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Atropella un corzo y acaba con tularemia: el extraño caso de un cazador que recuerda el riesgo de manipular fauna silvestre

Un hombre de 39 años ha sido contagiado con tularemia, una zoonosis bacteriana conocida como la «fiebre de la liebre», después de sufrir un accidente en Alemania en el que un corzo atravesó el parabrisas de su vehículo. Ocho días después comenzaron los primeros síntomas y, varias semanas más tarde, la infección había provocado múltiples abscesos en la región facial.

Corzo en un campo verde delante de una acrretera

El caso, publicado en The Lancet Infectious Diseases, constituye un ejemplo excepcional de una vía de exposición que interesa especialmente a quienes trabajan o practican actividades relacionadas con la fauna silvestre: el contacto de heridas abiertas con sangre, tejidos y fluidos de un animal potencialmente infectado.

Un corzo atraviesa el parabrisas y causa heridas en la cara

El accidente se produjo cuando un corzo (Capreolus capreolus) fue golpeado inicialmente por otro vehículo y salió despedido contra el automóvil que conducía el paciente. El animal atravesó el parabrisas y el hombre sufrió diversas heridas faciales, tanto por los cristales como por el impacto con el propio corzo.

La circunstancia que posteriormente adquiriría importancia médica fue que las heridas quedaron expuestas a sangre, fluidos corporales, contenido procedente de órganos internos y tierra durante el accidente. La secuencia es relevante porque Francisella tularensis, la bacteria responsable de la tularemia, puede penetrar en el organismo a través de lesiones cutáneas o de las mucosas después del contacto con material contaminado.

Lesiones provocadas por el choque del corzo con el conductor.

Fotografía tomada el día del accidente que muestra la exposición facial a sangre de ciervo, otros fluidos corporales de ciervo y tierra. (B) Fotografía tomada el día 24 después del accidente; la flecha inferior indica inflamación cervical cerca del ángulo mandibular izquierdo y la flecha superior indica una lesión periorbitaria. (C) Tomografía computarizada axial cervical con contraste realizada el día 30 después del accidente; la flecha indica un absceso que representa múltiples lesiones periparotidales e intraparotidales del lado izquierdo.

Ocho días después apareció la fiebre

El paciente no desarrolló inmediatamente la enfermedad. Ocho días después del accidente comenzó a presentar fiebre, una lesión próxima al ojo izquierdo y una inflamación progresiva del cuello en el mismo lado. Cuatro días después, una ecografía mostró inflamación de los ganglios linfáticos cervicales, aunque todavía no se apreciaba una colección purulenta.

Inicialmente se trató al paciente con amoxicilina, pero la evolución no fue la esperada. La inflamación continuó aumentando. Un mes después del accidente, las pruebas de imagen revelaron que el proceso había evolucionado hasta formar varios abscesos en la zona de la glándula parótida y los tejidos próximos. Además, fue necesario realizar un drenaje quirúrgico.

La bacteria apareció en el pus de los abscesos

El diagnóstico llegó al analizar el material obtenido durante el drenaje. La PCR detectó ADN específico de Francisella tularensis y las pruebas posteriores permitieron identificar la subespecie F. tularensis subsp. holarctica. La serología también respaldó el diagnóstico. No debe afirmarse que se demostró mediante una muestra del corzo que el animal estaba infectado. La evidencia microbiológica disponible corresponde al paciente. Los autores consideran que la exposición al corzo constituye la explicación del contagio, por la extraordinaria coincidencia entre el contacto con los fluidos del animal y la posterior aparición de la enfermedad.

La amoxicilina no consiguió frenar la infección

El tratamiento inicial también proporciona una enseñanza importante. La amoxicilina pertenece al grupo de los antibióticos betalactámicos, frente a los cuales F. tularensis presenta resistencia intrínseca. Por eso el tratamiento inicial no consiguió controlar la infección. Una vez identificado el microorganismo, los médicos cambiaron la terapia a ciprofloxacino, administrado inicialmente por vía intravenosa y posteriormente por vía oral durante 21 días.

La respuesta fue favorable. Tres meses después, los abscesos habían desaparecido y el paciente se encontraba en buen estado general, aunque mantenía una ligera sensación de tensión en la cara.

¿Qué es la tularemia o «fiebre de la liebre»?

La tularemia es una enfermedad infecciosa causada por la bacteria Francisella tularensis.

El nombre popular de «fiebre de la liebre» procede de su conocida relación con los lagomorfos, especialmente las liebres, que constituyen una fuente clásica de infección. Pero la enfermedad no es exclusiva de conejos y liebres. F. tularensis puede infectar a numerosas especies animales y llegar al ser humano por distintas vías. En Europa, la subespecie de referencia es F. tularensis subsp. holarctica. La literatura científica alemana señala que esta es la subespecie conocida responsable de la enfermedad en humanos y animales en Alemania.

La transmisión puede producirse mediante contacto con animales infectados o sus tejidos, picaduras de determinados artrópodos, inhalación de material contaminado o consumo de agua o alimentos contaminados.

Una enfermedad que también afecta a cazadores

La manipulación de animales silvestres constituye una vía de exposición reconocida. Desollar, eviscerar o manipular una pieza con heridas en las manos puede facilitar la entrada de la bacteria, mientras que las salpicaduras sobre los ojos o las mucosas constituyen otra posible puerta de entrada.

La literatura científica alemana ha documentado brotes relacionados con la manipulación de liebres durante actividades cinegéticas. En un brote investigado en Baviera en 2018, 12 de los 41 participantes en una jornada de caza presentaron anticuerpos frente a F. tularensis. La infección se produjo entre las personas que estuvieron presentes durante el procesado de las liebres, y el riesgo fue especialmente elevado entre quienes participaron directamente en esa tarea. Además, la bacteria fue aislada de una de las cuatro liebres analizadas. Ese episodio demuestra que el riesgo asociado a la manipulación de fauna silvestre no es una hipótesis teórica.

El corzo no es la única especie de caza que puede estar implicada

Aunque las liebres son probablemente el ejemplo más conocido, la tularemia tiene un espectro de hospedadores amplio. Los estudios sobre la enfermedad en Europa describen infecciones relacionadas con diferentes mamíferos silvestres y con diversos vectores. En Alemania, la epidemiología de la enfermedad está estrechamente vinculada a la fauna silvestre y a las condiciones ambientales que favorecen la circulación de F. tularensis.

El periodo de incubación encaja con el accidente

La aparición de los síntomas ocho días después del accidente también es compatible con la tularemia. En un estudio sobre un brote ocurrido durante una cacería de liebres en Alemania se recoge que el periodo de incubación suele situarse en varios días, aunque puede oscilar considerablemente dependiendo de la vía y de la dosis de exposición.

Por ello, que el paciente estuviera aparentemente bien durante la primera semana no descarta la relación entre el accidente y la posterior infección.

Los ganglios inflamados, una señal característica

Las manifestaciones de la tularemia dependen en buena medida de cómo entra la bacteria en el organismo. Cuando penetra a través de una herida cutánea puede producirse una forma ulceroganglionar, caracterizada por una lesión en el punto de entrada y afectación de los ganglios linfáticos próximos. Cuando la puerta de entrada es ocular puede aparecer una forma oculoganglionar. También existen formas orofaríngeas, respiratorias y sistémicas. Algunas pueden presentar una evolución grave.

El paciente alemán presentaba precisamente una combinación compatible con una infección adquirida a través de las heridas faciales y con afectación de los ganglios de la región cervical.

España registró 445 casos de tularemia entre 2015 y 2024

El caso alemán tiene interés en nuestro país porque la tularemia también está presente en España. Los datos de la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica analizados por el Instituto de Salud Carlos III contabilizaron 445 casos durante el periodo 2015-2024. Los años 2019 y 2024 concentraron aproximadamente el 80 % de todos los casos registrados durante esa década, con 187 casos en 2019 y 169 en 2024.

La distribución por sexos también muestra un marcado predominio masculino: 337 de los 445 casos correspondieron a hombres, frente a 106 mujeres y dos casos en los que no constaba el sexo.

En 2024 se notificaron 169 casos, todos autóctonos según la tabla nacional, con 135 hombres y 34 mujeres.

Castilla y León concentra buena parte del problema

La epidemiología española presenta una distribución geográfica muy desigual.

El gran incremento de 2019 estuvo relacionado con un importante brote en Castilla y León. En el periodo 2018-2022, esta comunidad acumuló 210 de los 227 casos registrados en el conjunto de España, según el análisis publicado por el ISCIII.

En 2024, Castilla y León volvió a ser la comunidad autónoma con mayor número de casos y mayor tasa de notificación. Esto convierte a determinadas zonas de la Meseta, y particularmente a Castilla y León, en un territorio de especial interés desde el punto de vista de la vigilancia de esta zoonosis.

La tularemia no significa que exista un peligro generalizado al tocar un corzo

El caso alemán es extraordinario y no debe interpretarse como que atropellar o tocar un corzo implique normalmente un riesgo de tularemia. Lo que hizo especialmente peligrosa aquella situación fue la combinación de varios factores:

  • El animal sufrió un traumatismo grave.
  • Su cuerpo impactó directamente contra el conductor.
  • El parabrisas provocó heridas abiertas.
  • Las lesiones estuvieron expuestas a sangre y tejidos.
  • Existió contacto con fluidos procedentes de órganos internos.
  • Y el paciente desarrolló posteriormente una infección compatible con esa exposición.

Es una circunstancia muy diferente de cruzarse con un corzo, observarlo o incluso tener un contacto ocasional sin heridas.

Guantes y protección durante el despiece

El caso pone de manifiesto que las piezas de caza deben manipularse con medidas de protección adecuadas, especialmente cuando existe cualquier sospecha de enfermedad o cuando el animal presenta lesiones anormales. El uso de guantes reduce el contacto directo entre la piel y los tejidos del animal. Las heridas o cortes en las manos deben protegerse adecuadamente y hay que evitar que fluidos o restos biológicos alcancen los ojos, la boca o la nariz.

En el caso de animales sospechosos, las recomendaciones sanitarias alemanas incluyen además medidas destinadas a evitar la formación de polvo o aerosoles durante su manipulación y el empleo de protección respiratoria y ocular.

Una zoonosis que conviene recordar ante una fiebre después de manipular caza

Para un cazador, una de las claves del caso es epidemiológica. Una persona que, después de manipular fauna silvestre, desarrolla fiebre, una lesión cutánea y ganglios inflamados debería informar al médico de ese contacto con animales. La información sobre la exposición puede resultar decisiva para orientar el diagnóstico hacia una enfermedad poco frecuente que, de otro modo, podría confundirse inicialmente con otras infecciones.

El caso alemán demuestra precisamente cómo una exposición aparentemente vinculada a un accidente de tráfico terminó revelándose como una infección por Francisella tularensis.

Un caso insólito que deja una advertencia muy concreta

El hombre no se contagió simplemente por «atropellar un corzo». La circunstancia decisiva fue mucho más específica: sus heridas quedaron expuestas a material biológico del animal y posteriormente desarrolló tularemia. La publicación científica de The Lancet Infectious Diseases convierte el episodio en un caso clínico excepcional, pero su mensaje trasciende el accidente.

La tularemia sigue circulando en Europa y también en España. Y para quienes manipulan animales de caza, la prevención pasa por algo tan básico como proteger las manos, los ojos y las vías respiratorias cuando las circunstancias lo aconsejen y extremar la higiene después de manipular una pieza.

El corzo que atravesó aquel parabrisas no demuestra que esta especie constituya un peligro sanitario habitual. Sí recuerda, en cambio, una realidad bien conocida por la medicina veterinaria y la epidemiología: la fauna silvestre puede actuar como fuente de patógenos y algunas infecciones pueden aparecer varios días después de un contacto aparentemente olvidado.

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