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Con el Viento de Cara

Alberto Miñambres

¿Por qué cazamos? Un relato de supervivencia

La caza tiene un sentido trascendente, vital, es parte de la antropología humana, probablemente sin ella el ser humano no sería la especie dominante en la tierra.

01 oct. 2019 - 2.932 lecturas - No hay comentarios

De la necesidad de colaboración para la caza provienen las primeras agrupaciones sociales de la humanidad, el nacimiento del lenguaje y el desarrollo del pensamiento estratégico, que se define como el pensamiento aplicado por un individuo en un contexto determinado para alcanzar el éxito.

En un frío amanecer de la vieja Europa en torno al año 12.000 antes de nuestra era, Dar Khu Gu «el que caza los toros» otea el valle desde una posición elevada, en busca de caballos salvajes, uros, o bisontes.

Es el jefe de un pequeño clan de seis hombres, nueve mujeres y cinco niños, acaban de llegar al valle a pasar el invierno en una cueva que su clan conoce desde el tiempo de los padres de sus padres.

Por la posición del sol, el equinoccio de otoño avisa de la llegada del invierno, las primeras nieves cubren las montañas, es el tiempo en el que las grandes manadas bajan de las montañas para pasar el invierno.

El clan ha pasado el verano en las tierras altas de las montañas, donde han recolectado frutos silvestres, hierbas, raíces, miel y han pescado truchas en los arroyos de montaña, donde su pesca es más fácil por la menor profundidad de los cauces.

Dar Khu Gu, está inquieto, sabe que tiene que cazar presas grandes antes de que llegue el invierno, si no el «mal» (anemia megaloblástica) se llevará a los niños antes de que llegue la próxima primavera. Es necesario almacenar carne ahumada para el invierno en las profundidades de la cueva.

Desde su atalaya, al amanecer, puede divisar varios grupos de animales que salen a campo abierto para pastar y abrevarse, de hecho los lleva avistando varios días, pero no se decide a iniciar la caza. ¿Por qué?… porque busca el momento propicio, fallar supone la pérdida de miembros de su mermado clan durante el invierno y la inviabilidad de su existencia.

El valle, hacia poniente, como consecuencia de la erosión producida por la cuenca del río, se hace mas angosto, queda bordeado por acantilados y brandes bloques graníticos formando un escenario propicio para el acecho de grandes presas.

En la entrada de la cueva, con el fuego de la noche todavía en ascuas, hay un montón de lanzas cortas de madera, las mujeres se afanan en calentar las puntas al fuego para hacerlas más duras y consistentes, mientras los hombres preparan en un mortero una mezcla que contiene veneno extraído del acónito (Aconitum Napellus).

Hacía el medio día, el jefe observa cinco grandes animales que salen al valle a abrevarse, son uros (Bos primigenius, el antepasado de nuestros toros actuales). Durante un breve tiempo los animales beben en una poza del arroyo, después se internan entre las hierbas y se tumban al sesteo.

Es la ocasión esperada, inmediatamente sale a buscar al resto de hombres del clan para iniciar la caza, apresuradamente, los hombres cargan cinco lanzas cada uno.

El jefe sabe qué estrategia seguir, tienen que separar a uno o dos animales e intentar dirigirlos hacia la zona más abrupta del valle donde poderlos emboscar de manera más cercana.

La distancia óptima para lanzar las lanzas ha de ser como máximo de veinte pies, por eso detrás de las piedras es más fácil lanzar a tenazón.

El uro es un animal muy peligroso, atacando a todo cuanto no mantenga una distancia de seguridad prudencial. Dhar Khu Gu sabe que en campo abierto es peligroso darles caza, es mejor zonas con piedras, riscos y arboles desde los que tirar la lanzas y protegerse.

El jefe dibuja el plano de la cacería en la arena, él y dos hombres parten hacia poniente, hacia la zona abrupta del valle, los otros tres intentarán levantar a los animales y molestarlos lo suficiente para que se levanten e inicien la marcha, pero manteniendo siempre una distancia de seguridad.

Para ahuyentarlos entrechocan piedras y palos, van cortando la querencia de los bóvidos y dirigiéndolos hacia la zona donde ya aguardan el jefe y los otros dos cazadores. Los animales se levantan e inician la marcha, no muy apresurada, pues no se sienten demasiado acosados, pero prefieren evitar el contacto con los humanos.

Cerrando el grupo de animales avanza un gran macho que de vez en cuando se para desafiante, para luego retomar la marcha junto al resto de la manada.

Los tres cazadores adelantados que esperan ya ven muy cerca a los animales, pueden oír sus pisadas en la hierba seca, han seleccionado un animal, el gran macho, el último del grupo, que sin duda proporcionará carne para una buena temporada.

Dhar Khu Gu se coloca detrás de una gran piedra, de espaldas a ella, por donde sabe el paso seguro de los animales, ya escucha su respiración, no han detectado su olor, el aire le favorece, empiezan a pasar los animales y los va dejando pasar hasta que a unos 15 metros a su izquierda hace acto de presencia el gran macho.

En ese instante lanza la primera de sus lanzas que impacta en el vientre del animal, es importante buscar las partes blandas pues de otra forma sería imposible penetrar mortalmente al animal.

Al sentir el impacto el animal emprende una acelerada carrera, unos pasos más adelante recibe otras dos lanzas, también en sus partes blandas, de los otros dos cazadores apostados.

Los cazadores no le persiguen inmediatamente, esperan a que los batidores lleguen donde están ellos, quieren dejar pasar tiempo para que el animal baje el ritmo de huida por la acción del acónito impregnado en las puntas de sus lanzas y por las heridas producidas.

Con el sol poniéndose por el horizonte, y a una distancia de cien lanzas, el grupo encuentra el animal abatido. Está muerto, hay que darse prisa en descuartizarlo y trocearlo, pues cuando caiga la noche aparecerán las hienas y los osos. Las noches en los albores de la humanidad, no son precisamente el lugar más seguro para una criatura bípeda y mermada de facultades en la oscuridad.

El clan ya tiene comida para los próximos meses, carne abundante, que junto a las truchas capturadas en verano y que ya han sido ahumadas, será suficiente para que los retoños del clan vean las flores de Silene de la próxima primavera.

Epílogo: Hubo un tiempo en el que el futuro se reducía al presente más inmediato, donde dar muerte a un animal no era objeto de debate moral, sino de primera necesidad, la caza lo impregnaba todo, el arte rupestre y el tránsito hacia el más allá, donde a los muertos se les enterraba con sus armas de caza para que esta le fuera propicia en la otra vida.

Dejar de cazar, como algunos pretenden hoy en día, no es evolución, sino involución, es la vuelta al primate arbóreo. La caza no es solo la muerte del animal, va más allá, es la provisión de la vitamina B12 que ayuda a mantener sanas las neuronas y los glóbulos rojos, contribuye a la elaboración del ADN, el material genético presente en todas las células. También previene un tipo de anemia, denominada anemia megaloblástica, que provoca cansancio y debilidad en las personas y la muerte en condiciones extremas.

 

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Alberto Miñambres
Alberto Miñambres: «Mis dos grandes pasiones son los galgos y las esperas al jabalí, soy cazador por condición y galguero por pasión».

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