Televisión, educación y fauna salvaje

En ocasiones, la salud nos invita a pasar unos cuantos días de reclusión casera sin más entretenimiento que la lectura y la visualización de películas. Recientemente, me he visto envuelto en unos de estos periodos de reposo obligado, lo que me permitió visionar algunos documentales y más televisión de la deseable.

Alejandro Gutiérrez Galán

02/05/2019 | 4026 lecturas

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Entre los documentales retomé Fauna Ibérica. El Hombre y La Tierra, de Félix Rodríguez de la Fuente, que, a pesar de haber visto hace años, volvió a cautivarme. Sin embargo, no fue solo la calidad de esta obra lo que me llamó la atención, sino algo que hace años no pude percibir: el marcado contraste entre el tratamiento y enfoque de la vida animal que Félix Rodríguez de la Fuente reflejaba en su obra y lo que hoy puede verse en nuestras pantallas.

La mirada de Félix

Más allá del indudable carisma y capacidad divulgativa de Félix, cabe destacar como a lo largo de su serie documental se mostraban multitud de escenas que conectaban de forma directa al espectador con la realidad del medio natural ibérico. Así, la predación era mostrada con toda su crudeza, de forma que víctimas y verdugos eran filmados hasta que la muerte se hacía presente. Estas escenas transmitían al espectador una idea clara de la relación predador-presa que imperaba en la naturaleza, no dejando lugar a dudas de que la muerte y el consumo permanente de unos animales a otros vertebraban las relaciones ecológicas de nuestros campos. Además de dichas escenas, la locución de Félix ayudaba a entender esta realidad mediante claros y concisos relatos de esta cuestión que gustaba apostillar con aquel: «comer y no ser comido». Incluso los títulos señalaban sin tapujos la vocación mortífera de parte de nuestra fauna salvaje, como en el capítulo dedicado a la gineta y bautizado como «La bella matadora».

La serie consiguió obtener un gran impacto e influencia en la sociedad española

No obstante, no todo eran escenas cruentas. La serie documental «El Hombre y La Tierra» también intentó corregir la escasa empatía que parte de aquella España manifestaba ante la fauna ibérica, lanzando múltiples alegatos a favor de la conservación de especies amenazadas. De hecho, Félix también recurrió a cierta retórica humanizadora de los animales, mostrando un mensaje claro de cariño y respeto hacia una fauna que no era tratada debidamente. De esta forma, la cierva que cuidaba de su gabato era la mama cierva, y los cortejos nupciales eran denominados actos de amor. Incluso algunos ejemplares, como el cormorán Rafael, eran bautizados cual mascotas.

En resumen, se trataba de una obra documental equilibrada y pedagógica que entregaba al espectador importantes dosis de realidad e invitaciones a respetar nuestra fauna a partes iguales. Además, la serie consiguió obtener un gran impacto e influencia en la sociedad española, mostrando y sensibilizando a la ciudadanía que vivía alejada del campo sobre aquello que no podía ver con sus propios ojos.

La televisión de hoy

Si bien la obra de Félix Rodríguez de la Fuente tuvo en su época una marcada relevancia social y pedagógica, no parece que la actual producción audiovisual relacionada con la fauna este cumpliendo esta misión. Para empezar, sentarse delante del televisor y encontrar documentales sobre nuestra fauna autóctona es poco más que imposible. Así, leones, elefantes, osos o focas vienen ocupando las tardes de la televisión pública desde hace años, relevando a la fauna ibérica a una exposición televisiva casi marginal. Los trabajos documentales serios dedicados a la fauna autóctona son muy escasos, y excepciones como «El Bosque Protector», producida por RTVE, son emitidos en horarios de escasa audiencia y quedan lejos de tener impacto social relevante.

Esta sobreexposición televisiva de la fauna exótica en detrimento de la autóctona implica que para un ciudadano medio resulte más fácil identificar a una gacela que a un corzo. También genera la idea de que la verdadera naturaleza es algo muy alejado de los lugares donde residimos, inalterado, paradisíaco y caracterizado por especies emblemáticas.

Así, muy poca gente residente en las grandes urbes sabrá qué es una avutarda, un sisón o una codorniz

Este hecho favorece que muchos de los hábitats ibéricos que más biodiversidad albergan sean percibidos por gran parte de la ciudadanía como lugares de escaso valor natural, como es el caso de las áreas esteparias o ecosistemas agrarios. Así, muy poca gente residente en las grandes urbes sabrá qué es una avutarda, un sisón o una codorniz, y aún menos considerarán una pérdida natural que amplias zonas cerealistas y periurbanas donde estas aves habitan, percibidas como espacios naturales de segunda, sean degradadas o desaparezcan en favor de desarrollos urbanísticos o industriales. En contraste, especies como el lobo, capaces de encarnar esa idea de naturaleza salvaje e idílica, sí reciben sobradas simpatías de la actual ciudadanía urbana que, paradójicamente, en la mayoría de los casos jamás ha visto un ejemplar ni reside en zonas con presencia de estas especies.

Otro problema de la actual oferta televisiva-documental es que, además de referirse casi exclusivamente a fauna exótica, rehúsa utilizar escenas de predación más allá de la caricatura del león o el cocodrilo capturando a la cebra. El mundo que se dibuja en los actuales documentales es, en general, la descripción de una suma de vidas animales que pocas veces se entrecruzan de forma cruenta. Muy lejos queda aquel «comer y no ser comido» de Félix Rodríguez de la Fuente. Por ello, jamás verán en su televisor escenas de un gato asilvestrado predando el nido de un jilguero, un mapache comiéndose las crías de una garza, ni a un águila real despedazando a una garduña para alimentar a su prole. La sola ausencia de este tipo de imágenes en nuestras pantallas permite la expansión sin límites de ideas caricaturizadas de nuestro mundo animal que distan mucho de la realidad, donde unos demonizan mientras otros sacralizan. Sin duda, si Félix y su equipo hubieran realizado su obra en el siglo XXI, hubieran grabado y mostrado estas escenas sin dudarlo.

Los programas de sucesos

Por otro lado, sería impreciso decir que la fauna autóctona no aparece en nuestras pantallas. Periódicamente, los programas de sucesos rellenan su programación con mini-reportajes de apenas uno o dos minutos donde problemas complejos derivados de la presencia de fauna salvaje, autóctona o exótica, son tratados habitualmente con escaso rigor, de forma infantilizada o con un enfoque puramente sensacionalista. Noticias de sobre jabalíes campando por zonas urbanas, invasiones de especies exóticas, o situaciones excéntricas con fauna de por medio, son expuestas sin el más mínimo contexto para entender sus causas. La fauna y sus problemáticas se convierten así en animales de circo mediáticos para generar audiencias y entretener, siendo nula o contraproducente su capacidad para sensibilizar sobre las problemáticas existentes. Es habitual que estos reportajes sean realizados por periodistas no especializados, y en caso de contar con algún experto del tema tratado, este no hablará más de cinco segundos.

Impacto en la ciudadanía urbana

Sin contrapesos relevantes a la cada vez mayor separación ciudad-campo, esta imagen generada por las pantallas es la única accesible para cada vez un mayor número de personas. El problema de la citada oferta televisiva es que genera en el promedio de la ciudadanía urbana una imagen de nuestro medio natural sesgada y caricaturizada. Si a ello le sumamos la humanización televisiva de los animales derivada de películas y dibujos animados infantiles, y la cada vez mayor influencia del mascotismo, podremos observar fenómenos como la dilución de la barrera entre animales domésticos y fauna salvaje, o la priorización de los ejemplares frente a la conservación de poblaciones. No ocurre lo mismo con el habitante del medio rural o vinculado a él, cuyo criterio no solo se influencia por las pantallas, sino de una realidad que pueden conocer de primera mano o que se encuentra culturalmente presente en su ámbito familiar o social. La mera convivencia con actividades como la ganadería o la agricultura transforma la perspectiva que uno pueda tener sobre los animales, asumiendo infinidad de realidades no siempre bellas que son parte indisoluble tanto de nuestros montes como de la sostenibilidad de las economías rurales. Y es que la realidad suele ofrecer poco espacio para los autoengaños.

Se están instalando en el imaginario urbano algunas ideas y anhelos que poco o nada tienen que ver con la conservación de nuestra biodiversidad

En definitiva, podría decirse que se están instalando en el imaginario urbano algunas ideas y anhelos que poco o nada tienen que ver con la conservación de nuestra biodiversidad, en buena medida debido a la influencia de la actual producción audiovisual. Probablemente esta sea la causa de que una parte creciente de la ciudadanía no tolere muchas de las medidas necesarias en la gestión de la fauna salvaje, ya sean controles de especies exóticas o actividades con un alto arraigo social como la caza. La muerte no natural de un animal resulta algo tan ajeno a estas nuevas generaciones urbanas que su mero planteamiento resulta propio de salvajes. Por el contrario, existen acciones de gran impacto en nuestra biodiversidad que paradójicamente son percibidas como inofensivas, como por ejemplo las liberaciones de fauna exótica al medio natural o el mantenimiento de colonias de gatos asilvestrados que predan sobre la avifauna urbana y periurbana.

La educación ambiental y futuro

Más allá de las carencias señaladas de la actual oferta audiovisual, llama profundamente la atención que no existan contrapesos educativos a esta problemática. Así, el actual modelo de educación ambiental debería de haber abordado y corregido esta cuestión, pero lejos de ello ha generado programas educativos más cercanos al entretenimiento y a la sensibilización generalista que a fomentar una visión más integral y equilibrada de nuestros ecosistemas. De poco sirve fomentar el amor a la flora y la fauna, si generamos ciudadanos incapaces de diferenciar una mascota de un animal salvaje o una encina de una palmera.

En todo caso, no parece mucho pedir que la programación de la televisión pública otorgue más protagonismo a la biodiversidad nacional. Tampoco estaría mal que se produjeran más documentales de calidad y con capacidad de incidencia social donde se aborden las actuales problemáticas de nuestro medio natural y se muestre la relación social, económica y cultural del ser humano con nuestra flora y fauna. No se trata de replicar el trabajo de Félix Rodríguez de la Fuente, pero sí de hacer obras documentales originales y con objetivos pedagógicos. Es decir, educar, entreteniendo, desde el rigor científico y divulgativo. De lo contrario, caminamos ante un ciudadano que, revestido de amor a los animales, será incapaz de identificar las verdaderas amenazas a nuestro medio natural y aún menos de ser parte de su solución. Paradójicamente, esto último explicaría muchas cosas.

Alejandro Gutiérrez Galán

Dr. Ingeniero de Montes
Twitter: @alej_gut

 

 

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