Relatos

 

Patagonia Argentina, Confluencia del Traful, provincia del Neuquén, lugar paradisíaco por excelencia, con paisajes escénicos de los más diversos colores, rodeados de montañas nevadas con agresivos picachos, indicando que la tarea no será fácil.

La Brama del 2015 estaba tocando sus sones de despedida a mediados de abril, los días mucho más cortos y más fríos.

El Bosque en llamas, como lo marco siempre en esta época del año, con sus diversos tonos de rojos, ocres y amarillos simulando diversos fuegos en las laderas de los cerros produce sensaciones indescriptibles en nuestras retinas.

Hacía rato habíamos desayunado, y con las primeras luces del alba y a paso lento, nos íbamos acercando a los mallines, lugares predilectos de los Colorados, especialmente en época de brama. La idea era escuchar la brama desde cerca. Si esto no se daba, tendríamos que cazar gemeliando, a prismático puro al decir de un baquiano chileno amigo.

Al frente iba mi amigo y excelente cazador, Gonzalo Vecchio, seguido de Justina, su hija, la inspiradora y protagonista principal de estas notas.

Ya a las nueve de la mañana nos detenemos en medio de unos arbustos, los que nos ocultaban para trabajar con los prismáticos, y podíamos ver a lo lejos, en un pajonal, un grupo de hembras, en el centro un macho echado de espaldas a nosotros, algún bramido corto, más un rezongo que un bramido, casi imperceptible. Nos separaban unos ochocientos metros, el viento lo teníamos bien franco en la cara, y grupos de pequeños bosques de lengas y ñires, a nuestro frente nos podrían ocultar de la aguda vista de las hembras, que son las atentas vigilantes en esa comunidad matriarcal las encargadas de cuidar al macho reproductor, de esta manera la Sabia Naturaleza se encarga de que los machos cumplan su cometido sin necesidad de que estén en alerta permanente de sus depredadores.

Iniciamos el rececho en medio de una suave garúa, tratando de evitar por todos los medios no ser detectados por las hembras, y con mucha cautela, previendo que puede haber varias más que nosotros no habíamos visto.

La cuota de adrenalina aumenta a medida que avanzábamos, el rececho se torna sumamente emocionante, en dos oportunidades debimos quedarnos congelados cuando una de las hembras dejó de comer y miró hacia donde estábamos nosotros. Los sentidos en su máxima tensión, era necesario caminar con toda la precaución del mundo, evitando los ruidos con la hojarasca o los pequeños ñires.

Avanzábamos, nos deteníamos, chequeábamos todo alrededor nuestro y continuábamos muy lentamente, el momento era eterno, uno sueña todo el año con la brama, de disfrutar cada instante, que nunca termine, pero cuando vemos el ciervo bramando, todo cambia, nos ponemos eufóricos y es justamente en esos momentos donde hay que poner freno a nuestras emociones…

Un poco más y ya estábamos a unos ciento setenta metros, las hembras si bien no podían tomar nuestro viento, ni podían vernos, algo habían escuchado, dejaron de comer, miraban para todos lados con signos de preocupación, percibían nuestra presencia, pero ya era tarde, el gran macho se paró y dejó ver su enorme cornamenta que ahora la valorábamos en su totalidad, mostrando que era mejor de lo chequeado en un principio con los prismáticos.

El macho empezó a girar la cabeza, Justina iba afirmando su rifle en el shooting, varias ramas por delante de su visión planteaban un tiro un poco sucio, pero confiando en el calibre .308W, apretó suave el disparador con las precisas indicaciones de su papá… «al codillo, Justina»…». El tiro quedó algo trasero, probablemente por la intervención de alguna rama en su trayectoria, pero como los expertos, recargó de nuevo y repitió el disparo con una velocidad increíble para una niña, y esta vez tocó la espina del gran macho, que cayó sobre sus patas, en el lugar.

Un soberbio 18 puntas de cuernas gruesas, negras de un magnífico perlado, cabeza negra, y una vez más, de la mano de su padre, Justina obtiene un hermoso trofeo de caza.

Luego de bajar las tensiones, de hacer las incontables fotos de rigor que inmortalizaran todo el lance y los momentos vividos, nos preparamos para iniciar a despostar el ciervo, para luego trasladarlo a la estancia.

Una hermosa cacería de montaña, un hermoso trofeo y una nueva experiencia cinegética de Justina.

Justina es una señorita que comenzó de pequeña con un gran entrenamiento teórico por parte de su padre, primero en un ordenador y viendo vídeos, además de compartir cacerías como observadora, sintiendo de muy pequeña una gran satisfacción por la vida al aire libre, llena de aventuras y curiosidades, demostrando cualidades innatas y gran potencial, siempre de la mano de Gonzalo, su padre, todo un experto cazador.

Cuando cumplió ocho años hizo sus primeros disparos con un Ruger 223 R., con agrupaciones muy muy buenas y a unos pocos meses más, disparó su primer antílope cobrando su primer trofeo.

Luego cazó guanacos y jabalíes a los que con su gran visión hacía disparos quirúrgicos, cazó ciervos dama, axis y rojos, todos en sus respectivas bramas, recorriendo estepas, valles y montañas en largas caminatas que por lo general demandaron grandes esfuerzos, los que enfrentaba con gran decisión y entusiasmo.

Luego llegó el tiempo de compartir cacerías de corzo en Italia y dos safaris africanos, cobrando varios y soberbios trofeos con lances inmortales y apasionantes.

Realizó la mística brama en la cordillera de los Andes, tal cual el relato con que inicié la presente nota, demostrando sus dotes de tiradora.

También cazó en el norte de México, recechó muflones y cabras.

Al tiempo de escribir el presente artículo, Justina está viajando a los Alpes para compartir una cacería de rebecos y varios proyectos de caza pendientes a realizar.

Los calibres que usa Justina con gran soltura son el 223 R, 243 W, 270 W y 308 W, muy fina tiradora, muy fría al momento de cazar, siempre enfocada en los puntos vitales del animal.

Gonzalo y Justina, una dupla excepcional.