Los dos animales yacen en el suelo. El agotamiento ha hecho mella en ellos. Al acercarse, la persona que los ha descubierto lleva al que aún cuenta con un hilo de vida a levantarse, arrastrando el cuerpo inerte del otro con su esfuerzo.
El comportamiento agonístico del corzo durante el periodo de celo constituye una secuencia escalonada de interacciones cuyo objetivo principal es la resolución de conflictos territoriales y reproductivos minimizando, en la medida de lo posible, el riesgo de lesiones graves. La secuencia observada en poblaciones europeas puede dividirse en cinco fases funcionales: detección y evaluación, amenaza ritualizada, aproximación y prueba de fuerza, combate con contacto de cuernas y desenlace. Esta organización secuencial coincide con los modelos generales de escalada agonística descritos para cérvidos y otros ungulados. (Clutton-Brock et al., 1979; Danilkin, 1996; Andersen et al., 1998). En este caso, los animales han pasado por todas ellas para acabar enganchados por sus cuernas en una situación letal para uno de ellos.
Así son los combates entre machos de corzo
La fase de combate propiamente dicha se caracteriza por el entrecruzamiento firme de las cuernas y la aplicación sostenida de fuerza. Los machos flexionan las extremidades anteriores y descienden el centro de gravedad, realizan empujes alternos utilizando principalmente la musculatura cervical y escapular y giran en círculos mientras mantienen las cuernas trabadas.
En comparación con ciervos de mayor tamaño, el corzo muestra combates relativamente breves, aunque pueden repetirse varias veces durante una misma interacción. La duración y la intensidad aumentan cuando los contendientes poseen características morfológicas similares. El combate concluye cuando uno de los machos se desengancha voluntariamente y se retira, es desplazado por la fuerza del oponente o bien adopta una conducta de evitación persistente. El vencedor suele realizar una persecución corta y posteriormente reanuda el patrullaje y el marcaje territorial. La retirada del perdedor reduce la probabilidad de nuevos enfrentamientos inmediatos.
Luchas con cuernas enganchadas: mecanismo y consecuencias
En determinadas embestidas, especialmente durante la transición entre la prueba de fuerza y el combate sostenido, las rosetas, puntas o ramas de las cuernas pueden quedar mecánicamente trabadas. El riesgo aumenta cuando las cuernas presentan asimetrías o deformaciones, existen puntas largas y divergentes y/o el contacto se produce con un ángulo oblicuo durante un giro rápido de la cabeza.
A diferencia de los grandes cérvidos con cuernas ramificadas complejas, el corzo posee una cuerna relativamente simple; por ello, los enganches permanentes son menos frecuentes, aunque están ampliamente documentados en la literatura cinegética y veterinaria.
Una vez trabadas las cuernas, los machos intentan liberarse mediante rotaciones bruscas de la cabeza, retrocesos alternos y empujes laterales y torsión del cuello. Estas maniobras incrementan notablemente las fuerzas de torsión sobre las vértebras cervicales y sobre la base de la cuerna.
Los cazadores salvan la vida del corzo
Las luchas con cuernas enganchadas pueden tener consecuencias mucho más graves que los combates ordinarios, partiendo desde fracturas de puntas o cuernas completas, pasando por lesiones cervicales al rotar el cuello del contendiente de manera forzada, hasta la muerte de uno o ambos machos por inanición, deshidratación o depredación secundaria. Esto sucede en los casos más graves, cuando los animales permanecen unidos durante horas o días, impidiéndoles alimentarse y escapar de depredadores o de otros riesgos ambientales.
Desde una perspectiva evolutiva, los enganches representan un fallo del sistema de ritualización. Las señales y las estructuras anatómicas de los cérvidos han evolucionado para permitir la evaluación y el combate con un coste relativamente controlado; sin embargo, determinadas configuraciones de las cuernas y movimientos de alta velocidad pueden generar una situación accidental en la que los mecanismos normales de desenganche resultan insuficientes.
Afortunadamente para el animal superviviente, los cazadores que lo descubrieron usaron una manta para inmovilizarlo y desenganchar la cuerna para liberarlo. «El corzo se levantó… y recuperó su libertad», asegura el cazador que difundió el caso.
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