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El Cazador Conservador

José Luis Charro Caballero

La caza, su arte y su folclore

Los animales silvestres y su cinegética han tenido siempre presencia en el arte; y también en su hermano menor, a veces bastardo, el folclore; que ha dado muchas artesanías y canciones de carácter popular.

28 jun. 2020 - 447 lecturas - No hay comentarios

La sublimación de la naturaleza lleva a la creación de seres mitológicos, desde los duendes más grotescos a las diosas más bellas, que el Arte enaltece y que la sabiduría popular rebaja hasta hacer más familiar estas entelequias.

En la cultura griega Artemisa era una deidad, posiblemente venerada desde antiguo, diosa de la caza, de los animales silvestres y de los terrenos vírgenes. Y pasó a llamarse Diana en la mitología romana, se la relacionaba con los animales y las tierras salvajes. Artemisa/Diana, griega/romana sería eternamente joven y activa, viviendo en un mundo de hombres y practicando la caza a la vez que la protegía. Esta diosa ha sido motivo de inspiración permanente, hasta el mismo Cupido le robó flechas a ella para sus cacerías casamenteras.

Han llegado a nuestros días numerosos mosaicos romanos que representan especies de animales de caza, para la caza menor el modelo ha sido reiteradamente la perdiz roja y para la caza mayor el ciervo, así como también representación de las cacerías y de los caballos usados en las mismas por el «dominus venator». Todo un arte de representación de los caracteres de este animal que nada tiene que ver con los tapices de terciopelo falso y su venado, que en su versión hortera ensalzan la majestuosidad del ciervo, si bien la simbología es la misma.


Tapiz. Durante una época en España era un adorno típico en los hogares. Representaba el idilio en el bosque del máximo representante de la caza mayor. Una añoranza. Una escasez. En un momento en que los pocos testimonios sobre la caza mayor llegaban de lugares lejanos.

Ciervos. Una imagen real, similar a la representada en el tapiz del macho protector.

Los amantes de la naturaleza no podemos pasarnos de críticos con la plasmación del amor popular al mundo silvestre. No todo lo que expone la National Galery relativo a ese mundo es tan sensible como el citado ciervo del tapiz; o la perdiz disecada años ha, que veíamos encima de una televisión, altar moderno, en más de un bar.

La caza ha sido cosa de reyes, deporte real, y han sido frecuentes las representaciones de escenas de caza para la alta aristocracia, algunas excelsas como arte, pero imposibles en su aspecto cinegético, por poner un ejemplo el cuadro de Goya «La caza de la Codorniz 1775» que adornó el comedor de los príncipes de Asturias (Carlos IV y María Luisa de Parma) en el Escorial. La pobre codorniz vuela a tanta altura como lo haría una paloma, huyendo de casi toda la corte, eso sí pintada con dos rasgos por el genio donde se ve que es una codorniz volando.

Eran frecuentes los retratos en los que el monarca sostenía un arma y le acompañaba un perro de caza. Como por ejemplo el cuadro del Rey Felipe IV de Velázquez. Del mismo autor son Retrato del Príncipe Baltasar Carlos y Retrato del Cardenal Infante Fernando de Austria con un mastín leonés, perro que aparece también en «Las Meninas»

En los Bodegones en los que se representan alimentos, aparecen con frecuencia piezas de caza menor. Esas pinturas expresan el deseo, la caza como manjar, como adorno, como distinción.

En otra bella arte, la arquitectura, los pabellones reales de caza son palacios que hoy admiramos. Pero no es nada desdeñable la intimidad de la cabaña de caza, siempre con los cuernos como adorno, ornamento que empezó cuando los príncipes eslavos regalaban fincas a sus queridas, casadas con maridos consentidores que colgaban sus trofeos de venado en las estancias conseguidas del favor real, y de ahí el comentario burlesco de que «a éste le han puesto los cuernos».

En poesía o literatura, es suficiente con citar a Delibes para reconocer la fuente de inspiración que es la caza.

El cine, «el séptimo arte», también se ha inspirado a veces en la actividad cinegética, podemos poner un ejemplo español e inquietante la película «La caza» dirigida por Saura, que contempla como puede pervertirse este deporte. También, en otro extremo, «La escopeta nacional» dirigida por Berlanga, comedía humor ácido cuyo escenario es una cacería de perdices en ojeo.

La venatoria ha inspirado la música clásica, las trompas y trompetas derivan del cuerno de caza. El mismo Beettoven titula su sonata número 18 «La caza», Wagner en «El holandés errante» asigna al tenor el personaje de Erik el cazador…. Y así más y más.

Pero es en la música y en baile populares donde la caza está presente desde siempre, y brilla su folclore. Son innumerables las danzas primitivas que representan el acto de cacerías de animales; pero pongamos un ejemplo ya nada primitivo, el jaleo flamenco, que así se llama al conjunto de exclamaciones con que se anima al bailaor, procede de los gritos del ojeo en la caza.

Y los «Fandangos de Cacería» son una muestra, de la temática de la caza del flamenco popular.

Estos fandangos nos describen la caza en España, como la conocíamos hace unos años, el inicio de unos cuantos de ellos nos dan una descripción.

Así los hay dedicados al perro de caza:

Sobre un perro nuevo.

«Aguántala un poco más – a esta perrita tan nueva – acuérdate de su madre – que tarde empezó a cazar – y no tiene quien la iguale».

Sobre la sed del perro.

«Mi perro bebe en mi mano – si vamos de cacería – y espera que se la dé – de la cantimplora mía».

O la desgracia de romperse un galgo una pata:

«Se le ha escapaito la liebre – a mi perrito de caza – al saltar sobre una mata— tuvo desgracia mi galgo— y en un hoyo metió la pata».

Otros fandangos cantan el furtivismo del oprimido, en este que sigue aparece cantado la pérdida de su perro con tristeza:

«A mi perro lo mataron – yendo yo de cacería – por las cosas de la vida – lo mató un guarda jurado — ¡Que sentencia me tenía!»

O este otro, donde el protagonista empieza una carrera, que acabará cantando por carceleras.

«Yo cazaba a lo furtivo — debajo de unos lanchares – salieron los guardias rurales – y me llevaron cautivo – así empecé yo mis pesares».

Los hay que cantan la conservación, nos hablan del control voluntario:

«A esa liebre no tirarle – cazadores de la sierra – que está buscando en la tierra – madriguera pa ser madre».

Y prefieren la contemplación de la belleza de la pieza libre:

«La reina de mi cortijo – una pájara perdiz – yo no le pongo reclamo – porque quiero verla ahí».


Perdiz roja. Siempre del alta consideración , en el fandango, la reina del cortijo.

Y hay coplas que defienden el fair play del cazador, despreciando al que no lo practica:

«Aquel que dispara un tiro – contra una liebre encamada — es que su sangre está mala – o es que madre no ha tenido – y no es casao ni es nada».

Y otros describen la estética de la tradición de la caza con galgo y caballo:

«De mi padre yo aprendí – a ver la liebre en la cama – a darle trabilla larga – a ver la liebre salir – y correrla con mi jaca».

Y hay fandangos que ironizan sobre algunas normas administrativas:

«En los despachos se inventan – las leyes de cacería – ignora su señoría – que esas leyes ya están hechas – entre solanas y umbrías».

Y la ilusión que ponía el cazador humilde al estrenar su escopeta, casi siempre de segunda mano:

«Tanto poner confianza – en mi escopeta lujosa – y en la primera ocasión – me falló porque era falsa».


Escopeta de un solo cañón y un cartucho con vaina de cartón «trust galgo verde».

Imposible desarrollar todo este mundo, este universo. Habría tema para varias tesis, pero nunca está de más volver a recordar que la caza es cultura, cultura troncal y mundial de la que surgió la civilización humana, que ya en sus orígenes veía que los animales eran un bien escaso y difícil de conseguir, que hay que conservar. Por ello creó seres mitológicos aquí y allá, para recibir su ayuda.

Ejemplo de Europa, en Finlandia Tapio era el señor de los bosques, el tocón de un enebro era su altar, ante el cual los cazadores se postraban para pedir permiso antes de salir a cazar. El oso era un animal sagrado creado por Mielikki, señora de los bosques; por eso, cuando se cazaba alguno, se realizaba una ceremonia para devolverlo al bosque, la cabeza era expuesta al sol y los huesos se enterraban bajo un árbol para protegerlos de los predadores. Algunas partes, como uñas y dientes, serían usadas como amuletos protectores. A esta diosa la describen los cazadores cuando han tenido suerte, cómo hermosa, benigna, y ricamente enjoyada; en caso contrario, aparece con un aspecto desagradable y vestida con harapos, comprendiendo lo triste que es volver bolo de una jornada cinégetica.

Y ejemplo de América: El Coquena, también conocido como Yastay , es un ser mitológico benigno quechua y calchaquí que habita en el Noroeste de Argentina y Chile. Es el protector de los animales silvestres de los cerros, cuida de las vicuñas y de los guanacos, también castiga a los cazadores furtivos y premia a los buenos cazadores y pastores permitiéndoles cazar guanacos machos que se han apartado de la manada, si lo necesitan.


Guanaco solitario.

Generalmente se lo representa como un ser de baja estatura que viste gorro con orejeras, poncho, sandalias y collar de víboras. Algunos refieren que tiene tez blanca, otros, que tiene cara de colla. También se le atribuyen dos manos, una de plomo para castigar y una de lana para acariciar.

Como protector de las vicuñas a él se le debe pedir permiso y dejar ofrendas antes de cazarlas.


Vicuñas. A 5.000 m.s.n.m, camélidos que habitan en las montañas sudamericanas.

En las comunidades indígenas diaguitas de la región de Atacama en Chile, el Yastay es considerado el rey de los guanacos, es el que gobierna sobre los relinchos, macho alfa de una manada de guanacos, también es el soberano de las vicuñas y otros animales que habitan en la cordillera de los Andes. Es un ser protector de la naturaleza.

Y así encontraremos diosecillos por todo nuestro pequeño mundo, para ayuda del hombre cazador que quiere conservar la caza, y cazar para que esta no desaparezca.

 

El presente texto pertenece a la obra de José Luis Charro Caballero: Reflexiones sobre La Caza. Beneficio medioambiental que reporta. Su ejercicio, su cultura y su arte.

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