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El Luchadero

Juan Antonio Sarasketa

Renace la esperanza

Como lo veníamos adelantando, todo apunta a que después de la desveda los cazadores van a disfrutar de una buena temporada codornicera. Hacía falta como agua en mayo.

19 ago. 2019 - 2.028 lecturas - No hay comentarios

Y es que la Naturaleza, siempre sabia, vuelve a poner las cosas en su sitio para unos cazadores que han soportado estoicamente, con su esfuerzo y dinero, unas temporadas para olvidar. ¿Dónde están esos tontos del ciruelo que van diciendo que hay que prohibir su caza porque están en regresión? Los que sí están en regresión son unos campos deshumanizados por el hombre en su alocado afán de progreso.

La incubación dura de 20 a 25 días y a ella se dedica exclusivamente la hembra. Los huevos, en número variable de 5 a 15, son de color marrón con manchas oscuras. Los polluelos recién nacidos siguen a la madre y se alimentan por sí solos. A los quince días levantan el vuelo y al mes vuelan ya como los adultos.

Recientes estudios sobre la codorniz dan una proporción de sexos durante la época de cría de cuatro machos por cada hembra. De aquí que antiguamente la codorniz fuera conocida por su fuerte carga erótica; baste decir que los chinos atribuyen a los huevos un gran poder afrodisíaco.

Su actividad la desarrollan normalmente de noche, a diferencia de las perdices, que lo hacen de día. Para cuidar su plumaje y defenderse de las inclemencias del tiempo toman baños de tierra en los revolcaderos, ayudándose a mimetizarse con la impregnación.

La codorniz es un pájaro capaz de nutrirse con cualquier alimento, bebe poco y tiene bastante con el rocío que se deposita en los campos durante la noche. No serán pocas las privaciones y calamidades que tendrán que soportar antes de emprender el viaje de vuelta y poder resistir el paso del estrecho. Herbicidas tóxicos mataran a muchas de ellas, plaguicidas que acaban con la comida de los polluelos, insectívoros en su primera andadura, segadoras de alfalfa que pasan la cuchilla prácticamente a ras de tierra, cosechadoras que pelan los campos y no dejan un solo grano, inmensas piezas de labor sin ningún tipo de ribazo donde poder nidificar y cobijarse.

Por si fuera poco, la paja de cereal que antes se abandonaba en el campo y les servía de defensa, ahora se enfarda rápidamente. Algún día llegará en que los cazadores digan basta y los municipios que arriendan el derecho a cazar se encuentren en la disyuntiva de valorar el aporte económico que altruistamente ingresan los cazadores o seguir estrujando la tierra en perjuicio de las especies y sus arrendatarios.