En vídeo

Un corzo «boxeador» la emprende a golpes con un saco

El celo del corzo transforma a los machos de esta especie en animales conflictivos que no soportan a otros ejemplares que puedan convertirse en competencia. Pero también les lleva a arremeter contra casi todo lo que encuentran a su paso.

Corzo embistiendo a un saco de boxeo

Cada verano, cuando el calor aprieta y los campos ya están cosechados, el monte ibérico vive una transformación silenciosa pero intensa. Es el celo del corzo, un periodo que se concentra principalmente entre julio y agosto, con variaciones regionales que pueden adelantarlo a mediados de junio o prolongarlo hasta septiembre en zonas como Extremadura, y que convierte al animal más discreto de nuestros bosques en protagonista absoluto del paisaje.

Durante unas pocas semanas, el corzo abandona buena parte de su proverbial cautela. Y ese cambio de actitud no es casual: responde a un ciclo reproductivo tan singular que lo distingue de cualquier otro cérvido europeo. Y esto puede llevarlo incluso a invadir propiedades habitadas y emprenderla a embestidas con el mobiliario o contra todo lo que se cruce, como puede ser un saco de boxeo, algo que se mueve y «responde» a sus ataques volviendo al punto de impacto. Esto parece ser lo que provoca aún más al corzo, que continúa con su «entrenamiento» golpeando con sus cuernas la bolsa de golpes.

 

Machos más visibles y menos precavidos

Fuera de la época de celo, el corzo macho es un animal esquivo que rehúye el espacio abierto y se mueve, sobre todo, al amparo del amanecer y el atardecer. Sin embargo, cuando llega el celo, ese patrón se rompe. Los machos, despiertos por el instinto reproductivo, salen de lo más profundo del monte y se exponen en campo abierto con una frecuencia inusual, bajando notablemente la guardia.

Esta exposición no se limita a las horas crepusculares habituales: la actividad se extiende también a plena luz del día, especialmente en jornadas calurosas seguidas de alguna tormenta de verano, condiciones que parecen «activar» a las hembras y disparar la respuesta de los machos.

Territorios que se defienden con más intensidad

El corzo es, por naturaleza, una especie marcadamente territorial, pero durante el celo esa territorialidad se agudiza. Los machos mantienen áreas de exclusión frente a otros individuos de su mismo sexo, patrullando de forma más frecuente e intensa los límites de un dominio vital que ronda las siete hectáreas de media.

A diferencia de ciervos y gamos, el corzo no recurre a la berrea ni a bramidos para intimidar a sus rivales. Su forma de resolver la competencia es más física y directa: los machos expulsan a los intrusos a base de carreras y empujones con la cuerna, sin llegar por lo general a enfrentamientos abiertos y prolongados.

Fuera del celo, en cambio, esa territorialidad se relaja considerablemente y los corzos se muestran mucho más permisivos entre sí, tolerando la presencia de otros ejemplares en su entorno.

El ritual de cortejo: persecuciones y «corros de cópula»

Uno de los comportamientos más característicos —y curiosos— de esta época es el llamado corro de cópula. Cuando un macho localiza a una hembra receptiva, no se limita a aproximarse: la persigue de forma insistente mientras ella traza un recorrido en forma de ocho, dejando marcas circulares visibles sobre la hierba o los cultivos. Un comportamiento sincronizado por la luz y las hormonas

La intensidad y la duración del celo no son uniformes ni caprichosas: dependen en gran medida de las condiciones ambientales y de las horas de luz, factores que se relacionan directamente con la producción de melatonina, la hormona que regula buena parte del comportamiento reproductivo del corzo. Esto explica por qué el pico de actividad varía ligeramente según la latitud y la región: en las poblaciones del sur peninsular el ciclo reproductor se adelanta aproximadamente un mes respecto al resto de poblaciones ibéricas, mientras que en zonas como los montes extremeños se ha descrito una ventana más amplia, de mediados de junio a mediados de septiembre, con un pico de actividad centrado en julio.

Un fenómeno que también implica a los jóvenes machos

El celo no es exclusivo de los machos adultos territoriales. Los ejemplares nacidos el año anterior alcanzan la madurez sexual en torno a los catorce meses, lo que hace que también entren en celo por primera vez, generalmente hacia el mes de agosto. Aunque en poblaciones ya consolidadas sus opciones de cubrir hembras son limitadas frente a los machos dominantes, su papel puede ser más relevante en los márgenes de la población o en zonas de reciente colonización de la especie.

Compartir

Ver más noticias de Club de Caza en Google

Añádenos como fuente preferida y encuentra antes nuestra actualidad cinegética.

Añadir en Google →

No te lo pierdas

0 comentarios

Todavía no hay comentarios aprobados.

Deja un comentario

No se mostrará públicamente.