Según Jacint Sanz, el cazador tarraconense vecino de la localidad de Gandesa, capital de la comarca de la Tierra Alta, que lo abatió, el animal no tenía testículos en el interior de la bolsa escrotal. Esta malformación ha impedido que la cuerna caiga anualmente, llegando a alcanzar este aspecto.
El cazador es invitado por los integrantes del coto social
El catalán es un apasionado de la rehala. Hace un lustro creó su propia rehala de perros compuesta por cánidos de las razas gran sabueso azul de Gascuña, porcelana y diferentes cruces de podencos y perros de rastro. Caza habitualmente con la Cuadrilla Los Maquis de Benifallet, pero en esta ocasión cambió cazar junto a sus perros por una jornada a puesto en una batida.

El afortunado cazador relata la crónica del día de caza
«Esa jornada teníamos una batida en una zona muy abrupta. El terreno estaba repleto de huellas y hozadas de los cochinos. A mí me tocó en suerte un puesto en la parte baja de la sierra; a pesar de ello, tuve que recorrer un largo trecho para alcanzar la armada. Cuando el último cazador llegó a su puesto, el Cap de Colla dio la orden de soltar a los perros. Tuvimos que esperar un buen rato para que los canes levantaran la primera res. El animal se dirigió a la parte alta de la sierra.
Los compañeros informaron por la emisora que se trataba de un corzo con un bonito trofeo, que fue abatido por uno de los cazadores. Al llegar al final de la mancha, las rehalas decidieron volver hacia los remolques cazando los lugares por los que no habían pasado. Muy cerca del sitio donde se había producido la primera ladra, un grupo de cinco o seis perros levantó otro animal. Por suerte, desde mi puesto tenía unas vistas espectaculares y podía ver hasta la cima de la sierra. Vi cómo, a 800 metros, surgía del monte un corzo que se dirigía hacia mi posición.
Cruzó un pequeño barranco y comenzó a subir por una ladera. Valoré al macho con el visor y me percaté inmediatamente de que el trofeo no tenía las características habituales de la especie. Puse más aumentos y me di cuenta de que la cuerna era muy especial. Esperé a que se situara a 90 metros, le silbé y el corzo se detuvo.
Apunté al codillo y disparé. Vi cómo el corzo encajaba la bala y pegaba el típico salto. El ungulado corrió ladera abajo y se perdió entre la vegetación. Al llegar al lugar en el que lo había perdido de vista, quedé perplejo al contemplar su corona. Llevaba muchos años intentando abatir un corzo peluca, y lo logré de la manera más inesperada».
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