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El Luchadero

Juan Antonio Sarasketa

Un ave con GPS

En breve entrarán las becadas y lo harán de una en una, después de un largo viaje de más de 1.000 kilómetros. Llegarán primero las hembras jóvenes y luego los machos. Animales que lógicamente no han hecho el viaje migrador y en consecuencia se supone que no conocen la ruta.

30 sep. 2019 - 3.675 lecturas - No hay comentarios

Sin embargo se ubicarán a su llegada en el mismo biotopo de la península donde se situaron sus padres la temporada pasada. Algo inédito, imposible de entenderlo. ¿Cómo es posible si viajan solos, de noche, sin referencia orográfica alguna, a 55 km/h y a poca altura? Es el gran misterio de este errático pájaro que tanta atracción suscita entre los cazadores llamados sorderos o becaderos. Cazadores de a pie, con perro, solitarios, sufridos donde los haya y amantes del más depurado arte cinegético.

Lo errático de esta especie y el poco conocimiento de sus costumbres obliga al cazador a un estudio exhaustivo de su hábitat y desplazamientos, en función de fechas, grado del frío y vientos. Durante el día, la becada se esconde en la vegetación a ras del suelo y sólo el olfato de un perro adiestrado para tal efecto logra encontrarla.

La vida seminocturna de la becada ha contribuido bastante a difundir la idea de que ve poco durante las horas del día. Vivir en el suelo del bosque presenta serios inconvenientes, derivados sobre todo de la vigilante presencia de un buen número de expertos depredadores —que van desde la marta y el gato montés al azor y el gavilán— para quienes saltar desde una rama baja sobre la espalda de un ave de regular tamaño sería cosa sumamente fácil y apetecible.

La becada ha tratado de salir al paso de esta vulnerabilidad ecológica, mediante un camuflaje perfectísimo y un sistema de visión muy especializado. Sus ojos, situados en el alto del cráneo, resultan vigilantes para cualquier observador y su transparencia, sus grandes dimensiones y pureza, traducen su agudeza óptica. Son sus ojos dos maravillosas perlas de núcleo negrísimo, engarzadas majestuosamente en sus amplias cavidades orbitales.

Pienso que nadie llega a ser un cazador completo si no le gusta en ocasiones cazar sólo o, como toda compañía, la de un buen perro sordero. Sentirse dueño y señor por un día de interminables laderas o inmensos bosques y de la fauna que cobijan: instituirse en único responsable del éxito o fracaso de la jornada; echar mano a la bota cuando el cuerpo pide un respiro; fumar un cigarrillo sentado en un tronco, mirando sin ver; oxigenar y limpiar el cerebro de la contaminación mental acumulada en anteriores quehaceres ciudadanos… Eso es un placer. Son de los pocos momentos de la vida en que uno puede considerarse libre y soberano.