Tengo muchos recuerdos, pero los más vívidos son algunos cinegéticos. En una ocasión cazábamos los dos juntos y solos en nuestro coto de toda la vida en Calañas. En un momento dado, le dije que se colocara detrás de una mancha, que se la iba a echar a ver si con suerte le volaba alguna perdiz. Era un gran tirador, infalible si la perdiz le entraba de pico. También era muy despistado, y por eso no estaba muy convencido de que ocupara el lugar que le indiqué. Al cabo de un tiempo escuché un tiro muy lejos del lugar en el que tenía que colocarse e intuí que se había ido a otro lugar. Deshice mis pasos y fui en su búsqueda y después de un buen rato lo veo rompiendo jaras en una mancha distinta a la que tenía que bordear y con rumbo desconocido. Entonces lo llamé, se giró y me levantó la mano sosteniendo una becada. Se había metido en medio de una espesa mancha de jaras sin rumbo cierto y tuvo la suerte de levantar una becada, que por aquí llamamos pitorra, muy escasa en nuestros montes, y pudo abatirla. Me guardé el enfado y sólo pude felicitarle.
En otra ocasión fuimos al coto después de una larga ausencia, y tenía muchas ganas de caza, tenía mono, pero había empezado a llover e intuí que no iba a salir del coche, pero me equivoqué: empezó a preguntarme la estrategia a seguir y en un momento dado se bajó del coche y me animó a seguirle, pensando quizá que era yo el que no quería mojarse. Estuvimos dos horas aguantando una lluvia torrencial e incómoda, pero me aguanté, especialmente por ver hasta cuándo iba a aguantar en esta situación en la que tampoco levantábamos nada. Cuando ya estábamos como pollos me dijo: «Creo que ya es hora de volver al coche». Nunca pensé que mi padre quisiese cazar en estas condiciones, pero esta vez creo que lo necesitaba, demostrándome una afición desmesurada. No matamos nada, pero cazamos juntos en unas condiciones muy adversas y, por supuesto, nos unió aún más en una pasión que me trasmitió genéticamente.

En otra ocasión cazábamos en mano una linde del coto y en un momento dado, en lo profundo del barranco que hacía linde, escuché unos extraños quejidos. Como estaban monteando cerca, intuí que se trataba de un jabalí que, herido, se había refugiado allí para morir. Se lo comuniqué a mi padre y le manifesté la intención de meterme en el barranco y acabar con su agonía. Pero mi padre no aprobaba la locura de su hijo. Yo erre que erre y mi padre ya no sabía cómo evitarlo. Ninguno llevaba cartuchos de bala, pero le dije que iría casi encarado y le tiraría muy cerca a la cabeza. En un momento dado, cargado de adrenalina, me metí en el barranco al tiempo que cuatro cochinos ibéricos, propiedad del dueño de la finca, salían en estampida. Era tiempo de montanera y estos cochinos mansos recorrían la finca buscando la bellota, y en estos momentos sesteaban en el barranco, emitiendo de vez en cuando unos quejidos que yo y mi padre interpretamos de agonía, pero en verdad eran de felicidad, porcina en este caso. Y recuerdo nítidamente las risas de mi padre, no sé si por la comicidad de la situación o porque el descabezado de su hijo ya no estaba en peligro.
Y una cuarta. Estábamos en la casa del coto después de estar cazando toda la mañana. Desde la puerta vimos a lo lejos cómo un gran número de torcaces se tiraban en unas encinas. Decidimos ir a por ellas. Llegamos al lugar y allí no paraban de llegar torcaces desde los eucaliptos de la linde, pues las encinas tenían bastante bellota. El problema eran los cartuchos: habíamos abierto una caja por la mañana, la única que llevamos para una jornada perdicera, y después de toda la mañana nos quedaba poco más de una docena. Nos escondimos donde nos pareció más oportuno, pero en media hora nos quedamos sin munición, mientras las palomas seguían entrando sin parar. Entusiasmado, llegué al coche y le dije a mi padre que mañana volveríamos con un cajón de cartuchos, pero mi padre me dijo que la paloma era muy aventurera, que estaba o no estaba, y me recordó ese refrán que dice: «A palomas, ni aunque no comas». Pero yo no le eché mucha cuenta y por la noche recolecté, con una gran ilusión, entre amigos y familiares, un montón de cartuchos. Al día siguiente volvimos al coto, pero mi padre iba con mucho desinterés. Llegamos al lugar y no vimos volar ninguna paloma ni cerca ni lejos. Solo vimos varias vainas de cartuchos en el que fue mi puesto que demostraban que allí alguien había pegado algunos tiros. Mi padre buscó mi mirada y me dijo: «A palomas, ni aunque no comas».
Descansa en paz, papá, y gracias por todo lo que me diste y enseñaste.
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