Nos atiende Jesús, aunque todos le conocen como Agus («el chico del Agus»). Es un joven cazador de Humanes, un pueblo de Guadalajara, que comenzó acompañando a una cuadrilla de galgueros, siguió con la caza con escopeta, después amplió a las modalidades de rifle y posteriormente se apasionó por el arco. Unos amigos le regalaron su teckel, llamado Montes, con un poco de guasa, diciéndole que lo necesitaba para encontrar las reses que disparaba con su rifle de calibre .30-06.
Enseguida comenzaron el adiestramiento en el rastro y poco después superaron juntos el examen de 1º de pieles arrastradas. Ambos aprovechaban cualquier oportunidad que se presentase de aumentar el bagaje del perro, como la ocasión en que una amiga atropelló un corzo y el animal huyó herido. Al día siguiente, con solo dos meses y sin que hubiera sangre en el punto, puso a Montes en el lugar del accidente y no tardó en marcar con su nariz en el quitamiedos, comenzando el rastro y bajando un barranquete hasta encontrar al animal ya muerto. Poco después se hizo socio de AEPES y se acreditó como rastreador el 19 de marzo de 2023, aunque el año anterior, a pesar de no estar acreditado, acudieron a 37 avisos de AEPES.

Padre e hija con el jabalí abatido y rastreado. A la derecha, jabalí rastreado por el teckel.
Cuatro años después, ambos siguen protagonizando rastreos tan satisfactorios como el más reciente, el que narra a continuación con un gran jabalí encontrado tras un laborioso trabajo. Así lo cuenta:
Un rastro tras un impresionante jabalí
«Ayer por la mañana me llamaba un amigo. Ando bastante liado y no puedo atenderle. Por la tarde me vuelve a llamar y me deja un mensaje. La noche del martes había tirado a un guarro con su hija. Le contesto rápido que cuando llegue de trabajar le llamo. Al regresar a casa, le devuelvo la llamada y me cuenta. Le tiraron de noche y, cayendo planchado, al poco miran y no está. Han ido por la mañana y han visto sangre a unos metros en un arroyo hasta que la pierden y, tras peinar un par de arroyos, no lo han encontrado. Quedo con ellos para hoy por la mañana, decididos a intentarlo.
Salgo temprano y a las 7:30 estamos en el campo. Pongo al perro en el arroyo en el que vieron la sangre y tardamos poco en ver alguna brizna en la hierba. Avanzamos pocos metros y nos salimos del arroyo hacia un rastrojo, decididos a cruzarlo. Como el anschuss era impreciso y teníamos poca sangre, regresamos de nuevo al arroyo, pensando que no lo había cogido bien.
Pasamos por las dos sangres y en el mismo punto nos salimos. Entonces le digo a José que se ha salido en el mismo sitio. Vamos a ver qué pasa, pero igual cruzó el rastrojo. Dejo a Montes que nos guíe pensando que ya no hay duda y cruzamos el rastrojo hacia unos carrizos. A la entrada, me fijo y me parece una brizna de hierba pintada. Le digo a José que yo creo que es sangre. Me fijo más adelante y ahora lo vemos más claro: es sangre.
Sin duda cruzó y se metió al carrizo. Llegamos al mismo borde y Montes se detiene. Le digo a José que no sé si lo cobraremos, pero cuando el perro se para así es porque lo tiene cerca. Montes, con cautela, se adentra en el carrizo y yo voy detrás, abriéndome paso tras la traílla. José e Inés esperan fuera. Tras avanzar unos metros, Montes da un respingo hacia atrás y viene a mí, que continúo avanzando y, efectivamente, al final del túnel tenemos pelo. El cochino entró por la trocha donde hicimos la parada y estaba a pocos metros. Precavido, Montes ha rodeado para llegar a él.
Felicitaciones y fotos de rigor y un final feliz para un lance de padre e hija. Enhorabuena, José e Inés.
PD: Señalar que, de no estar en las 32 horas que estábamos, no hubiera entrado al cañizo y, aun así, íbamos armados».
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