Berrea en las cumbres

Un año más, en lo que se ha convertido casi en un ritual, nos ponemos rumbo al norte. Como decía un forero amigo, «hablando de caza, si es León y es montaña… es la leche».

CdC

11/10/2018 | 3176 lecturas

Desde hace ya algún tiempo, mi amigo Miguel y yo procuramos quedarnos algún precinto de los subastados en los pueblos de la Red de Reservas Regionales de Castilla y León. Valle de Anciles, comarca de La Reina, Valdeón…, todo en el entorno de Picos de Europa e incluso algunos cuarteles dentro del mismo Parque Nacional, en los que se aún se puede cazar en virtud a una moratoria.

La montaña leonesa

Para mí, cazar en la montaña de León es una experiencia inigualable. Una naturaleza agreste, en la que no es difícil ver al lobo, con población permanente de osos y una muy buena densidad de ungulados. Los paisajes y cazaderos, variados y espectaculares. Desde los hayedos y robledales de las zonas más bajas, a las cumbres y torres de la alta montaña.

Nosotros, que somos cazadores sencillos, pujamos siempre por animales selectivos. Podríamos decir que anteponemos el lance al trofeo y que no nos importan unos gramos menos de calcio o de queratina colgados en la pared. Pero la verdad, es que como el año es muy largo y España muy extensa, de tanto andar de aquí para allá con el rifle al hombro siempre andamos en una situación económica que se define habitualmente como «canina».

Nos encantan los pavos por encima de los ciento ochenta puntos y el abuelo de todos los rebecos de la cordillera, pero como no hay otra forma de hacerlo, recechamos nuestros selectivos alternando los años. Un año tiro yo y Miguel hace de secretario y spotter y al siguiente cambiamos las tornas y me toca a mí llevar el trípode y el telémetro.

Este año, el objetivo era un ciervo tipo B en berrea, menos de ciento cincuenta puntos. El cuartel asignado en alta montaña en la zona más oriental de la reserva.

Por las fechas, ya deberían estar berreando y, además, durante las primeras semanas de septiembre las temperaturas bajaron y llovió bastante por toda la cornisa cantábrica, por lo que, según la creencia de los cazadores «Los venados, en cuanto se mojan el lomo, a berrear». Sin embargo, a las siete de la mañana, aún de noche, plantados en el cazadero y acompañados del celador de la Junta, nos damos cuenta de que esto no es como creemos nosotros, sino como deciden los bichos.

La berrea, por el momento, no ha empezado, por lo que nos va a resultar más difícil localizar a los machos. Además, según nos comentan, la densidad de cervuno en esta zona ha caído en picado debido a las bajas producidas por las grandes nevadas de hace unos años, en las que se llegaron a recoger más de mil ejemplares muertos, y también por la presencia cada vez más numerosa de patas pardas. «En ese barranco, sin ir más lejos, hay trece lobos adultos», nos comentan.

Primeros machos

Comenzamos a andar con el celador, visitando las zonas en las que tiene localizados varios grupos de hembras. Aunque no berreen, los machos ya empiezan a estar encelados y tienen que moverse e ir tomando posiciones para afrontar el celo. A nuestro favor tenemos lo despejado de las laderas. Pastos de montaña, brezales no demasiado altos, pedrizas y algunas manchas de monte en los arroyos y barranqueras.

Después de varias horas de búsqueda, divisamos un macho destacándose en el viso. Por debajo de él, un grupo de siete u ocho hembras y, al lado de las ciervas, un nutrido grupo de rebecos. «Sí que están altos aquí los ciervos».

Tras valorarlo bien con el telescopio, vemos que el venado no nos vale. Pasa ampliamente los ciento cincuenta puntos.

Damos con lo que buscamos

Al rato, un poco más abajo, localizamos un macho más pequeño. Ha salido del brezal y come pasto en una pequeña campa que ya empieza a reverdecer. Sin duda, estará pendiente de cualquier despiste del jefe una vez que las hembras entren en celo, pero de momento no se atreve a acercarse. Estará a unos ochocientos metros del grupo del viso.

Este segundo ciervo sí que nos vale para tirar, como dicen los celadores. Es muy grande de cuerpo, pero no tiene una cuerna importante. Decidimos hacerle la entrada.

Vamos a entrarle

Tenemos que ascender bastante, ya que estamos casi en el fondo del valle. El primer tramo lo hacemos tapados por el cauce de un arroyo, pero los metros finales tenemos que hacerlos agachados, tapados por un brezo que no levanta más de un metro del suelo. Cuando comenzamos a estar a una distancia interesante, el venado deja de comer, levanta la cabeza y mira hacia nosotros. «Ya nos ha visto». Sin embargo, al momento, un venado más pequeño sale al trotecillo. Ese sí que nos ha barruntado, aunque seguramente, por la marcha que lleva, no nos ha llegado a ver.

El ciervo al que queremos tirar empieza a ponerse nervioso y camina hasta el borde de la campa. Mido con el telémetro… trecientos cuarenta y cinco metros. Se le puede tirar, pero es mejor intentar acercarnos más y asegurar el tiro. Continuamos avanzando, casi a rastras, ahora con un poco más de prisa.

El momento de disparar

Por suerte, nuestro tipo B se ha vuelto a tranquilizar y come tranquilo en el borde la campa. Vuelvo a medir… doscientos sesenta metros. «Ahora Sí».

Miguel, pone la mochila en el suelo y se toma un minuto para tranquilizar el pulso después del ascenso. El rifle es un Mauser M03 sintético en calibre 7 mm Remington Magnum, cargado con munición Geco Express 155 grains. El visor es un Bushnell Elite 2,5-16x50 y el tirador no es malo del todo.

Mientras observo al venado por los prismáticos, retumba el disparo. Cae fulminado sobre su huella con un tiro en el codillo delantero y comienza a rodar ladera abajo. Debido a la fuerte pendiente rueda al menos cien metros hasta un pequeño plano. El lance ha sido espectacular.

Felicitaciones, sonrisas y fotos para el recuerdo. Como mejor recuerdo, tenemos por costumbre llevarnos la carne de los animales que cazamos, o al menos parte de ella, ya que con estos espectaculares venados de montaña que pueden irse fácilmente a los doscientos cincuenta kilos y con las cuestas que se gastan por aquí, no es una tarea sencilla. Esta vez, cargamos un jamón y un lomo cada uno, aproximadamente treinta kilos en cada mochila. El celador nos ayuda bajando el trofeo. Lamentablemente, no podrá probar los salchichones.

Ya en el pueblo, con los deberes hechos, pagamos la cuota complementaria correspondiente a la puntuación del trofeo, que en el caso de los tipo B no es elevada, nos despedimos del celador y aún nos queda tiempo para ir al hotel, ducharnos y sacudirnos un chuletón de ternera Tudanca. «Si es León y es montaña… es la leche». Hasta el año que viene.

CdC

 

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