Monográfico: rastro de sangre

Rastreo de corzo a tres patas

El día 19 de abril, mientras desayunaba para ir a trabajar, recibo una llamada. «Sí, ¿quién es?». «Daniel, necesitamos que os acerquéis Brisa y tú a intentar cobrar un corzo aquí en San Martín».

Daniel Revuelta

22/05/2019 | 3206 lecturas

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Me cambia el semblante al momento, pido que me relate con todo detalle lo sucedido: el guarda del coto me comenta que acaban de disparar a un corzo a unos 130 metros, cruzado, mientras bajaba por una ladera en la que estaba pastando.

Me dice que tiene que estar muy cerca, ya que creen que el tiro está muy bien colocado, deja sangre abundante y cree que el tiro es de paleta. El corzo dio una carrera de unos 50 metros hasta perderle de vista en un abedular.

¿Un corzo fácil?

En principio parece un cobro fácil. Le comento que tengo que ir a trabajar y que salgo a las 14, con lo cual dejaremos el rastreo para última hora de la tarde, cuando afloje el calor.

Quedamos a las 17 horas en una cafetería.

Después de pasar toda la jornada de trabajo con la cabeza en Babia, llegamos a la cafetería el Alba, en Sotrondio. Ahí nos están esperando Adenso, el cazador, y Carlos, el guarda del coto de San Martín, junto con varios paisanos de la zona, que llevan de espectadores toda la jornada de caza.

Me cuentan que llevaban controlando al corzo cuatro días, y que después de dos lances sin tocar pelo, a la tercera creen que Adenso le ha acertado de lleno. Están muy confiados, me dicen: «Nada, ese está allí a 20 metros de donde lo dejamos de ver».

Bueno, ya veremos, les digo… Si tan fácil fuera la cosa.

Comienza el rastreo

Sin más, cogemos el todoterreno y nos dirigimos a la zona del lance. Una vez allí, comenzamos la reconstrucción, me ponen sobre el Anchuss. Se ve un pequeño charco de sangre, por lo que suelto la traílla y Brisa comienza a rastrear.

Vamos viendo sangre abundante durante 30 metros. Llegamos a una pequeña pradera por donde el cazador y los lugareños dicen haber visto cruzar al corzo, pero por donde Brisa me va guiando ellos dicen que el corzo no ha pasado…

Comienza la fiesta: que si por ahí no es, que el corzo tiene que estar muerto muy cerca… Me llegan a decir que la perra no va en el rastro, ya que no va latiendo…

Es cuando me pongo serio y pongo las cosas en su sitio. El guarda me echa un cable y seguimos el rastreo como debería haber sido desde un principio. Vuelvo a poner a Brisa sobre el último indicio de sangre que tenemos marcado.

500 metros de rastreo

Ya llevamos más de 500 metros detrás del malherido corzo. Suelto traílla y Brisa va buscando con la nariz pegada al suelo coleando. Yo, detrás, intento ver alguna gota de sangre, parece que la herida se ha taponado y ha dejado de sangrar o lo va haciendo, pero mucho menos.

El cazador ya va empezando a dudar de la colocación del tiro, comienza a dudar de que el cobro llegue a buen puerto. Se queda metros atrás parado y cabizbajo. El guarda ya se ha quedado atrás hace un rato y está hablando por teléfono con el presidente del coto, narrándole el rastreo.

1.100 metros de rastreo

Yo, a lo mío, detrás de Brisa. Llevamos 1.100 metros, salimos del bosque a un prado. En el paso por el que Brisa me guía intento ver algo, pelo, carne, sangre, hueso. Pero nada, ella va muy firme. Y yo, detrás. Bajamos a un regato y entonces Brisa comienza a levantar la cabeza y subirse por el talud. Veo que le están llegando muchos vientos.

Cojo la traílla y la llevo a media cuerda. La perra está muy nerviosa, algo hay. Asomamos a un cambio de rasante. Brisa va muy nerviosa, la paro y me pongo a mirar bien la pequeña hoya que tenemos debajo cuando, detrás de un avellano, distingo la cabeza del corzo, está muy entero ya que observa con el cuello erigido y las orejas tiesas.

Encontramos al corzo

Me giro y busco al cazador, comienzo a bracear para llamar su atención. Una vez me ve, le indico que se acerque rápido. Cuando llega junto a mí, le señaló el corzo y le digo que asegure el tiro, que el animal está muy entero. Han pasado más de 10 horas, pero el animal se ve con mucha vida.

No consigue verlo, pero le cojo la cabeza por detrás y poco más y se lo meto por los ojos. «Ya le veo, ya», está a unos escasos 30 metros tumbado.

Un certero disparo termina con su vida. Adenso se abraza a mí, no se lo cree, me pregunta si es su corzo o es otro. Yo me río. Suelto a Brisa y nos acercamos.

El corzo, que tan mal herido estaba, había caminado más de 1.200 metros antes de tumbarse con un tiro que le había entrado por la axila y le había salido arrancando parte del músculo de la pata, sin tocar hueso ni caja torácica.

Daniel Revuelta

Conductor Acreditado

 

 

Comentarios
1 comentarios
24 may. 11:26
legu  
Magnífico relato. Hay que tener fe en el perro cuando la sangre ya no aparece hace rato. ¿Cómo saber que no ha dejado el rastro del herido y está llevando el de uno sano que se ha cruzado?

 

Este artículo pertenece a la serie:

Monográfico: rastro de sangre

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De la mano de la AEPES acompañaremos a miembros de esta Asociación Española del Perro de Sangre en las apasionantes operaciones de rastreo protagonizadas por los equipos formados por sus socios conductores y sus perros de sangre.

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