El trabajo, centrado en los restos recuperados en la cueva de Chaves, en Huesca, apunta a una estrategia de caza condicionada por los ciclos naturales de los animales, la estacionalidad y las características del terreno.
La investigación, publicada en International Journal of Osteoarchaeology, analiza el nivel magdaleniense 2b de la cueva, datado aproximadamente entre 15.700 y 15.000 años antes del presente. Sus autores han combinado el estudio de las edades de las cabras abatidas con análisis de isótopos estables de sus dientes y con información sobre el paisaje para intentar reconstruir cómo se organizaba aquella actividad cinegética.
El equipo está integrado por investigadores de la Universidad de Zaragoza, la Universidad de Pisa y el Museo Nacional de Historia Natural de Francia, entre ellos Alejandro Sierra, Marie Balasse, Luis Jiménez, Rafael Domingo, Lourdes Montes, Denis Fiorillo y Pilar Utrilla.

La cabra montés, una presa especialmente importante
Uno de los aspectos que más interés presenta desde el punto de vista cinegético es la clara concentración de restos de cabra montés (Capra pyrenaica) en los niveles magdalenienses estudiados.
Los restos de otras especies, como el sarrio (Rupicapra pyrenaica) y el ciervo (Cervus elaphus), aparecen en proporciones claramente menores, mientras que otras especies tienen una presencia marginal, con la excepción del conejo. Para los investigadores, esta composición no parece responder simplemente a encuentros ocasionales con animales, sino que es compatible con una explotación reiterada de la cabra montés.
La localización de Chaves ayuda a explicar esta especialización. La cueva se encuentra en las estribaciones de la Sierra de Guara, un territorio montañoso y rocoso particularmente favorable para la cabra montés.
La relación entre el emplazamiento del asentamiento y el hábitat de la especie habría proporcionado a aquellos grupos humanos una ventaja para localizar y aprovechar los desplazamientos de las manadas.
No cazaban cabras al azar: la edad de las presas deja una pista
Uno de los datos más reveladores procede del análisis de las edades de las cabras abatidas.
Los perfiles de mortalidad estudiados muestran una representación elevada de juveniles avanzados y adultos jóvenes, mientras que no aparecen neonatos. Este patrón apunta a un sesgo estacional en la acumulación de los animales cazados.
La ausencia de recién nacidos permite descartar, al menos, el periodo inmediatamente posterior a los nacimientos como momento principal de acumulación de las presas. Los investigadores advierten, no obstante, que los datos no permiten determinar con precisión en qué momento concreto del año se produjeron todas las cacerías.
Este matiz es importante: el estudio aporta evidencias de estacionalidad, pero no permite reconstruir un calendario exacto de caza.
Los dientes de las cabras funcionan como un registro de las estaciones
Para afinar la investigación, los científicos recurrieron a una herramienta que difícilmente podría imaginarse en un yacimiento arqueológico: los isótopos estables conservados en el esmalte dental.
Los dientes crecen incorporando señales químicas relacionadas con las condiciones ambientales y la alimentación. En este caso se analizaron secuencias de oxígeno (δ¹⁸O) y carbono (δ¹³C) en terceros molares de las cabras monteses.
Los patrones de δ¹⁸O muestran oscilaciones asociadas a los cambios estacionales, mientras que los valores de δ¹³C son compatibles con una alimentación basada principalmente en plantas de tipo C3. Estos datos permiten reconstruir parte de las condiciones ambientales experimentadas por los animales durante su vida.
Es precisamente esta información la que permite relacionar los restos de las presas con los ciclos anuales de las poblaciones de cabra montés.
Una especie que se movía por la montaña siguiendo los recursos
El estudio también aporta información sobre la movilidad de las cabras monteses.
La combinación de las señales isotópicas y el análisis del territorio apunta a movimientos regulares de los animales entre diferentes zonas de la Sierra de Guara, probablemente relacionados con los cambios estacionales en la disponibilidad de recursos.
Para los cazadores, conocer esos desplazamientos suponía una ventaja fundamental.
La cueva de Chaves ocupaba una posición favorable dentro del paisaje, conectando diferentes sectores de la sierra y ofreciendo acceso a un territorio desde el que era posible observar y aprovechar los movimientos de los animales.
La investigación dibuja así un escenario en el que el conocimiento de la orografía, los pasos naturales y los movimientos estacionales de la fauna tenía un papel fundamental en la obtención de alimento.
Una caza especializada, pero no necesariamente rígida
Aquí aparece uno de los matices científicos más interesantes del trabajo.
Aunque la enorme representación de cabra montés revela una especialización faunística, los investigadores no interpretan los resultados como prueba de una organización cinegética extremadamente rígida.
Las conclusiones apuntan más bien hacia una explotación flexible de los recursos, organizada en función del comportamiento estacional de las poblaciones animales y de las características del paisaje.
En otras palabras, aquellos cazadores parecían conocer bien qué animales tenían disponibles, dónde encontrarlos y cómo variaba su comportamiento a lo largo del año, pero los datos no permiten hablar de un sistema de manejo de fauna comparable a la gestión cinegética contemporánea.
Una mirada al origen de las estrategias de caza en la montaña
El interés cinegético del trabajo reside precisamente en esa relación entre fauna, paisaje y comportamiento humano.
Hace unos 15.000 años, la Sierra de Guara no era simplemente el escenario donde los grupos humanos encontraban animales de forma ocasional. Los resultados indican una utilización recurrente del territorio y una explotación de la cabra montés relacionada con sus características ecológicas y con sus ciclos anuales.
La investigación forma parte del proyecto MagdaBucar, dedicado al estudio de las estrategias cinegéticas de los cazadores-recolectores magdalenienses del Prepirineo central. El proyecto está financiado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses y cuenta con el apoyo del Museo de Huesca.
Además, el trabajo demuestra cómo colecciones arqueológicas excavadas hace décadas pueden proporcionar nueva información cuando se aplican técnicas modernas. Los restos de fauna recuperados en Chaves durante las excavaciones realizadas en los años ochenta y noventa permiten ahora reconstruir aspectos de la estacionalidad, movilidad y organización de la caza que eran mucho más difíciles de determinar con las técnicas disponibles entonces.
La investigación científica detrás del hallazgo
El estudio se titula «Hunting Strategies and Game Exploitation Organization in the Magdalenian: An Integrated Approach Based on Mortality Profiles and Stable Isotopes at Chaves Cave (Huesca, Spain)» y está firmado por Alejandro Sierra, Marie Balasse, Luis Jiménez, Rafael Domingo, Lourdes Montes, Denis Fiorillo y Pilar Utrilla.
Fue publicado en International Journal of Osteoarchaeology con el DOI 10.1002/oa.70154.
La principal aportación del trabajo es precisamente integrar varias líneas de investigación —edades de las presas, isótopos estables, comportamiento animal y características del paisaje— para reconstruir las estrategias de caza de los últimos cazadores-recolectores del Paleolítico superior en el Prepirineo aragonés.
Nota de la Universidad de Zaragoza.
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