Los Altos Tatras, en Eslovaquia, se posicionan como un entorno natural único del país europeo, un macizo alpino insuperable en cuanto a altura y que cobija numerosas especies animales en sus bosques. Y en las semanas en las que estamos, el que más se hace notar es el ciervo, como comprobamos en la grabación publicada por WildlifeBog, una entidad que difunde la vida salvaje local a través de vídeos captados por cámaras de fototrampeo o por sus colaboradores.
La berrea y las peleas entre grandes machos de ciervo
Multitud de especies pelean con congéneres para imponerse a la hora de acceder a recursos limitados como pueden ser el alimento, refugio o, como es el caso que nos ocupa, las parejas con las que contribuir a perpetuar la especie. Uno de los instintos más fuertes que, cuando el otoño asoma, convierte al ciervo en un animal agresivo que no tolerará la presencia de individuos que puedan convertirse en competencia a la hora de atraer y acceder a las hembras que se ven atraídas por la berrea.
Esta intolerancia se convierte, en las situaciones más extremas, en confrontaciones directas en las que estos venados hacen uso de su fuerza física y su empuje con sus cuernas como armas principales. De hecho, la finalidad de las astas es ser utilizadas en las peleas entre machos durante el celo, puesto que sus propiedades biomecánicas se han adaptado a lo largo del tiempo a esa función.
Las cuernas, diseñadas para empujar y resistir
Las cuernas del ciervo ibérico y rojo cuentan con un haz principal de mayor longitud con forma curvada y del que surgen rosetas y puntas. Esa ramificación, por ejemplo, en las luchaderas, y su curvatura propician el enganche con las de su contendiente, facilitando la distribución de fuerzas en empujes que se prolongan en el tiempo y disminuyendo así el riesgo de un deslizamiento lateral con esas embestidas.
Un ciervo entrena para la berrea dando una paliza a una paca de paja
Existen investigaciones (Landete-Castillejos et al., 2019, Journal of Morphology; Kitchener, 1987) que concluyen que esta estructura ha evolucionado para cumplir esa función de empujar y resistir, midiendo así tanto la fuerza como la resistencia de cada macho, y no tanto para punzar o perforar, hiriendo así al otro, aunque esto también sucede. A esto hay que sumarle que el tejido de las astas combina osificación densa en la parte exterior con un trabeculado, es decir, una estructura en forma de red o malla formada por trabéculas o pequeñas extensiones alargadas, que aporta resistencia a la flexión y capacidad de amortiguación que les permite absorber impactos sin llegar a romperse.
