Sevilla

La recolección de la cosecha en época de cría pone en peligro la supervivencia de la perdiz roja autóctona

Un guarda rural de caza rescata los nidos de patirroja que se encuentran en las siembras de patata de los cotos que gestiona en la provincia de Sevilla. Los pollos que eclosionan de estos huevos son liberados en el mismo lugar en el que se encontraba la puesta.

La recolección de la cosecha en época de cría pone en peligro la supervivencia de la perdiz roja autóctona

Las patatas en España se recolectan principalmente entre abril y octubre, dependiendo de la variedad y de la región. La patata nueva se recoge en primavera y verano. Antes de recolectar el tubérculo, se seca o elimina la parte aérea de la planta para que la piel se endurezca y la cosecha sea más fácil. Esta tarea se realiza con productos químicos o con desbrozadoras.

 

Cazadores y Guardas Rurales de Caza acuden en auxilio de la perdiz roja autóctona

Ricardo Mejías Aguilar, apodado Roque, junto a otro guarda, gestiona varios acotados entre Montequinto y El Viso del Alcor. Estos profesionales se dedican a cuidar tanto de la fauna cinegética como de la protegida. Una de las especies por la que velan es la perdiz roja autóctona.

 

Cada año, en un acotado de Alcalá de Guadaíra en el que siembran patatas, se dedican a evitar que las pájaras y los nidos sean víctimas de las cosechadoras. Una vez que el agricultor ha aplicado veneno para eliminar la parte aérea de las plantas, los Guardas Rurales, con la ayuda de los cazadores, recolectan los huevos para sacarlos adelante con una incubadora.

Cuando los pájaros han alcanzado un tamaño que garantiza su supervivencia, son liberados en el coto. En un sembrado de cuatro hectáreas de patatas han logrado rescatar cinco nidos.

 

Entre los surcos, el silencio de la campiña

Miguel Osuna, guarda rural del municipio de Fuentes de Andalucía, realiza una reflexión sobre el estado actual de la perdiz roja autóctona y los peligros que comprometen su supervivencia.

«Hay escenas en el campo que no salen en los informativos. No hacen ruido. No levantan titulares. Pero cuentan una verdad dura y antigua como la propia tierra.

 

En estos días de recolección de la patata, cuando los secantes apagan el verde de las matas y las máquinas levantan los lomos buscando el fruto de meses de trabajo, ocurre también otra historia paralela. Una historia invisible para casi todos.

Bajo esos lomos de tierra agrietada laten nidos de perdiz roja. Nidos completos. Huevos calientes. Madres echadas hasta el último instante.

La perdiz roja no abandona fácilmente. Es un ave valiente, fiel a su puesta hasta extremos que impresionan. Aguanta inmóvil, pegada a la tierra, confiando en que el peligro pase… incluso cuando la mano del hombre ya casi puede tocarla.

 

Y ahí aparece muchas veces la figura silenciosa del guarda rural. El que pisa despacio. El que observa antes de entrar. El que conoce el lenguaje del campo cuando nadie mira.

Porque si no fuera por la vigilancia, por el control cinegético y por quienes aún aman la naturaleza de verdad, miles de nidos quedarían destruidos sin que nadie llegara siquiera a saber que existieron.

Mientras algunos critican la gestión del campo desde la distancia, otros siguen allí abajo, entre polvo, calor y surcos abiertos, intentando salvar vida salvaje a escasos centímetros de las ruedas y de los aperos.

Esto no es un documental. No es una película de Félix Rodríguez de la Fuente. Es Andalucía. Es nuestra campiña. Y está ocurriendo ahora mismo.

La naturaleza no desaparece de golpe. Se pierde poco a poco, nido a nido, silencio a silencio. Es la última resistencia de la vida salvaje frente al avance imparable de la maquinaria».

 

El campo guarda secretos que muchos han olvidado

«Hay una tragedia silenciosa que ocurre cada primavera en nuestra campiña. No sale en televisión. No genera debates. Pero el campo la sufre cada año.

Mientras avanzan las máquinas de la siega en verde, mientras los tratamientos secan padrones y lindazos, mientras la tierra cambia de color bajo el efecto de los líquidos herbicidas y secantes, cientos de nidos quedan al descubierto como si alguien arrancara el techo de una casa en mitad de una tormenta.

Perdices rojas. Codornices. Pequeñas aves que llevan siglos criando en los mismos ribazos donde hoy apenas queda refugio.

Y entonces sucede lo inevitable.

Los nidos quedan expuestos. A plena vista. Sin sombra. Sin cobertura. Sin defensa.

A merced de zorros, córvidos, perros sueltos, gatos asilvestrados y otros depredadores que encuentran el campo convertido en un escaparate de vida indefensa.

Y, aun así, la perdiz aguanta.

La reina de nuestros campos permanece echada sobre sus huevos hasta el último segundo. Inmóvil. Firme. Como si supiera que abandonar el nido significa perderlo todo.

Hay que verlo para entenderlo.

Por eso la guardería rural y la gestión cinegética responsable no son un capricho ni una afición. Son una barrera silenciosa entre la vida salvaje y su desaparición lenta.

Porque muchos hablan del campo, pero pocos lo pisan al amanecer.

Pocos conocen el olor de un lindazo recién tratado. Pocos han visto levantar una perdiz clueca a menos de un metro de las botas. Pocos entienden que cada nido perdido es una primavera menos en nuestros campos.

La naturaleza no muere de repente. Muere cuando dejamos de mirarla».

 


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