Los riesgos de la caza banal

Algunos plantean moratorias cinegéticas ante colapsos estructurales, por ejemplo, en el caso de diversas especies migratorias (tórtola, codorniz y otras); porque confunden el colapso biológico con el colapso estructural. Esas moratorias pueden llegar a tener terribles efectos perversos.
José Miguel Montoya Oliver

José Miguel Montoya Oliver

06/10/2017 | 12651 lecturas

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Límites técnicos y socioeconómicos del manejo banal

El censo final de una población cinegética, tras las capturas efectuadas durante un periodo completo de caza (censo residual), puede ser consecuencia de un manejo ordenado o de un manejo banal. Es decir: hasta las necesidades de la sostenibilidad (manejo ordenado) o hasta los límites propios de los procesos de caza (manejo banal). El primero está regido por la razón y los conocimientos técnicos, el segundo por la voluntad de apropiación de los interesados en la caza (cazadores y titulares de cotos especialmente). Los límites de un manejo cinegético banal pueden ser:

Límites técnicos. Las cacerías prosiguen hasta donde llegan cazando los cazadores que las consideran suficientemente satisfactorias; es decir: querrían seguir cazando, porque valoran sus capturas por encima de sus exigencias mínimas en resultados, pero existen límites técnicos que se lo impiden. Pueden distinguirse dos casos: 1º/ Recursos infinitos. Cuando las jornadas de caza ejecutadas son pocas o los medios usados son pobres, no se consigue cazar todo lo debido: infrautilización. Existe un despilfarro de los recursos cinegéticos, especialmente en los aspectos sociales y económicos, tal vez incluso riesgos ecológicos (incremento de la tensión de perturbación). 2º/ Recursos finitos. En ocasiones los cazadores terminan sus temporadas, habiendo cazado más allá de lo debido; pero sin alcanzar los límites del abandono voluntario de las cacerías. Si pudieran, seguirían haciéndolo: supra-utilización. Los riesgos son similares a los del caso anterior, aunque en este caso por exceso de utilización: despilfarro social y económico e incremento de la tensión de perturbación.

Límites socioeconómicos. Los cazadores abandonan voluntariamente sus cacerías e incluso no las inician, cuando los resultados obtenidos les resultan insuficientemente satisfactorios; ya sea por el escaso valor de lo cazador o por los elevados costes de cada cacería. Cuando se abandonan voluntariamente las modalidades de caza, hablamos de supramarginalización socioeconómica. Este abandono voluntario puede ser o demasiado temprano o demasiado tardío respecto a las necesidades de la sostenibilidad. Temprano, cuando el abandono se produce antes de alcanzarse el censo final ideal. Tardío, cuando las cacerías prosiguen más allá de lo debido. La supramarginalización tiene efectos y riesgos similares a los límites técnicos.

Colapso biológico y colapso estructural

En el manejo banal, el censo final o residual puede ser:

Supra-ideal. Residuo superior al que debería quedar respecto a las necesidades de la sostenibilidad. Suele ser consecuencia de: 1º/ Insuficiencias de medios humanos y materiales (límites físicos); 2º/ Supramarginalización temprana, por abandono voluntario temprano (límites socioeconómicos).

Ideal. Solo por casualidad en un manejo banal el residuo poblacional coincidiría con el ideal: una situación improbable.

Infra-ideal. Al final del periodo de caza, con o sin supramarginalización tardía, queda un residuo poblacional menor que el ideal, pero no crítico.

Crítico. Ni siquiera un manejo banal y desordenado suele poder acabar directamente con una población cinegética; porque al acabar cualquier temporada, o bien por razones técnicas o bien por razones socioeconómicas, habitualmente queda un residuo fáctico mayor o menor. Cuando el residuo poblacional es muy inferior al ideal, aparecen riesgos de colapso biológico o de colapso estructural:

  • Colapso biológico. Cuando el residuo fáctico resulta abusivamente reducido, aparece el riesgo de “colapso biológico” de las poblaciones afectadas. El residuo llega a ser tan escaso que incluso aparecen serios riesgos para la conservación local de la población. Esta pierde así la condición de renovable, al menos a escala local. La proximidad a estos censos críticos se detecta por la deficiente reacción de las poblaciones ante las vedas de caza. Se ha puesto bastante énfasis en la “capacidad de carga” de los ecosistemas (límite superior), pero demasiado poco en esta limitada “capacidad de descarga” de los mismos (límite inferior). FIGURA. Si unos censos excesivos implican riesgos de perturbaciones bióticas y abióticas, unos demasiado escasos implican el riesgo de colapso poblacional por otras perturbaciones naturales asimilables, aunque distintas. El manejo banal no suele destruir directamente las poblaciones; pero puede crear las condiciones ecológicas precisas para su extinción indirecta en un lugar, como consecuencia de la actuación de distintos procesos de perturbación o equilibrio: problemas de sexualidad, endogamia, reproducción, crianza, comportamiento, depredación… Cuando las poblaciones residuales resultan demasiado escasas, no pocas especies cinegéticas tienden a concentrarse y adensarse en torno a espacios concretos, al tiempo que vacían otros, lo que suele tender a frenar su extinción; pues terminan presentando densidades más o menos normales en esas zonas de concentración que aparecen por razón de mayor querencia y gregarismo, y también por los menores efectos de su posible territorialidad.
  • Colapso estructural. El colapso biológico, cuya prevención puede exigir moratorias en las captaciones y actuaciones sobre el medio y los equilibrios biológicos locales, debe diferenciarse con claridad del colapso estructural. El colapso cinegético estructural se produce tras procesos de pérdida de sostenibilidad que conducen al abandono del manejo. Ante el colapso estructural deben tomarse medidas correctoras ligadas al manejo cinegético. En los colapsos estructurales, las moratorias pueden tener efectos perversos de naturaleza, no tanto biológica como en el caso anterior, sino social y económica. No todo puede resolverse por tanto mediante moratorias y vedas. Medir en un espacio la entidad del colapso estructural de una población, exige dimensionar la entidad de la distancia estructural existente entre la situación actual y la ideal, en lo social, lo técnico-ecológico y lo económico. Curiosamente, mientras que el colapso biológico se declara con toda su crudeza, cuando comienza a afectar a determinados componentes críticos de la biodiversidad (especies amenazadas de extinción), el colapso estructural tiende a auto-ocultarse, pues lo que colapsa es algo por lo que la sociedad ha dejado ya de interesarse, porque bien poco “interés” (económico o social) tiene. Es fácil encontrar bibliografía sobre colapsos biológicos, pero no es fácil encontrarla sobre colapsos estructurales (sociales, ecológicos y económicos), porque estos no interesan gran cosa a “nadie”. Sin embargo, algunos plantean moratorias cinegéticas ante colapsos estructurales, por ejemplo, en el caso de diversas especies migratorias (tórtola, codorniz y otras); porque confunden el colapso biológico con el colapso estructural. Esas moratorias pueden llegar a tener terribles efectos perversos.

Efectos estructurales de la supramarginalización

Cuando se alcanza la supramarginalización, ya sea temprana o tardía, además de los consecuentes perjuicios indirectos (comercio, industria, turismo…), puede alcanzarse el colapso estructural. La posibilidad de alcanzar un manejo cinegético sostenible se esfuma entonces: 1º/ Socialmente. Porque se paraliza la actividad social asociada directa e indirectamente a la caza. El recreo y el empleo generados, y el interés social por la caza y su medio se reducen: “quiebra de la estructura social”. 2º/ Ecológicamente. A) Abandono temprano. Los excesos de densidad poblacional, generados como consecuencia de la infra-captación (supramarginalización temprana), pueden generar procesos de perturbación sobre la misma población concernida, sobre otras que comparten con ella el ecosistema, y sobre el propio entorno. Cabe hablar de “quiebra de la estructura ecológica”. B) Abandono tardío. En el caso de la marginalización tardía los riesgos ecológicos se disparan; pues cuando la marginalización es intensa, los procesos de extinción indirecta aparecen y el colapso biológico deviene posible: “quiebra de la estructura ecológica”, e incluso posibles daños sobre la conservación de la biodiversidad, como mínimo a escala local. 3º/ Económicamente. Reducción extrema del valor neto gestionado y consecuente abandono práctico del manejo; porque nadie podrá invertir gran cosa, en manejar y fomentar “algo” que casi nada da. El “coto” no generará recursos económicos bastantes para mantener los gastos de su manejo; porque el valor neto gestionado apenas superará el valor cero: “quiebra de la estructura económica”.

En el manejo banal, tras la supramarginalización, cuando por migración, crecimiento, cría u otras causas, las existencias poblacionales se recuperen en mayor o menor grado, se “abrirá la veda” y los cazadores volverán a reanudar las cacerías, hasta precipitarlas de nuevo hasta el estado de supramarginalización. Si las condiciones socioeconómicas no han variado: hasta idéntico estado de supramarginalización. Apenas si se habrá disfrutado entre tanto el escaso crecimiento de una población previamente supramarginalizada. Por esto los cotos cazados por cazadores socioeconómicamente similares, tienden a presentar censos residuales banales prácticamente iguales en lo que a densidad se refiere, y tan solo presentan verdaderas variaciones en sus censos iniciales, según haya sido cada anualidad a efectos de supervivencia, reproducción, migración y erratismo. Se impactará más o menos en cada temporada; pero tras todas las anualidades tenderá a quedar una “madre” similar; usualmente inadecuada para el logro de un rendimiento óptimo del coto y, tal vez, hasta peligrosa para la conservación local de las especies cinegéticas o, en ocasiones, hasta para la biodiversidad global e incluso del medio natural. Nadie en sus cabales podría dudar de la necesidad de huir de la caza banal y de pasar a practicar una caza ordenada.


Llegada la población al límite de la capacidad de carga de su ecosistema, más tarde o más temprano, acaban apareciendo fenómenos de perturbación que renuevan la evolución de la biomasa. Tras la catástrofe natural (que no tiene porqué llegar hasta cero como en el ejemplo) se reinicia la reconstrucción de la población. Obsérvese que la reconstrucción es muy lenta cuando quedan demasiado pocos, muy rápida en condiciones intermedias, y que vuelve a ralentizarse, cuando la población se adensa y aproxima a la capacidad de carga del ecosistema.

José Miguel Montoya Oliver
Dr. Ingeniero de Montes. Profesor Titular de la Universidad Politécnica de Madrid. Miembro del Comité Científico de la Red de Investigación en Sostenibilidad (Common Ground Research Networks. University of Illinois. Chicago)

 

 

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