Desde finales de la década de 1970, el paisaje agrícola del valle del Duero en Castilla y León, en el noroeste de España, ha sido testigo de la colonización masiva periódica del topillo campesino (Microtus arvalis). Originalmente, esta especie de roedor habitaba exclusivamente en las zonas de pastizales de alta montaña, pero en apenas 20 años logró conquistar cerca de 5 millones de hectáreas de tierras agrícolas en las tierras bajas.
Este fenómeno biológico sin precedentes fue auspiciado por la intensificación agrícola. Concretamente, el aumento de los «cultivos verdes», especialmente la alfalfa, proporcionó a los topillos un hábitat ideal con alimento abundante y refugio frente a depredadores durante todo el año. Además, la concentración parcelaria (que aumentó el tamaño de los campos) y el abandono de la ganadería extensiva eliminaron barreras naturales y pisotones de ganado que antes mantenían a raya a las poblaciones de topillo.

Las dinámicas poblacionales de los topillos campesinos se caracterizan por fluctuaciones cíclicas de densidad y abundancia, con picos, “estallidos” o brotes que generan situaciones de plaga en intervalos regulares 5 años aproximadamente.
La lucha contra los episodios de plaga estuvo durante muchos años encabezada por el uso masivo de rodenticidas anticoagulantes y del fuego. Sin embargo, tras años de desastres ecológicos y riesgos para la salud, una alianza inédita entre científicos, ecologistas, agricultores y cazadores impulsó medidas asociadas al control biológico de plagas. El fomento de los depredadores naturales de los topillos y determinados cambios en el paisaje han obtenido resultados exitosos donde los venenos fracasaron.
Ahora, una revisión científica liderada por el Grupo de Investigación en Ecología y Gestión de Fauna Silvestre del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC – CSIC, UCLM, JCCM), sintetiza los conocimientos acumulados a lo largo de cuadro décadas de experiencia y ofrece recomendaciones para mejorar aún más el programa actual de Gestión Integrada de Plagas (GIP), que puede servir como modelo para el control sostenible de plagas de roedores en otras regiones agrícolas del mundo.
El fracaso de la «guerra química» y el desastre de 2007
Históricamente, la respuesta institucional ante los brotes cíclicos de topillos en Castilla y León —que ocurren aproximadamente cada 5 años— fue el uso a gran escala de rodenticidas anticoagulantes (AR) y la quema generalizada de cunetas y rastrojos. El punto de inflexión ocurrió durante el gran brote de 2006-2007, que afectó a más de 3 millones de hectáreas y causó pérdidas millonarias en los cultivos.
La combinación de impactos ecológicos, sanitarios y sociales puso en evidencia los límites de la llamada “guerra química” contra las plagas de topillo campesino.
La gestión de aquella crisis se tradujo en un desastre ecológico. El uso masivo de venenos como la clorofacinona y la bromadiolona provocó la mortalidad masiva de especies no diana, como el milano real, una rapaz ya amenazada que sufrió declives drásticos del 42% en las zonas tratadas. Además, otros animales, como la liebre ibérica, fueron diezmados hasta el punto de detener la actividad cinegética.
Por otro lado, el brote de aquella temporada coincidió con la mayor epidemia de tularemia registrada en humanos en España. Esta enfermedad, transmitida por los roedores, se vio agravada por el contacto con animales enfermos o cadáveres contaminados por el veneno durante la cosecha.
El giro hacia el control biológico de plagas y la gestión del hábitat
Ante la evidencia del daño ambiental y la ineficacia de los venenos (que a menudo se aplicaban cuando la plaga ya estaba en declive natural), surgió un programa de control biológico de plagas pionero en 2009. Liderado por el Grupo de Rehabilitación de la Fauna Autóctona y su Hábitat (GREFA) y el IREC, con apoyo de otros científicos, cazadores y agricultores, este programa se basó en la instalación de cajas nido para rapaces como la lechuza común y el cernícalo vulgar.
La idea era sencilla, pero con un gran potencial. En paisajes agrícolas muy simplificados, muchas aves rapaces, que son depredadores naturales del topillo campesino, carecen de lugares adecuados para nidificar. Por lo tanto, instalar cajas nido para especies como la lechuza común o el cernícalo vulgar podía aumentar su presencia y, con ello, el impacto de la depredación natural sobre los roedores.

Caja nido para lechuza instalada en Revenga de Campos, Palencia (izquierda); y nidal para cernícalo vulgar ubicado en Villovieco, Palencia (derecha). Fotos: GREFA.
Los resultados del programa son reveladores. Hasta la fecha, se han instalado más de 2.400 cajas nido en 77 municipios de Castilla y León. Las investigaciones realizadas en este tiempo demuestran que, a nivel local, las rapaces pueden reducir significativamente la abundancia de topillos cerca de sus nidos. Aunque la eficacia varía según el paisaje, el programa ha demostrado ser una herramienta valiosa de prevención que, además, ayuda a recuperar las poblaciones de aves rapaces que habían sido diezmadas por los venenos en el pasado.
Pero esta iniciativa de control biológico de plagas no actúa sola. La ciencia ha identificado que actuar sobre la estructura del paisaje influye decisivamente en la aparición de brotes. Los territorios más homogéneos y deforestados tienden a sufrir plagas más intensas, mientras que los paisajes agrícolas heterogéneos, con campos más pequeños y márgenes de vegetación natural bien conservados, sufren menos brotes de topillos porque favorecen a los depredadores naturales.

Número de cajas nido para lechuza y cernícalo vulgar en Castilla y León por GREFA y las entidades colaboradoras en el marco del programa actual de Gestión Integrada de Plagas (GIP) de topillo campesino.
Y aquí entra en juego un aliado inesperado: la comadreja. Este pequeño carnívoro es uno de los pocos depredadores capaces de perseguir a los topillos dentro de sus madrigueras, convirtiéndose en un controlador extremadamente eficaz. De este modo, favorecer la presencia de comadrejas, manteniendo lindes con vegetación espesa, es fundamental para amplificar el efecto positivo del control biológico de las plagas de topillo
¿Por qué esta estrategia sostenible funciona?
La interpretación de los resultados obtenidos a lo largo de estos años de estudio indica que no existe una solución única para controlar las plagas de topillos. La solución más eficaz y sostenible reside en la combinación de métodos. La Gestión Integrada de Plagas (GIP) actual en Castilla y León, implementada oficialmente desde 2019, prioriza las buenas prácticas agrarias. Esto incluye, de forma general, el laboreo del suelo para destruir las madrigueras de topillos, el pastoreo de las lindes por ganado ovino, el uso de cultivos menos favorables para el topillo en zonas críticas, la inundación de alfalfas o el fomento de paisajes más complejos.
Un descubrimiento fundamental es que los brotes de aumento poblacional de topillos son predecibles. Existe una sincronía a escala europea y factores climáticos que permiten anticipar cuándo crecerán las poblaciones y generarán escenarios de plaga. Actuar de forma preventiva, antes de que el brote alcance su punto máximo, es mucho más efectivo y menos costoso que intentar frenar una plaga desbordada con productos químicos tóxicos cuyo uso agrícola está prohibido en la Unión Europea desde 2021.
Un modelo para el mundo
La transición de Castilla y León en la lucha contra las plagas de topillo campesino, que ha ido desde las prácticas agresivas hacia la sostenibilidad, es un ejemplo de éxito de colaboración social y científica. La alianza entre científicos, ONGs ambientales y los sectores agrícola y cinegético logró presionar a las autoridades administrativas regionales para cambiar leyes y mentalidades.
Este caso demuestra que incluso los problemas agrícolas más complejos pueden abordarse de forma sostenible siguiendo la evidencia científica. La transición desde un modelo basado en el uso de venenos hacia otro que integra biodiversidad, investigación científica y prácticas agrícolas sostenibles no ha sido rápida ni sencilla, pero está dando buenos resultados.
La lección principal es que el control de plagas agrícolas no puede convertirse en una «guerra» contra una especie, sino que debe basarse en una gestión inteligente del ecosistema. Los hallazgos proporcionados por la ciencia en torno a este conflicto entre el ser humano y la fauna silvestre subrayan que restaurar la biodiversidad —fomentando depredadores naturales y paisajes diversos— no solo recupera el equilibrio ecológico y protege el medio ambiente, sino que garantiza la rentabilidad agrícola y la salud pública.
Puedes consultar la publicación científica de esta revisión en:
- Viñuela, J., Cuellar-Basterrechea, C., Básconez-Reina, M., Olea, P. P., Jubete, F., Dominguez, J. C., Jareño, D., Santamaría, A. E., Hernández-Garavís, L., Calero-Riestra, M., Blanca, F., González-Simón, P., Paz, A., García, J. T., Garcés, F. 2026. Four Decades of Common Vole (Microtus arvalis Pallas 1778) Population Outbreaks in NW Spain: Transition from Environmentally Harmful Practices to Sustainable Integrated Pest Management (IPM). Agriculture 16, 577.