En España, el tiempo durante el que se prohíbe la caza en una zona quemada no es fijo a nivel nacional, sino que depende de la normativa de cada comunidad autónoma, mientras que el cambio de uso forestal del suelo se prohíbe por ley durante al menos 30 años. Los periodos de veda cinegética temporal tras un incendio forestal suelen ir desde uno hasta tres o cinco años, dependiendo de la gravedad de los daños al ecosistema.

Menos enfrentamientos y más gestión del medio natural
Víctor Villalobos, presidente de la Asociación Hermandad Española de Guardas Rurales, apoya el papel que están desempeñando los cazadores en beneficio de la fauna que ha sobrevivido al fuego.
«En los últimos días he visto cómo vuelven a aparecer campañas que presentan a los cazadores como una amenaza para la fauna que ha sobrevivido a los incendios forestales. Como guarda rural de caza y técnico en seguridad y medio ambiente, creo que este debate merece algo más que titulares llamativos o mensajes que buscan enfrentar a unos con otros.
Todos queremos proteger la naturaleza. En eso no debería haber diferencias. Pero para hacerlo hay que conocer el campo, recorrerlo durante todo el año y entender cómo funciona un ecosistema».
El sector de la caza en España invierte cada año 54 millones de euros en la prevención de incendios forestales
«Quienes vivimos en el medio rural sabemos que donde existe una sociedad de cazadores implicada suele haber un monte más cuidado. Son muchos los cazadores que, de forma totalmente altruista, limpian caminos y cortafuegos, mantienen puntos de agua para la fauna, colaboran con propietarios y ayuntamientos, recogen basura, comunican incidencias y, en muchas ocasiones, son los primeros en detectar un incendio cuando todavía es un simple conato. Su presencia constante en el campo es una herramienta más para la prevención.
Un incendio forestal no distingue entre cazadores, ecologistas, agricultores o senderistas. Cuando el monte arde perdemos todos. Desaparecen hábitats, mueren animales, se degrada el suelo y hacen falta muchos años para recuperar lo que el fuego destruye en unas horas. Pensar que un cazador desea un monte quemado no tiene sentido. El cazador necesita un monte vivo, con biodiversidad y bien conservado.
También conviene recordar que la gestión cinegética no consiste únicamente en salir a cazar. Detrás existe planificación, censos de fauna, mejoras del hábitat y control de poblaciones cuando es necesario. Hoy nos enfrentamos a problemas muy serios derivados del exceso de determinadas especies, especialmente el jabalí, que provoca daños agrícolas, accidentes de tráfico y favorece la propagación de enfermedades que afectan tanto a la fauna silvestre como a la ganadería.
¿Significa esto que se debe permitir cazar en cualquier monte recién quemado? Evidentemente, no. Cada incendio es diferente y cada situación debe valorarse con criterios técnicos. Habrá zonas donde sea necesario establecer restricciones durante un tiempo para favorecer la recuperación del ecosistema y otras donde determinadas actuaciones de gestión sean necesarias. Las decisiones deben basarse en informes técnicos y científicos, no en campañas emocionales o en prejuicios hacia un colectivo.
Me preocupa que, una vez más, se intente señalar a los cazadores como si fueran enemigos de la conservación. La realidad que veo cada día sobre el terreno es muy distinta. Conozco a muchas sociedades de cazadores que invierten tiempo, dinero y esfuerzo en mejorar el medio natural sin pedir nada a cambio. Gracias a ese trabajo, muchos cotos conservan bebederos, siembras para la fauna, refugios, charcas y zonas limpias que benefician no solo a las especies cinegéticas, sino a toda la biodiversidad.
La conservación del medio natural no será posible enfrentando a quienes aman el campo desde perspectivas diferentes. Ecologistas, cazadores, agricultores, ganaderos, agentes medioambientales, guardas rurales y administraciones tenemos un objetivo común: proteger nuestros montes y garantizar que las generaciones futuras puedan disfrutar de ellos.
Por eso hago un llamamiento al respeto y al diálogo. Critiquemos aquello que se haga mal, venga de quien venga, pero no criminalicemos a miles de personas que cumplen la ley y que dedican buena parte de su vida a cuidar el medio rural.
Hablar de conservación exige conocer el terreno, escuchar a quienes trabajan en él y dejar a un lado los prejuicios. Porque proteger la naturaleza no consiste en buscar culpables, sino en encontrar soluciones. Y en esa tarea, los cazadores responsables forman parte de la solución, no del problema».
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