Hoy hablamos con Miguel Ángel de la Cruz, un aficionado a la caza que, cuando la veda prohíbe la actividad, sigue en contacto con la naturaleza. Le apasiona pasear por el campo, pararse a escuchar el canto de los pájaros y disfrutar de cada encuentro con cualquier animal. Y esto le ha llevado a vivir uno de los más impresionantes e impactantes con un animal muy difícil de ver. Más aún cuando presenció una acción de caza y depredación a pocos metros de su posición. Hablamos de un lince ibérico abalanzándose sobre un conejo y capturando a su presa.
Le hemos preguntado a Miguel Ángel cómo pudo presenciar algo así y llegar a grabarlo con su móvil: «Bueno, pues es fácil, llevo toda mi vida como cazador, de padre cazador y abuelo cazador, pero tengo muy claro que antes que ser cazador soy amante de la naturaleza y no tiene por qué estar reñido, sino más bien todo lo contrario.
Lo que más me gusta es disfrutar de la naturaleza, pero sintiéndome parte de esa cadena y acorde a lo que la legislación nos permite. Y, concretamente, en estos momentos, pues no se nos permite cazar. ¿Qué hago en momentos así? Pues disfrutar andando por el monte y por el campo en general. A esto sumamos que no hay espárragos ni setas por la época del año en la que estamos, por lo que al final salgo a caminar para escuchar a los recién llegados abejarucos, al autillo al anochecer o simplemente por ver la zona por donde se mueven los jabalíes en la noche o buscar las huellas de los rayones y saber cómo han ido las parideras… Pero lo que no me podía imaginar fue cruzarme con un lince».
«Lo vi a unos 150 metros y se quedó parado mirándome»
Acto seguido comenzó a avanzar y cruzó el camino. Como sabía la dirección en la que caminaba y que yo tenía el viento de cara, intenté cortarle camino hasta llegar a otro cruce, donde ya sí lo pude grabar. Y exactamente como un fantasma silencioso volvió a huir sin hacer ruido. Así que supe que debía ir más rápido porque sabía que, si no llegaba a tiempo, no me permitiría verlo. Mi sorpresa fue que salió a escasos 30/40 metros de donde estaba. Yo creía que saldría más lejos, pero no podía acercarme más para no hacer ruido en medio del pinar y salió a trote, pegó dos saltos y mi cabeza dijo: ‘Amigo Miguel, quédate con esta imagen, que posiblemente sea la primera y de las últimas’».
El lince caza el conejo
«Pero me equivoqué, porque no estaba huyendo de mí, ese trote y los dos saltos eran por el conejo que cazó tan fácilmente. Después avanzó unos metros, se sentó de culo y se puso a comérselo. Yo no sabía qué hacer, porque lo más importante para mí era no molestarlo, pero estaba en una zona que, si salía hacia él, me escucharía, así que esperé un poco y después fui saliendo de allí. No le he dicho a nadie dónde es, ni pienso decirlo, solo puedo decir que es en Sevilla. Todavía no he vuelto a esa zona, pero estoy loco por volver y revivirlo, aunque él no quiera volver a la cita. Por cierto, acabé como un tonto con los ojos vidriosos y los vellos de punta», concluye Miguel Ángel.
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