Cuando yo llego al mundo cinegético, concretamente en 1989 a la revista ya extinta Caza-Tiradores, siendo un mero estudiante de periodismo, comencé a conocer personas de este mundillo, todas mayores que yo, con las que empecé a tener relación y cierta amistad. Luego llegué a Trofeo también como redactor jefe, y director desde 1999, y ese número de personas se amplió. Yo era un recién licenciado en periodismo con veintitantos años, y la mayoría de dirigentes cinegéticos y colaboradores eran mayores que yo.
Lógicamente, los años fueron pasando y algunos se jubilaron, pero los fallecimientos apenas existieron, aunque hubo algunos que me afectaron y quiero recordar como homenaje, como por ejemplo Rafael Notario, director general del antiguo ICONA. Rafael era un ingeniero de montes de la antigua escuela, un hombre íntegro y sabio, que con el paso de las competencias cinegéticas a las distintas autonomías en detrimento del Estado, había perdido casi toda su influencia en la caza. A pesar de todo, siguió siendo una referencia en el mundillo cinegético, asesorando honestamente a todo el que le pedía consejo, sobre todo a los nuevos consejeros autonómicos de Medio Ambiente, muchos de los cuales andaban perdidos.
Sus muchos años al frente de la caza en toda España le dieron mucha sabiduría y su condición de honesto servidor público le convirtieron en un referente. Recuerdo que le preguntaba a menudo y siempre me atendía con simpatía. Su última e inestimable tarea era sintetizar en un cuadernillo, a finales de cada septiembre, todos los periodos hábiles de caza de las distintas autonomías, que volvían locos a los cazadores que cazaban en varias de ellas.
El tiempo fue pasando, nuevos amigos se fueron yendo, como Paco León, que no solo era una de las principales columnas de Trofeo, sino que su figura se difuminaba por todo el mundo de la caza. Su vasto conocimiento cinegético se mezclaba con su gran personalidad arrolladora, y todo se materializaba en una finísima pluma llena de sabiduría, elegancia y sentido del humor. Su pérdida se notó de veras.
Otro monstruo de la caza que también eché mucho de menos fue Eduardo de Aranzadi. Siempre oí hablar de él hasta que un día lo conocí. La diferencia de edad era muy considerable, pero conectamos de inmediato. Lo que más me llamó la atención fue su desbordante y contagiosa pasión cinegética. A pesar de sus muchos años y de sus impedimentos físicos, entre otras cosas por haber expuesto su cuerpo a frías y húmedas heladas, seguía teniendo una afición casi intacta, arrebatadora, que dejaba entrever en sus relatos de viejas cacerías, llenas de detalles, que parecían haber tenido lugar días antes.
Hay que reseñar también que era un cazador muy culto, que conocía todos los vericuetos vitales de toda la fauna palustre y estaba suscrito a revistas italianas y francesas para estar al día de la situación poblacional de sus especies cinegéticas preferidas, patos y becacinas.
Mi renuncia a la dirección de Trofeo en 2011 con motivo de una hemorragia cerebral significó mi alejamiento del mundo de la caza, rematado años después con la COVID-19. Tras la pandemia, ya más recuperado, me llegaron noticias de algunas pérdidas, entre ellas la de un buen periodista, cazador y amigo que incorporé también a la revista, Lorenzo de Grandes. Gran cazador de perdiz al salto, mucho mayor que yo pero joven aún, se lo llevó la maldita enfermedad.
Ya en los últimos años suelo visitar Cinegética, sobre todo para saludar a viejos amigos y colaboradores. Y suelo comprobar que muchos, a pesar de su edad, siguen estando presentes, lo cual me alegra sobremanera. Uno de ellos es Tony Sánchez-Ariño, una leyenda viva, siempre accesible y encantador. El cazador profesional que ha estado más años en activo. También Íñigo Moreno, marqués de la Serna, creador de Cinegética, siempre conocido como marqués de Laula, otro de los cazadores más cultos que he conocido, y otro marqués, Valdueza, Alonso Álvarez de Toledo, dueño de esa envidiable rehala, que sigue apareciendo en cualquier evento cinegético.
Pero la vida pasa y uno es consciente de que nuevas generaciones nos sustituirán, más adaptadas a los tiempos que corren, donde tienen que lidiar con dos grandes dragones, como son las redes sociales y el creciente animalismo.
Mi generación vivió la caza como una consecuencia vital tras ese gran éxodo rural que se produjo básicamente hasta la década de los 70 del siglo pasado. El cazador de mi generación había vivido la caza como un hecho natural, como una recolección natural y sana, que aún veía a la pieza de caza casi como proteína, unos cazadores que habían conocido y vivido el mundo rural y que periódicamente volvían a sus pueblos y seguían cazando como lo habían hecho siempre. No se preocupaban de ninguna gestión porque la propia naturaleza, todavía cuasi virginal y una agricultura tradicional, garantizaba su reposición tras la temporada de cría.
El cazador tenía prestigio y las leyes favorecían la práctica de la caza, y la mejor evidencia de esto es que cualquier terreno no acotado se convertía automáticamente en terreno libre donde podía cazar cualquiera. Hoy todos estos terrenos no existen, entre otras cosas porque la caza, como cualquier recurso natural, requiere hoy una gestión que garantice su reposición.
Hoy el cazador es una persona cuestionada y sometida a una asfixiante regulación en todos los sentidos, por eso las nuevas generaciones que han nacido ya con esta nueva realidad saben mejor cómo enfrentarse a todos estos retos. Están más preparados, conocen y conviven con su mayor enemigo, los animalistas, y lo más importante, saben que la caza ayuda, más que otras actividades, a la conservación de la naturaleza, lo saben, están convencidos y saben cómo defenderla, ahora también contando con un creciente número de mujeres cazadoras.
En esta postmodernidad, donde todo parece estar cuestionado, la caza se está convirtiendo para muchos jóvenes en una verdad inmaterial donde la amistad, la camaradería y la íntima convivencia con la madre naturaleza se convierten en uno de sus pilares vitales y que cazadores como Rafael Notario, Paco León o Juan Antonio Sarasqueta ayudaron, como antes lo hicieran otros, a que la caza siga viva y prestigiada.
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