Las rapaces basan su estrategia de ataque en los velocísimos y precisos picados. Si sus garras se cierran sobre el cuerpo de las presas, nada podrá salvarlas. Pero entre los animales predilectos de las grandes águilas, las liebres destacan por sus recursos a la hora de eludir las afiladas y curvadas uñas de estas poderosas aves. Hemos sido testigos de otros ágiles, casi gimnásticos botes de liebres en el momento preciso para dejar a las águilas posadas en el suelo y sin capacidad de reacción ante la sorpresa que ha conllevado esa esquiva.
Una liebre que merece seguir viviendo
En esta ocasión, acudimos a un cetrero de Reino Unido que se define de la siguiente manera: «Hago vídeos que muestran cómo entreno y cazo con águilas reales y lebreles». También comercializa equipamiento para estas pasiones en www.bull-x.co.uk.
Cuando arranca en carrera la liebre, el cazador espera un tiempo prudencial para darle la ventaja pertinente a la presa. Esto llevará el lance a la máxima belleza, puesto que la velocidad de la rapaz es muy superior a la del mamífero.
«¡Sako se esfuerza al máximo para atrapar una liebre saltarina! ¡La liebre se eleva como un salmón de Alaska!», escribe el cetrero para ponerle contexto al vídeo que acabamos de ver.
En esta ocasión el salto no libró a la liebre
El primero de los lances del siguiente vídeo, grabado y editado por el mismo cetrero, nos lleva a presenciar otro de estos saltos, pero esta vez el águila parece haber aprendido a reaccionar ante este recurso y alza sus garras para atraparla en el aire. Una vez que las garras se cierran, la liebre es incapaz de librarse de ellas. Estudios biomecánicos llevan a concluir que la potencia que pueden desplegar en la presión de agarre se sitúa entre 300 y 400 psi,pounds per square inch, (libras por pulgada cuadrada).
A su vez, se ha llevado a parámetros de fuerza, estimando que cada pata cuenta con una fuerza de cierre de entre 30 y 40 kilos, concentrados en los dedos cuando el ave cierra por completo la garra. Esto resulta suficiente para perforar la piel, los músculos e incluso los huesos de las presas. Pero a esto hay que sumar que cuando se produce el cierre, los tendones flexores se «bloquean» automáticamente, permitiendo mantener la presión sin gasto muscular continuo.

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