El oso pardo (Ursus arctos) cuenta con una fundada fama de goloso. No se trata de un mito. Entre finales del verano y el inicio del otoño, cuando los frutos silvestres empiezan a escasear y el animal necesita acumular reservas de grasa para el invierno, la miel se convierte en uno de los recursos más apetecidos y más disputados de su dieta. Pero acceder a ella no es gratis: implica enfrentarse a un enjambre dispuesto a defender su colmena a base de aguijonazos. Y este vídeo es una de las muestras más gráficas de las que se han grabado.
Repasamos qué dice la ciencia sobre esta relación, cuándo se intensifican los asaltos y qué armas tiene el oso para salir casi indemne del ataque.
Una dieta omnívora con la miel como premio energético
El oso pardo es un animal esencialmente omnívoro, cuya alimentación cambia de forma marcada según la estación. En primavera se centra en brotes tiernos de gramíneas y plantas herbáceas de gran tamaño en prados y arroyos; en verano, cuando maduran los frutos carnosos, visita con pasión los cerezales, sube a los árboles con agilidad para comer las cerezas en sazón, que constituyen un alimento de gran valor energético, y más tarde busca otros frutos, como los arándanos. Es precisamente al final de esa temporada cuando el oso saquea con más frecuencia colmenas y hormigueros.
Los ataques a apiarios no son un fenómeno anecdótico. En la Cordillera Cantábrica, la expansión del oso pardo en España ha sumado más de 3.500 ataques a colmenas, ganado y frutales en una década, y en algunos episodios documentados por apicultores los daños superan varias decenas de colmenas y varios miles de euros en un solo ataque. La población cantábrica, dividida en una subpoblación occidental (unos 280 ejemplares, entre los Ancares y el centro de la cordillera) y otra oriental (unos 50 ejemplares en la montaña palentina, leonesa y cántabra), convive cada vez más cerca de las explotaciones apícolas tradicionales de la zona.
Lo que dice la ciencia: un vínculo ecológico inesperado
Más allá de la anécdota del oso «goloso», existe respaldo científico sobre el papel que juegan las abejas melíferas en la conservación del propio oso pardo. Un estudio publicado en la revista Environmental Management, elaborado por investigadores de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) en colaboración con las ONG FAPAS (Fondo para la Protección de los Animales Salvajes) y FIRE (Fundación Internacional para la Restauración de Ecosistemas), analizó colmenares aislados en valles de las montañas asturianas para evitar solapamientos entre colonias.
El equipo, liderado por el investigador Luis Cayuela, quiso responder a una pregunta ecológica de fondo: cuál es el papel que juega la abeja en los ecosistemas de montaña y si, en su ausencia, otros polinizadores podrían sustituirla en la polinización de la flora silvestre. Para comprobarlo, marcaron ejemplares de arándano, cerezo y majuelo a distintas distancias de las colmenas, cubriendo la mitad de las ramas de cada planta con una malla para aislar el efecto de la abeja frente a otros insectos polinizadores. El resultado fue claro: la presencia de abejas melíferas favoreció significativamente la producción de frutos silvestres.
La conclusión práctica de esta investigación es que las abejas melíferas cumplen un papel clave en la producción de frutos silvestres como endrinos y majuelos, que constituyen un recurso alimenticio importante para especies protegidas como el oso pardo. Dicho de otro modo: el oso no solo se beneficia de la miel de forma directa, sino también, de manera indirecta, de la polinización que las propias abejas realizan sobre buena parte de la flora de la que se alimenta en verano y otoño.
La época de más ataques a colmenas: entre finales de verano y el otoño
Aunque los osos pueden aprovechar una colmena en cualquier momento solo encontrándola en sus recorridos diarios, la literatura y los registros de campo coinciden en señalar el final del verano como el periodo de mayor actividad depredadora sobre los apiarios. Es la fase en la que:
- Las reservas de fruta silvestre (cerezas, arándanos) empiezan a agotarse.
- Las colonias de abejas tienen ya panales cargados de miel, acumulada de cara al invierno.
- El oso inicia la fase de hiperfagia, el periodo previo a la hibernación en el que necesita ingerir grandes cantidades de calorías en poco tiempo.
Esta coincidencia temporal, con colmenas llenas y osos en busca de energía concentrada, explica por qué la mayoría de los ataques documentados por apicultores del norte de España se concentran entre agosto y octubre, aunque pueden producirse incidentes puntuales en otras épocas si el animal detecta un colmenar accesible.
Cómo se defiende el oso de las picaduras de abejas
Un enjambre alterado puede lanzar cientos de picaduras en pocos segundos, y sin embargo los osos rara vez desisten de su objetivo. La razón está en una combinación de adaptaciones físicas:
1. Pelaje denso y largo
El pelaje del oso, muy largo, denso e hirsuto, junto con su gruesa piel, lo protege de la picadura de las abejas. Mientras asalta la colmena, ese pelaje suele ser lo bastante grueso como para que las abejas tengan dificultades para clavar el aguijón.
2. Piel gruesa y una capa de grasa subcutánea
Bajo la piel, los osos cuentan con una capa de grasa que ayuda a absorber parte del veneno y a reducir sus efectos, lo que permite al animal seguir hurgando en el panal incluso mientras recibe picotazos.
3. El punto débil: cara y hocico
La protección no es total. El oso sufre las picaduras igual que cualquier otro animal cuando la abeja le alcanza en la cara o el hocico, zonas con menos pelo y piel más fina, por lo que la cara y los ojos se convierten en el blanco preferente de las abejas enfurecidas durante el asalto.
4. Garras y olfato como herramientas de acceso
Antes incluso de exponerse a las picaduras, el oso localiza las colmenas mediante el olfato y utiliza sus poderosas garras para desgarrar la corteza de los árboles o la estructura de las propias colmenas y llegar así al panal.
Un vídeo irreal que exagera las consecuencias del conflicto oso-abejas
En definitiva, el oso no es inmune al veneno de las abejas: simplemente tolera un número de picaduras que, en zonas cubiertas de pelo grueso, resultan poco efectivas, mientras asume el riesgo de recibir algún aguijonazo doloroso en el hocico o los ojos a cambio de una recompensa calórica muy alta. Esa relación coste-beneficio es la que explica que, temporada tras temporada, el «ladrón de colmenas» vuelva a las mismas zonas en busca de su botín favorito.
En este sentido, circula por redes sociales un vídeo creado por inteligencia artificial en el que se ha creado digitalmente a un oso devorando la miel de una colmena mientras presenta los ojos exageradamente hinchados por las picaduras de las abejas.
Un conflicto en aumento por la recuperación de la especie
La recuperación de las poblaciones de oso pardo en la Cordillera Cantábrica y los Pirineos —fruto de decenas de años de políticas de conservación— ha traído consigo un incremento paralelo de los encuentros entre plantígrados y explotaciones apícolas tradicionales. Para los apicultores de zonas osunas, proteger los colmenares con vallados eléctricos se ha convertido en una medida casi imprescindible, mientras que para los biólogos estos episodios confirman el papel de la miel y, de forma indirecta, de las propias abejas melíferas, en la ecología alimentaria del oso pardo ibérico.
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