Crónicas de caza

Manuel Picón y la caza de este bonito jabalí

Un gran jabalí que le brindó dos oportunidades al cazador y cantaor Manuel Picón, se convirtió en uno de los lances con los que sueña todo cazador montero.


 Caza jabalí Manuel Picón
Caza jabalí Manuel Picón

La caza es compañerismo, es respeto y es arte. Solo así se puede disfrutar al máximo de ella junto a gente que la vive de la misma manera. Así lo hizo Manuel Picón, invitado a una montería organizada por la Sociedad de Cazadores de Guadalmez. Así nos lo cuenta.

«Se puso en contacto conmigo un gran fan llamado Javi Rivera, socio de la Sociedad de Cazadores de Guadalmez, para invitarme a pasar un fin de semana de cacería con ellos. No dudo en ningún momento en ir desde Chiclana de la Frontera, que es donde vivo, hasta Ciudad Real, Guadalmez, a compartir dos días con sus cazadores».

Un pequeño gran inconveniente

Yo estaba en mi casa limpiando mi rifle Marlin .444, que es con el que voy de monterías, muy ilusionado por el fin de semana montero. Limpio con esmero junto a la chimenea y, como cualquier cazador, con sueños en mi cabeza. Pero recibo una llamada de la comandancia de Cádiz que me cae como un jarro de agua helada.

La licencia del rifle ha caducado y lo tengo que entregar en dicha comandancia. Y al día siguiente. Justo el día antes de partir para Ciudad Real. Justo tras depositar el Marlin en la comandancia voy a comprar unas balas de escopeta del calibre 12. Pero en la armería no había. La única opción era coger unas que guardaba de mi padre. Unas balas muy viejas.

Ya me estaba viendo en la montería con la vieja escopeta que me compró mi padre, una Browning de calibre 12. Recuerdo perfectamente el día que se la compró al panadero del pueblo de Calañas, en Huelva, un tal Bartolomé. Le costó doce mil pesetas.

Un día de caza con mayúsculas en Guadalmez

Me trataron como en casa. Cuando llegué, me estaban esperando con una casa preparada. El sábado fuimos a cazar. Pero no hubo suerte. El día vino con lluvia y frío, pero a la mañana siguiente amanecimos con sol y buen tiempo. Algo dentro de mí me decía que sería un gran día de caza.

Me tocó la traviesa, y ahí iba yo con la vieja escopeta que me regalo mi padre, que en paz descanse. Hacen la suelta y empiezan los primeros latidos a jabatos. Guarro palante guarro palante. Yo permanecía inquieto en mi puesto, mirando para todos lados, cuando vi por el rabillo del ojo que a mi derecha se me pasó un cochino inmenso.

Dos grandes lances

Solo me dio tiempo a disparar una vez, y no le di. Más tarde escuché de nuevo a los rehaleros gritar «guarro palante». Vi como las jaras de doblaban y partían, y escuché un gran trote. El jabalí salió del monte y, tras dos disparos, pude abatir una gran cochina de unas siete arrobas.

Poco después pasaron los rehaleros, y nos dimos unos abrazos y nos hicimos fotos. No transcurrieron ni diez minutos cuando escucho «cochino patrás, cochino patrás». Me preparo y veo cómo las jaras se doblaban y partían a su paso, pero como si fuera un terremoto. Encaro mi Browning y qué vieron mis ojos. ¡Qué pedazo de cochino! El mismo que tiré al principio de la montería.

Apunté bien y le solté los tres tiros. El guarro cayó, regalándome uno de los lances soñado por cualquier cazador. Es algo que se lleva en la sangre, y cuando abatí dicho guarro miraba al cielo brindándoselo a mi padre. En esos momentos era el hombre más feliz de la tierra.

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