En medio de tanta barracuda juvenil, una destaca entre las demás. Se trata de un ejemplar que carece del color característico de la especie, diseñado por la evolución y la adaptación para hacer que estos peces resulten casi invisibles en el agua.
Esto se explica porque la barracuda exhibe una coloración de contrasombreado (countershading), una adaptación común en peces pelágicos. El dorso es de un tono gris azulado, gris verdoso o verde oliva oscuro, mientras que los flancos presentan un intenso brillo plateado y el vientre es blanco o blanco plateado. Esta combinación reduce su visibilidad tanto para las presas que la observan desde abajo o a la misma altura como para los depredadores que la contemplan desde la superficie. A medida que crecen, estas bandas tienden a desaparecer y el cuerpo adquiere el característico aspecto plateado de los adultos.
Una adaptación que la convierte en una cazadora sorprendente
El intenso brillo plateado no es un rasgo meramente estético. Los estudios sobre óptica en peces marinos han demostrado que las superficies reflectantes actúan como un eficaz mecanismo de camuflaje en mar abierto, ya que reflejan la luz ambiental y dificultan que otros animales distingan el contorno del pez. Combinado con el dorso oscuro y el vientre claro, este patrón convierte a la barracuda en un depredador extremadamente discreto, capaz de aproximarse a sus presas hasta una distancia muy corta antes de lanzar su explosivo ataque.
Un futuro más complicado como depredador y como presa
Para el ejemplar sin coloración, afectado de leucismo, una falta de pigmento que afecta a la superficie de su cuerpo, pero que mantiene el color normal en sus ojos, que, como vemos, son oscuros, esto se convierte en un gran inconveniente que le resta esa capacidad de acercarse a sus presas sin ser descubierto o de camuflarse con el entorno para no ser descubierto por depredadores de mayor tamaño como tiburones, grandes meros, peces picudos, atunes de gran tamaño, delfines…
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