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Opinión

Eco-urbanitas

No me gusta la caza. Bien lo sabe mi padre que sufrió el activismo infantil y juvenil contra su gran afición en su propia casa. Pero reconozco una incontestable razón de parte de los cazadores. Su amor por el campo, su conocimiento del medio y su contribución a su cuidado. En eso dan cien vueltas a todos estos eco-urbanitas que, como la ministra de Medio Ambiente, se han puesto a prohibir el campo a los propios campesinos.

04/03/2008 | ABC | EDURNE URIARTE

Los cazadores son gentes de campo, incluso los que nacieron por equivocación en la ciudad. Y la invasión de los eco-urbanitas y sus prohibiciones les produce la misma perplejidad que a todos los que pertenecemos a la España rural. Nos quieren encerrar la naturaleza en urnas de cristal, en inmensos jardines zoológicos donde quien sobra es el propio campesino. El hombre es convertido en el invasor de su tierra. En depredador, en extraño, en enemigo.
Gentes que sufren de ansiedad ante una araña, que se remueven incómodas en la oscuridad del bosque, que hacen ecología para visitas rurales de fin de semana, quieren separar al campo de las personas. Cuando me adentro en lo que considero el más bello paraje de mi tierra, la proclamada Reserva del Urdaibai, siento la tristeza de la naturaleza fría, solitaria, aislada. Y muerta, muerta para los humanos. Árboles y animales crecen enfrentados al hombre. Han restringido la especie humana. Su impronta quedó paralizada en el pasado. El bellísimo jardín zoológico se ha convertido en un museo y produce los mismos escalofríos que los paisajes urbanos donde hubieran prohibido a los humanos. Los cazadores y los campesinos quieren recuperar el museo para la vida. La de los humanos.

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