañana, un nuevo escudero habrá ocupado el puesto vacante.

Amigos del foro: Así es la vida, todo cazador debe entender siempre el juego de la naturaleza animal y saber esperar la suerte de algunos, si desea obtener la presa deseada. Un abrazo.