Los últimos estudios publicados sobre el comportamiento del corzo apuntan a una conclusión especialmente interesante: el animal adapta su actividad para reducir los riesgos y los costes energéticos de vivir en paisajes cada vez más humanizados y con temperaturas estivales más elevadas. Esta plasticidad conductual puede ser particularmente visible durante el verano y el celo, cuando los machos afrontan, además, unas exigencias energéticas excepcionales.
El corzo es crepuscular, pero puede cambiar de horario
El patrón habitual del corzo presenta dos grandes picos de actividad: aproximadamente al amanecer y al anochecer. Sin embargo, la especie puede mantenerse activa durante las 24 horas y modificar la intensidad de sus movimientos según la estación y las condiciones ambientales.
El estudio de Torretta et al. (2026), «Balancing risk: the influence of human disturbance and predators on roe deer activity patterns», publicado en Current Zoology, confirma este patrón bimodal y muestra que existen importantes variaciones estacionales. Durante el verano, los investigadores detectaron un desplazamiento del segundo pico de actividad hacia la noche, aproximadamente entre las 21:00 y las 00:00 horas, acompañado de un incremento de la actividad nocturna entre los dos grandes picos del amanecer y el atardecer. Los autores señalan que este comportamiento puede estar relacionado, entre otros factores, con la necesidad de afrontar las temperaturas estivales.
Esto significa que un corzo que apenas aparece durante el día puede seguir utilizando exactamente el mismo territorio, pero concentrando sus desplazamientos en las horas que le resultan más favorables o menos arriesgadas.

El calor puede empujar al corzo hacia la noche
La temperatura es uno de los factores que mejor explica las modificaciones del comportamiento durante el verano. Una investigación publicada en Biological Conservation en 2025, «Agricultural land use and reproductive behaviour constrain responses to summer thermal stress in a large herbivore», a cargo de Rigoudy et al., analizó la respuesta del corzo europeo a las altas temperaturas durante la época reproductiva. El trabajo utilizó 12 años de datos de seguimiento GPS y actividad correspondientes a 154 corzos de una zona agrícola del suroeste de Francia.
Los investigadores descubrieron que el bosque proporcionaba un refugio térmico más eficaz que los setos o los cultivos altos. Las diferencias eran especialmente importantes durante las horas más calurosas: a las 14:00 horas, por ejemplo, las temperaturas registradas en los cultivos de maíz eran, de media, 3 ºC superiores a las registradas en el bosque.
El mismo trabajo encontró diferencias importantes entre sexos. Las hembras modificaban el uso del hábitat y su actividad para reducir la exposición al calor, mientras que los machos no cambiaban de la misma forma el hábitat utilizado, pero reducían considerablemente su actividad y la distancia recorrida durante los días calurosos.
Los autores relacionan esta respuesta de los machos con las fuertes restricciones reproductivas que experimentan durante el celo. Es decir, el macho necesita mantener una intensa actividad territorial precisamente durante la época más calurosa del año, pero cuando las temperaturas aumentan puede verse obligado a reducir sus desplazamientos para limitar el coste térmico.
El bosque puede convertirse en un refugio frente al calor
El estudio francés aporta otro dato de gran interés para comprender dónde pueden encontrarse los corzos durante los días de temperaturas elevadas. Los investigadores comprobaron que el bosque ofrecía un mayor efecto amortiguador frente al calor que los setos y los cultivos. Por ello, la disponibilidad de pequeñas manchas forestales puede condicionar la capacidad de los animales para afrontar episodios de altas temperaturas.
La conclusión tiene una lectura especialmente interesante en paisajes agrícolas: no todos los refugios verdes proporcionan la misma protección térmica. Un cultivo alto puede ofrecer cobertura y alimento, pero no necesariamente proporciona las mismas condiciones térmicas que una masa forestal.
Esto puede ayudar a explicar por qué durante los días más calurosos algunos corzos desaparecen de los terrenos abiertos y concentran su actividad en zonas arboladas o esperan hasta las últimas horas de la tarde para comenzar sus desplazamientos.

La presencia humana también cambia el reloj del corzo
Pero el calor no es el único responsable. Uno de los trabajos más importantes sobre el comportamiento temporal del corzo es el realizado por Bonnot et al. (2020) a escala europea: «Fear of the dark? Contrasting impacts of humans versus lynx on diel activity of roe deer across Europe». Los investigadores analizaron unos 11 millones de registros de actividad procedentes de 431 corzos monitorizados mediante GPS en 12 poblaciones europeas.
El resultado fue contundente: los corzos mostraron una elevada capacidad para modificar sus ritmos diarios en función del nivel de perturbación humana. Cuando la presencia humana aumentaba, los animales reducían su grado de actividad diurna y desplazaban una mayor proporción de su actividad hacia la noche.
El estudio calculó que el nivel de actividad diurna del corzo disminuía 1,37 veces a lo largo del gradiente de perturbación humana. La presión de la caza añadía además otro efecto sobre el comportamiento temporal de los animales. En otras palabras, la actividad humana puede llevar a los corzos a adquirir hábitos más nocturnos. No significa que el animal abandone necesariamente una zona frecuentada por personas. Puede hacer algo mucho más sencillo: utilizarla cuando las personas ya no están allí.
El comportamiento del corzo durante la época de caza
La investigación de Bonnot y sus colaboradores también permite diferenciar entre la perturbación humana general y la presión cinegética. Durante la temporada de caza, los corzos modificaron sus patrones de actividad. El estudio encontró un aumento de la actividad crepuscular al amanecer y una ligera reducción de la actividad al anochecer, además de una influencia de la presión cinegética sobre el grado de actividad diurna.
La importancia del trabajo reside en que demuestra que la respuesta del corzo no depende únicamente de la muerte de individuos. La presencia y actividad de los cazadores también puede producir efectos conductuales sobre animales que no son abatidos.
Esto ayuda a entender por qué la presión humana puede alterar la distribución temporal de la actividad cinegética de una población incluso cuando no se produce una reducción inmediata de su número.
El corzo y el lobo: dos riesgos que pueden empujar en direcciones contrarias
La situación se vuelve todavía más interesante cuando aparece un gran depredador. El estudio publicado por Torretta et al. en 2026 analizó siete áreas del noroeste de Italia, situadas en Lombardía, Piamonte y Emilia-Romaña, con diferentes niveles de perturbación humana y presencia de lobos.
Los resultados mostraron que la respuesta del corzo no era uniforme. En determinadas circunstancias, la actividad humana favorecía un desplazamiento hacia horarios nocturnos, mientras que la presencia del lobo podía favorecer el comportamiento contrario: reducir la actividad durante la noche.
Los autores interpretan esta respuesta como un conflicto entre dos fuentes de riesgo. Evitar a los seres humanos puede llevar al corzo hacia la noche, pero hacerlo puede incrementar al mismo tiempo su exposición a un depredador que también desarrolla una parte importante de su actividad durante esas horas.
La conclusión es especialmente importante: no existe un horario universalmente seguro para el corzo. El animal debe encontrar un compromiso entre diferentes riesgos.
Un estudio en Polonia muestra una respuesta diferente ante lobos y humanos
Una investigación independiente realizada en el bosque de Tuchola, en Polonia, «Reactions of roe deer to human disturbances and wolf predation in a Polish forest», aporta otra pieza al comportamiento del corzo frente al lobo. Haidt y colaboradores estudiaron durante un año la respuesta de los corzos en tres zonas sometidas a diferentes niveles de presión humana, caza y presencia de lobos. Utilizaron cámaras de vídeo y analizaron 702 registros de personas, corzos y lobos.
Los resultados mostraron una diferencia llamativa: los corzos reaccionaban de manera diferente ante los humanos y ante los lobos. En las zonas con presencia humana, los animales tendían a evitar temporalmente los periodos de mayor actividad de las personas. En cambio, en el área con mayor riesgo de depredación por lobos, los corzos mostraron un incremento de sus movimientos.
Los investigadores interpretan que aumentar los desplazamientos puede ser una estrategia para reducir el tiempo que el corzo permanece en un mismo lugar y dificultar que un depredador pueda localizarlo o emboscarlo. Al mismo tiempo, desplazarse más tiene un coste energético y puede reducir el tiempo disponible para alimentarse. Se trata de una diferencia fundamental: ante los humanos, el corzo puede evitar temporalmente determinados periodos; ante el lobo, puede aumentar sus movimientos.
¿Dónde se esconde un corzo cuando aumenta el riesgo?
La respuesta no depende únicamente de la hora. El estudio polaco encontró que el hábitat también desempeñaba un papel importante. El bosque joven proporcionaba cobertura, mientras que los prados ofrecían mejores oportunidades para alimentarse pero también una mayor visibilidad.
En las zonas con presencia de lobos, los corzos fueron registrados en mayor medida utilizando áreas de cobertura. Los investigadores consideran que la vegetación densa puede reducir la necesidad de mantener una vigilancia visual constante y proporcionar una mayor protección frente a los depredadores.
Por tanto, cuando cambia el riesgo, el corzo puede modificar simultáneamente el horario y el lugar de actividad. No se trata simplemente de «salir más tarde». Puede significar desplazarse de un terreno abierto a una zona de cobertura, retrasar la entrada en un cultivo o utilizar una determinada parcela únicamente durante unas horas concretas.
El verano cambia todavía más el comportamiento
El estudio de Torretta et al. encontró que los patrones diarios del corzo variaban según la estación. Durante el verano se produjo un aumento de la actividad nocturna, mientras que en otras estaciones la actividad podía presentar una distribución diferente. Los autores señalan que estos cambios están relacionados con una combinación de factores biológicos y ambientales, entre ellos la temperatura, la disponibilidad de alimento y la presión de depredadores y humanos.
La coincidencia entre estos resultados y los obtenidos por Rigoudy et al. resulta especialmente interesante: dos investigaciones diferentes apuntan a una mayor importancia de la actividad nocturna durante los periodos cálidos, aunque cada una analiza mecanismos y contextos diferentes. Esto no permite afirmar que el calor sea el único responsable, pero sí refuerza la hipótesis de que las condiciones térmicas forman parte importante de la explicación.
El celo añade una presión adicional
El caso de los machos es particularmente interesante porque el celo del corzo se desarrolla en pleno verano. El macho necesita defender su territorio, localizar hembras y competir con otros machos precisamente cuando las temperaturas pueden alcanzar sus valores más elevados.
El estudio de Rigoudy et al. demuestra que esta situación genera una limitación fisiológica y conductual: en los días más calurosos, los machos redujeron fuertemente su actividad y la distancia recorrida, mientras que las hembras mostraron una mayor capacidad para modificar el uso del hábitat.
Esto ofrece una explicación científica para una observación frecuente durante el celo: un macho aparentemente menos activo durante las horas de más calor no tiene por qué haber perdido interés reproductivo. Puede estar simplemente limitando sus desplazamientos hasta que las condiciones térmicas sean más favorables.
¿El aumento de las temperaturas cambia el celo del corzo?
Aquí es necesario efectuar una distinción. Los estudios disponibles demuestran que las altas temperaturas modifican la actividad y el uso del hábitat durante la época del celo, pero eso no equivale a demostrar que el calentamiento climático esté adelantando o retrasando directamente las fechas del celo.
El trabajo de Rigoudy et al. no demuestra un cambio en la fecha del celo. Lo que demuestra es que las temperaturas elevadas condicionan el comportamiento de los corzos durante la época reproductiva y que la respuesta depende del sexo y de la disponibilidad de refugios térmicos. Por tanto, sería científicamente incorrecto afirmar que «el calor está retrasando el celo del corzo» únicamente a partir de estos resultados.
Sí puede afirmarse algo más sólido: el aumento de las temperaturas puede modificar cuándo y dónde desarrolla el corzo su actividad durante el celo.
El corzo está negociando constantemente entre alimento, calor y seguridad
Todos estos trabajos apuntan hacia una misma conclusión. El comportamiento del corzo no responde a un único reloj biológico. El animal debe tomar, por así decirlo, decisiones constantes entre diferentes necesidades.
Durante el verano necesita evitar el calor excesivo, pero también alimentarse. Durante el celo, los machos necesitan incrementar su actividad reproductiva, pero el calor eleva el coste energético de los desplazamientos. En paisajes humanizados, además, deben evitar a las personas y, cuando existe una población de lobos, tener en cuenta el riesgo de depredación. El resultado es una extraordinaria plasticidad conductual.
El estudio de Torretta et al. resume esta situación señalando que, cuando existen simultáneamente diferentes fuentes de riesgo, los corzos pueden concentrar su actividad en los periodos que representan el mejor equilibrio entre las distintas presiones.
Por qué un corzo puede desaparecer de un lugar y reaparecer horas después
Esta capacidad de adaptación explica un fenómeno muy conocido por cazadores y observadores de fauna: un terreno aparentemente vacío puede volver a llenarse de actividad pocas horas después.
El corzo no necesariamente ha abandonado la zona. Puede haber cambiado el horario, el tipo de cobertura utilizado o la parcela en la que se alimenta. Si durante el día existe una elevada presencia humana, puede esperar hasta el atardecer. Si las temperaturas son especialmente elevadas, puede retrasar todavía más sus desplazamientos. Si existe un riesgo elevado de depredación, puede modificar tanto sus movimientos como el uso de la vegetación. Por eso, la ausencia de corzos durante una determinada franja horaria no significa necesariamente ausencia de animales en el territorio.
El corzo no busca una hora fija, busca la hora menos arriesgada
La ciencia está desmontando la idea de que el corzo simplemente «sale al amanecer y al atardecer». Sí, mantiene habitualmente esos dos grandes picos de actividad. Pero también puede modificarlos de manera considerable.
El calor puede empujar su actividad hacia las horas más frescas. La presencia humana puede favorecer una mayor nocturnidad. La caza puede alterar su actividad diurna y crepuscular. Los lobos pueden modificar sus movimientos y el uso de la cobertura. Y la disponibilidad de refugios térmicos puede determinar dónde permanecerá durante las horas más calurosas.
Los últimos estudios no describen, por tanto, un animal con un horario rígido, sino una especie capaz de adaptar su comportamiento al paisaje de riesgos que la rodea.
La pregunta correcta no sería entonces «¿a qué hora sale el corzo?». Sería: ¿Cuál es hoy la hora y el lugar que ofrecen al corzo el mejor equilibrio entre alimento, temperatura y seguridad? Y la respuesta puede cambiar de un día para otro.
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