Relatos

 

El aeropuerto de Lutton nos recibió como yo me había imaginado, envuelto en una fina neblina, húmeda y fría para la época del año; era de noche y la terminal de viajeros estaba atestada de gente, los aviones aprovechaban el tiempo y aterrizaban antes de que la noche y la niebla cerraran las pistas; ante la avalancha de viajeros los aduaneros estaban desbordados y prestaban escasa atención a los recién llegados, sin pararse con muchos miramientos y procurando despachar rápidamente al pasaje que portaba la docena de reactores de distintas nacionalidades que habían aterrizado en tan corto espacio de tiempo.

Mi abuela miraba asustada al aduanero, que en una jerga incomprensible para ella le preguntaba los motivos del viaje, era un hombre de lúgubre aspecto, rubio y pálido, con unas manos exageradamente grandes para su envergadura, dedos gordos y despótica sonrisa, a pesar de su pulcro uniforme azul no podía ocultar un origen tan humilde como el nuestro, se regodeaba cruelmente aprovechando la inferioridad de una pobre vieja envuelta en luto que buscaba en su bolso sin saber lo que debía encontrar, fue el primer inglés que vi en mi vida y tan mala impresión me causó que aún hoy en día me ha costado borrar de mi memoria a tal individuo para no juzgar a todos por la forma de actuar de uno.

Habíamos tenido que viajar a Inglaterra requeridos por la carta recibida una semana antes en nuestro, mi tío Daniel (al que yo no conocía, entre otras cosas porque llevaba veinte años en Inglaterra y un servidor sólo tenía dieciocho), el hombre estaba gravemente enfermo y como le había visto los dientes al lobo y no creía salir de ésta, escribió a su madre pidiéndole ayuda, desconfiando de su familia británica, mujer e hijo, pero ingleses al fin y al cabo, no tenía a nadie más en el país y al hombre le habían entrado dos cosas al mismo tiempo, una angina de pecho y la nostalgia de su tierra, así que mi abuela (como todas las madres) que no había llegado más lejos de Gijón, en dos días y en contra de lo que todos le decían, cogió todo cuanto era necesario y acudió donde su hijo la llamaba (y mi abuela habría ido hasta el mismo infierno si hubiese echo falta), así que su nieto, el único que tenia a este lado del mar, fue designado para acompañarla en el viaje, y así me fui yo, por primera vez, a las tierras de los Pictos.

22, Drovers way, Hattfield - London - England; llevaba yo escrito en un papel que apretaba en mi bolsillo cuando nos dirigíamos al taxi, había repetido la dirección mil veces en el avión, y otras diez mil mientras esperábamos el avión en Asturias, me la sabía de memoria y esperaba espetársela al taxista a la primera, con mi pulido ingles de primaria, así que llamé al taxi, metimos las maletas y subimos al auto, yo delante al lado del taxista y mi abuela detrás, era un coche peculiar, enorme como la chevrolett del lechero, el hombre me inquirió la dirección y dije, Twentyyy blllel gollll… I‘m sorry not speak english, al tiempo que me ponía mas colorado que una grana y metía la cabeza entre la piernas, mirando compungido a mi abuela, que como no entendía pensaba que hablaba a la perfección y me miraba orgullosa la pobre mujer.

—Ah, son ustedes españoles.

—Yes —contesté sin darme mucha cuenta de lo que decía.

—Deme Vd. la dirección —le alcancé sorprendido el papel, lo miró e hizo un gesto de afirmación y a los treinta minutos estábamos frente a una hilera de viviendas unifamiliares todas iguales, casitas de dos plantas con un jardincito en su parte posterior, como era de noche poco más pudimos adivinar, pagué al taxista (un emigrante argentino al que le estaré eternamente agradecido) y tocamos el timbre del nº 22 de la calle Drover‘s en Hattfield Herst.

Unos ladridos de chucho sonaron contestando al timbrazo, y al abrirse la puerta, un larguirucho chaval de unos quince años, tan pálido como el aduanero, desaliñado y con el pelo tapando los ojos nos miraba sorprendido mientras intentaba sujetar a un extraño perro, rabicorto con orejas de podenco, pelo duro color blanco con grandes manchas color marrón claro, el perro echaba ñascos tras las flacas piernas del chaval, que a duras penas podía sujetarlo y no hacia ningún caso de las órdenes que le daba el nin, lo que para mi no era extraño ya que yo mismo no entendía ni una palabra de lo que intentaba transmitir al can el sujeto.

Mummy, Mummy —gritaba el inglés, y a los gritos de socorro apareció una mujer, con un color de pelo que no había visto en mi vida (los tintes aún no habían llegado a los montes de Allande), que dio una orden al can en castellano (con mucho acento británico).

—Quieggta —y la Perla (que así se llamaba la perrita) se quedó sentada observándonos sin mover un bigote.

También nos observaban los dos humanos, así que sin más recitamos el nombre de mi tío, como contestación unas frases incompresibles para nuestros oídos y unos abrazos nos hicieron suponer que habíamos acertado con la casa, nos acomodamos y lo primero que hicimos fue ir a ver al enfermo.

La habitación estaba en la planta superior, un hombre se retorcía en una cama grande para una persona pero pequeña para dos, la ropa estaba desordenada encima de una butaca de skay, miré al hombre que abrazaba mi abuela y no vi en él rasgo alguno que me hiciera recordar a mi familia de Asturias, luego fui presentado y tras un largo abrazo pasó a examinarme.

—Yes, igual quel güelo —aquellas palabras en recio asturiano en un mar de consonantes sonaban a gloria, al decir esto y por primera vez mi tío esbozó una sonrisa y entonces reconocí los rasgos de mi tío Manuel, pero sin bigote, a pesar de que la barba de una semana disimulaba bien las facciones los ojos no podían engañar a nadie, desde que su madre (que no cesaba de llorar) entró en la habitación un fuego renació en las apagadas pupilas del hombre.

Mi estancia en el país de los Windsor pasó sin pena ni gloria, me vi recluido a dar conversación a mi tío y responder a todas sus preguntas (que eran muchas); como mi primo no hablaba ni una J de español y mi tía le iba a la zaga, nuestras tertulias se veían reducidas a los tres asturianos, al segundo día me pidió que por favor sacara la perra a pasear ya que su hijo y su esposa no le tenían (por muy ingleses que fueran) mucho cariño, llevándose todas las atenciones una tortuga que tenía el chaval metida en una caja de cristal y que más de una vez, mientras estuvimos allí, se llevó algún canilazo de la Perla.

La Perla era un excelente perro de caza, al menos eso decía mi tío, ya que él no había vuelto a cazar desde que abandonó las Asturias, él la había comprado en un viaje a la campiña hacía unos tres años a un cazador local de zorro (yo asentía a todo, dudando de la capacidad del can, que nada tenia que ver con nuestros queridos sabues), el animal según decía era de raza Terrier un Jack Rusell Terrier, no había visto uno en mi vida, ni tenia noción de que existía tal raza y la primera vez que me lo dijo, hubo de explicarme que el tal Jack Rusell había sido el creador de ese tipo de perro y no el dueño de la misma, aún así nunca pude comprobar la capacidad venatoria de la perra, pero sí me dio otra lección.

Como yo ni sabia mucho ingles y por supuesto desconocía los alrededores de Hattfield, salía a pasear la perra en compañía de mi primo, el cual, además de no saber español, hacia poco por aprenderlo y menos por ser amable (la hospitalidad no es una virtud anglosajona), llevaba la perra al otro extremo de la correa, con un desprecio absoluto hacia el animal, que le correspondía con la misma moneda, la Perla obviaba toda orden que mi primo le daba, no se paraba cuando decía Stop, no cruzaba cuando decía Cross, se limitaban a tirar cada cual del extremo de correa que le correspondía, coincidiendo en el sentido de la marcha en muy pocas ocasiones, la ruta era siempre la misma, salimos de casa hacia un green que había delante, la perra meaba y luego inciábamos nuestro paseo entre las amplias avenidas, los pasos de cebra los cruzábamos arrastrando a la Perla que se quedaba parada en el bordillo, por fin llegábamos a un jardín extenso donde otros perros paseaban con sus dueños, unos gansos nadaban en un estanque y la gente, sin dirigirse la palabra, en silencio y procurando no rozarse, deambulaba como fantasmas con cara de mala uva, el propio césped daba asco de lo inmaculado que estaba, todo verde, pulcro y cortado con una exactitud que para sí quisiera el barbero de La Pola.

Uno de los días, cuando recorríamos el césped arrastrando a la Perla, a mi primo se le ocurrió soltarla cansado de tantos tirones que pegaba el animal, pues bien, nada más la soltó, la Perla miró para nosotros, puso pies en polvorosa y se fue derecha al estanque de los gansos, se armó tal revuelta y tan escandalizados estaban los animales que pronto empezó a formarse un corrillo en torno, mi primo le gritaba a la perra, yo hacia lo propio imitando como podía el "Come on", pero era inútil, como de costumbre se hacía la sorda sin dignarse a dirigirnos una mirada o a detenerse un momento para darle caza (ella casi estaba dándosela a los gansos, que aunque se revolvían contra la perra, cambiaban dentellada por picotazo, estando a la par los unos con la otra), poco tardaron en aparecer dos "Bobies", que se dirigieron derechitos a mí, porque en ese momento yo era el que sostenía la correa, yo me empecé a poner nervioso de veras y al buscar a mi primo, sólo pude ver su espalda a lo lejos, poniendo tierra por medio entre el jaleo y la fuerza pública, tan desesperado me vi que sin pensarlo solté con todas mi fuerzas la palabreja con que llamábamos a nuestros "Sabues".

—Tumaaaaaaaaaa —increíblemente la Perla se frenó en seco, buscó entre la gente y se vino derechita a mi para sentarse sobre los cuartos traseros a mi lado, esperando que le pusiera la correa, el resto del trayecto fue un paseo militar, cuando llegábamos a un semáforo yo le decía en correcto castellano «Quieta», y ella se paraba, luego «Cruza» y ella cruzaba, y todas, todas y cuantas ordenes le di en castellano, la perra obedecía ciegamente, y es que en esa casa éramos cuatro los que hablábamos español.

 

Y un Pointer.

Levantó la de perrillos y la metió en la mejilla como solía hacer, tiró para atrás de los dos martillos y con su rudo acento de la raya con Galicia mandó entrar al Nin —Is Nin… Is —. El Pointer, que había detenido su reloj biológico mostrando hacia la mata, rompió la postura y amagó hacia las escobas, Prrrrrrrrrr, una roja salió echando leches, Eladio apunto y la dejó ir, larga, larga, larga y cuando el animal confiado abría sus alas para marcharse de quebrada montaña abajo, soltó lo que tenía en el cañón derecho, y con la sana envidia que me producía ver lo bien que tiraba mi buen amigo, atisbé cómo el pájaro caía echo un trapo, pero el lance no había acabado, el Nin seguía mostrando en las escobas y una vez más dilatando todo lo posible la escena, volvió a decir Eladio —Is Nin... Is —y otras tres rojas salieron rompiendo el silendio con estruendoso vuelo, dos derechas por donde se había ido su compañera y otra doblando, monte arriba por encima de su cabeza, escogió a ésta y la tiró cuando venía de pico, esperándola para soltar el tiro al tiempo que daba un manotazo en el guardamonte, y así, casi en la perpendicular abatió también este difícil pájaro, entonces mandó cobrar la larga a su pointer, porque las que le caían cerca jamás se las mandaba cobrar a su perro —para eso estoy yo— decían aquellos dos metros de recio asturiano.

El Nin ha sido uno de los mejores pointer que he visto en toda mi vida, blanco y negro, desgarbado y feo como la madre que lo parió, parecía que iba a romperse en cualquier momento, tenia tanto hueso y tan poca piel que pagaba con sangrantes rascones cada salida al monte, en la casa era pendenciero, glotón desagradecido que se comía las raciones de los perros pastores y que encima "no lo lucía" como decían sus amos constantemente ante las advertencias de que elevaran su ración si no querían colocarle dos monedas bajo la lengua para que el barquero lo llevara al otro lado, ahora pienso que podía ser un problema de parásitos, o quizá los nervios que tenia el Nin fuesen lo que no le dejaba transformar una caloría en grasa de reserva, pero en el monte el Nin era el rey del viento, flotaba encima de los piornos, parecía que la nariz seguía los efluvios que emanaban sobre los campos de caza y que las patas se limitaran exclusivamente a seguir a aquel portento de olfato, cuando la emanación era tan poderosa que evidenciaba la proximidad de la pieza el Nin se bloqueaba, esperando como una talla de piedra a que su dueño diera la orden de romper, y cuando oía el tiro volvía a quedarse clavado aguantando a que Eladio mandara cobrar, eso... si no detectaba que había algo más, porque al Nin podías escondértele pero pasarle desapercibido jamás, cómo agradecía no ser perdiz cuando el pointer laceaba en los montes de Pesoz.

Por Difuntos, era tradición en casa hacer la visita de rigor al cementerio de Pesoz, donde reposaban los restos del padre de la abuela, solía hacerse coincidir el fin de semana para disfrutar de la hospitalidad de los parientes, la familia de Eladio eran parientes lejanos, y como él era de mi edad fomentábamos una amistad desde niños, vivía en una casa un poco alejada del pueblo, trabajando en el campo como había hecho toda su familia desde generaciones, era el menor de cinco hermanos, los cinco varones y los cinco cazadores hasta la médula, igual que había sido su padre, su abuelo y su bisabuelo, el hecho de ser el más joven hacía que hubiese heredado la escopeta del padre, que antes había pasado por las manos del resto de la familia y que había sido traída a la casa por el fundador de la misma, el Abuelo Tomás, hermano del padre de mi abuela, con lo que se puede imaginar la edad misma del arma, la escopeta era una Ardilla del 12, de perrillos al aire, parecía un hierro oxidado, y por eso hubiera pasado entre los aperos de labranza, el tiempo había mellado sus cañones de alambre y se apreciaban las chapuzas y remiendos que a lo largo de los años fueron modificando el arma a gusto del tirador, si a eso añadías las "reparaciones" caseras, una aguja distinta que la otra, un perrillo soldado, la culata, que se había roto, amañada con un trozo de latón claveteado (y que por cierto había sido recorta para el mayor de los hermanos, sin tener en cuenta que el heredero, Eladio, tenia unos brazos que más parecían de gorila que de humano), pero en manos de Eladio, y de todos los hermanos, el arma hacía mérito de una extraordinaria precisión, aliñada por la necesidad de ahorrar tiros, procurando errar los justos.

El Nin tenia tres años, gozaba de la vida con su amo que lo llevaba a todas partes y en todas la épocas del año, y desde cachorro, mientras hacían las labores del Campo, el Nin corría tras los pajarinos, y se hacía a las órdenes, a las extrañas órdenes que daba Eladio, que tenía una peculiar forma de dirigir a su perro; para enviarlo a la derecha la orden sonaba así «Kate arriba nin», si decía «abajo», quería decir izquierda, para romper la muestra y entrar a la pieza era «IS» y para cobrarla, «BOCALA»; el «IIET» significaba que iba a disparar y no quería que el perro le saliera tras la pieza, en las ocasiones que cazamos juntos, menos de las que me hubiera gustado, estaba más pendiente de la evoluciones del Nin, de ver lo bien que disparaba Eladio y del lenguaje que de la caza misma, y bajaba tan lleno de monte y de vida como si hubiera sido la cacería mas gloriosa de mi vida, no recuerdo ningún día aciago, sólo tengo en mi mente buenas sensaciones con mi gran amigo, y jamás faltó una perdiz o una arcea para alegrarnos la jornada.

Esa mañana en la que mi amigo hizo el doblete, estábamos cazando montaña arriba, disfrutando de un claro día de sol, frío pero seco, un día extraordinario, los lances se sucedían pero decidimos no dilatar mucho la jornada porque al día siguiente también había caza y como la intención era repetir y el trabajo de casa había que hacerlo, quedé en ayudar a Eladio en sus tareas con el ganado al atardecer para que pudiésemos cazar una jornada más, así que al atardecer ya teníamos amarrados en sus casetas a los perros y nos dedicamos a catar (ordeñar) las vaques y dar de comer al ganado; mi setter y el Nin protestaban atados a una cadena al lado de dos casetinas de perro que mi amigo había hecho a la entrada de la era, pegadas a la portilla, mi setter tenía la cadena algo larga y se asomaba constantemente a la portilla, lo que me preocupaba, pues aunque por la carretera (que estaba pegada a la casa) no pasaban muchos coches, el perro tenía la mala costumbre de no apartarse, esto, añadido a lo que extrañaba la perrera, motivaba que cada poco tiempo saliera del establo a echar un vistazo, al percatarse mi amigo arregló en santiamén la situación , intercambió los perros de sitio, con lo que el mío por mucho que tirase de la cadenina de marras quedaba a tres metros de la portilla, para el Nin la carretera era parte de la casa, así que ni se dignaba a mirarla y dormitaba, con medio cuerpo fuera de la caseta y las patas delanteras cruzadas, soñando con los lances del día que estaba por venir.

La cena no fue frugal, como debía hacerse la víspera de la cacería, como dormíamos en la casa de Eladio, la hospitalidad de las gentes del campo te obligaba a saciar tu apetito probando cada una de las viandas puestas (en considerable exceso) encima de la mesa, y demostrando el mismo apasionamiento por un plato de fabas como por la morcilla de matachana, el bacalao con tomate y por supuesto mi tan querido arroz con leche, con leche de la de verdad por supuesto, además estaban los frixuelos y las casadielles, después de meternos todo eso no podía uno echarse en la cama, así que nos dimos un paseo hasta la tasca del pueblo, donde aceptamos un envite de jugar al mus una botella de anís (del mono) y cuando eché el ultimo ordago, eran las tres de la mañana.

A las ocho nos levantamos como pudimos, espantamos un poco el sueño que se pegaba a los ojos y después de meter un buen tazón de leche fresca, con las armas y pertrechos fuimos derechos a por los perros, ya que el monte empezaba justo donde acababa la parte posterior de la era. Cuando llegué el Café salió alegre saltando, reclamando la libertad, y con ganas de salir al monte, el Nin, ni asomó un bigote de la caseta, Eladio lo llamó con la jerga de costumbre —EEEEIII NIIIN— pero el perro seguía metido en el fondo del cubil, muerto de miedo y enseñando los dientes a su amo, tiró éste de la cadena y el perro, a regañadientes abandonó su guarida, cuando lo sacó, ambos nos miramos perplejos, tanto que la cadena se el escapó de las manos a Eladio y el perro se volvió a meter dentro, hubo de tirar de nuevo, frotarse los ojos y ver... que las manchas negras de su Pointer se habían vuelto naranjas.

El perro agachado con el rabo en medio de la piernas, entre los dos cazadores, miraba acobardado, yo le di una vuelta, miré dentro de la caseta, volví a mirar sin encontrar explicación posible, Eladio estaba mudo, atónito, con la cadena sujetando el perro sin dar crédito a lo que veíamos, entonces reparé en una nota que había atada con un trozo de hilo en el collar, echamos mano de ella y leímos...

"Estimado Sr. como supuse que no me vendería a su perro, no me ha quedado más remedio que robárselo, ahí le dejo este a cambio".

* * *

Entré en la taberna del "Roxu" cuando las luces de la mañana empezaban a espantar los demonios de la noche, hacía frío pero el día, aunque nublado, no parecía amenazar lluvia, aunque en esta zona de la montaña gallega que hacía frontera con mi tierra y las Castillas, nunca se sabía como iba a transcurrir el día, pudiendo cazar en mangas de camisa a la mañana y bien envuelto en la pelliza a medio día, para bajar del monte calado hasta los huesos; al entrar en la taberna ésta bullía de cazadores, prestos a comenzar la jornada, el olor a café inundaba la estancia y la botella de "caña" no tenía un momento de respiro.

Había opulentos cazadores, con magras carnes embutidas en verdes atavíos, sombreros de buen fieltro y cananas llenas de balas, que al tiempo que apuraban la perrita, cortaban el taco mañanero con bonitas navajas de pulidos mangos, cazadores secos y enjutos, tomando café negro, con botas brillantes como espejos, cazadores con boinas negras caladas hasta las cejas y remiendos en sus viejas chaquetas de pana de los colores mas variados, por el tipo de vestimenta podías saber cuales eran los de mayor o de menor, y por el tipo de atuendo también imaginabas, si fueran perdiz, de cuales debías ponerte a buen recaudo antes de que sus canes ventearan tu peón.

Lolo el loco entró en la taberna y pasó como un fantasma entre los corrillos, nadie hubiera dicho que formaba parte de aquel mundo, su ropa, aunque vieja, podía pasar muy bien por la de un paisano más de aquel pueblo, su cabeza descubierta y aquel magazine deportivo, lo hubieran confundido con un muchacho más aficionado a tirar penaltis con la zurda que a pegar perdigonazos a las rojas, casi podía oler la pólvora que salía de las gargantas de los hombres que allí estaban muy afanados en narrar sus lances a buena voz, cada cual mas increíble y superado por el posterior.

Aún no había podido probar el humeante café, cuando mi anfitrión entró en la estancia, D. Jaime, adinerado maderero de la zona, saludó a todo el mundo, y fue correspondido, entró con su altiva figura de metro noventa de buen asturiano, rematada por el blanco cabello que lucia sin ningún atavío, me dio la impresión de que el silencio se hacía dueño de la taberna, los gritos se habían convertido en murmullos, y cada mano que estrechaba le correspondía con una reverencia, y es que D. Jaime se había hecho respetar, no por su dinero, bien sudado en las australes tierras del emigrado.

D. Jaime tenía la particularidad de ser, en aquella época, el único titular de un coto de caza que a la vez era el único propietario de todo el terreno, 2.300 hectáreas de dura montaña norteña, dos mil trescientas hectáreas donde las rojas daban mucho, mucho que sudar para poder ir tras ellas, dos veces al año procuraba aceptar la invitación de D. Jaime, que cultivaba una buena amistad con mi tío Manuel, y que me había tomado aprecio, entre otras cosas porque a mi me gustaba escuchar y a D. Jaime le encantaba contar, y puedo asegurar que tenía mucho que contar, aunque a veces, era tanto lo que contaba que uno se abandonaba a otros pensamientos, oyendo más que escuchando.

Después del abrazo de rigor y después de pagar todo lo que había en la barra, a viva voz dio un nombre y del fondo de la cantina, de una de las mesas pegadas a la puerta, tres hombres se levantaron al unísono, yo ya había reparado en ellos, cuando entré debatían las virtudes de sus canes con otros que arrimados a la barra balbuceaban incomprensiblemente sobre sus portentosos sabues, y eran las ocho de la mañana.

Los tres hombres venían muy recomendados por un pariente del maderero que pagaba los favores con las tierras de su primo, y que sin ser cazador sacaba más renta al monte que los que se dejaban la piel en ello, fuimos presentados y convinimos salir hacia el coto, que no estaba muy lejos, así que en media hora, ellos quedaban en una ladera y nosotros seguíamos hacia la otra.

Los brezos crujían al roce de las patas del setter, el aire venia frío y el cielo encapotado se debatía entre abrir sus fuentes o mantener la incertidumbre para la jornada. Los dos cazadores daban la mano procurando no adelantarse, el setter rojo del "Loco" laceaba a diestra y siniestra, a tiro de escopeta, reteniéndolo cuando se podía, porque el can, viéndose libre de seves y cotollas, terreno al que estaba acostumbrado cuando iba tras las arcees, intentaba una y otra vez poner la "larga", dar de un tirón toda la ladera, el bretón que llevaba el otro, más corto, hacía lo que podía, poniendo más énfasis en levantar las liebres, que salían fuera de tiro, que en poner las rojas que le salían delante.

Apareció por la derecha, flotando sobre los brezos, primero fue un puntito en la cumbre, y luego, comiéndose el monte ladera abajo. Se quedó parado de repente, frente a los cazadores, era un pointer blanco y negro, su musculatura bien definida y sus huesos queriendo salirse del tórax, el Loco lo vio venir flotando tras la emanación, y aunque primero no le dio mucha importancia, al ver cómo el perro se ponía a cazar delante de él, y a cazar para él, clavó sus ojos en el can, que literalmente volaba y por un momento pensó en que la levitación no era una cosa de magia destinada a los fakires hindús, pensando en que quizá el perro fuera la reencarnación de un seguidor de Kali.

El pointer daba monte por la derecha, moviendo la cola a tal velocidad, que parecía el rotor trasero de un helicóptero, de pronto se alzó, cogió vientos, cambió el ritmo y se dejó arrastrar por el efluvio que traía el aire, casi masticándolo, llegó hasta unos piornos y allí delante del "Loco" se transformó en piedra.

Me aproximé a la muestra que me hacía, olvidándome de mi setter, que ignorante de lo que ocurría cien metros más arriba, ponía el rastro de un bando de rojas, mis sentidos habían sucumbido seducidos por la magistral faena que me brindaba el "Dios del Viento", me aproximé despacio, procurando que el mimo no rompiera su fanática firmeza, quité el seguro de la Aya y cuando levantaba el pie derecho, para ganar otro paso a los diez metros que me separaban de la gloria, arrancó una roja, silbando y charreteando, voló, voló y voló, se detuvo el tiempo, y sólo arrancó el reloj cuando abrió sus alas para perderse en la seguridad de la distancia, entonces, le solté todo lo que tenia dentro de mi cañón izquierdo de una estrella, y la perdiz, la santa perdiz que me había salido en empírea mañana, cayó echa un trapo a los pies de D. Jaime.

Fue mi setter el que corrió a por la pieza, pero fue el bretón, que estaba más cerca, el que la cobró, aún salía humo del cañón "largo" cuando me fijé en el pointer, que sin haber movido un viento seguía marcando hacia los piornos, entonces mi mente recordó la escena, ya vivida antaño y como si fuese mi conciencia, mi negra conciencia la que hablase, sin saber cómo dije —Is, Is— y el pointer entró rompiendo la muestra, para que ante mis asombrados ojos, dos perdices más arrancasen su vuelo, pero tan absorto me pillaron que se me fue el tiro antes de meterlas en banda, D. Jaime, mas atento que yo, bajó una, larga ya, quebrando ladera arriba.

Entonces miré al Pointer fijamente, y con menos convencimiento que antes, tartamudeando y en bajo, dije —Booocala Nin, Bocala— y el perro, tan rápido como mis perdigones, salió en pos de la pieza abatida por el cazador, y aunque fue mi setter el que dio con ella, ya que estaba más próximo, me di cuenta de que ante mí tenia al único pointer que me había gustado desde siempre, El Nin de Eladio.


Eladio —el de la percha— con Nin 1º y Nin 2º.

 

Cazamos en su compañía y la de nuestros canes el resto de la mañana y a las voces de Kate arriba y Kate abajo el Nin voló por las laderas del coto, a la hora del taco encontramos a nuestros preocupados "compañeros", que andaban tras la pista de "su" pointer, fue una suerte traer vacías las cananas, y fue una suerte que no estuviera Eladio cazando con nosotros ese día, su salida ignominiosa de estas tierras sólo fue el preludio de su descrédito como cazadores y personas ante mucha más gente de la que hubieran deseado, del resto poco más hay que contar, Eladio volvió a tener al Nin, que acabó siendo perro de D. Jaime, porque su antiguo dueño ya tenia otro Nin, el que le habían endosado y que a fuerza de mano, blanda, y buen hacer, sino era igual, era parecido.

Y es que como el Jack Rusell Terrier, el pointer hablaba otra lengua.

 

Loloco (Ya está dedicada)