Debido al abuso de la tecnología, la espera, en general, se ha convertido en una modalidad donde ha desaparecido la incertidumbre y a la que se va casi con la seguridad de que tocaremos pelo, incluso sabremos de antemano el porte y el sexo del mismo. De hecho, el nuevo esperista no se mueve del sillón si la entrada del cochino no es segura o no tiene un mínimo trofeo.
Todo empieza como cualquier espera: eligiendo dónde poner el comedero o la baña. Elegido el sitio, a poder ser despejado o con poco matorral, se instala el comedero automático y se ceba con las golosinas más atractivas: generalmente trigo, maíz o almendras, si hay posibilidad de conseguirlas. O todo junto.
Luego se coloca una cámara trampa de las que envían al móvil fotos o vídeos en tiempo real. Y a esperar.
A lo mejor, a la semana, mientras nuestro cazador se está tomando en el chiringuito su último mojito vespertino, a las nueve en punto recibe un WhatsApp con un vídeo en el que se ve cómo una cochina con crías se está comiendo las chucherías que el comedero esparció en varios metros cuadrados. Nuestro cazador está satisfecho, pero mamá cochina no es su objetivo.
Una hora después vuelve a sonar el WhatsApp y otro vídeo capta cómo un cochinete entra en el comedero. Tampoco interesa. Los mismos cochinos siguen entrando durante varios días, como le va informando la cámara trampa. Tanto es así que llama a un amigo del pueblo para que rellene el comedero. Y lo hace al día siguiente a las diez de la mañana, pues así se lo dice la chivata cámara trampa.
Esa misma tarde, de nuevo sobre las nueve, vuelve a entrar mamá cochina con sus rayones. Al poco tiempo el WhatsApp vuelve a pitar y nuestro cazador ve cómo una cierva solitaria y hambrona entra en su comedero y devora lo poco que dejó la cochina.
De repente, otra vez el WhatsApp. Se ve a la cierva inquieta y súbitamente se va, al tiempo que un nuevo cochino entra en escena. Este tiene mejor porte y sus colmillos, no muy grandes, empiezan a despuntar. Por supuesto que no es ningún macareno, pero en estos tiempos de escasez es sin duda tirable. Ahora la cámara trampa tendrá que asegurarle a qué hora entra.
Así, cada día y durante una semana la cámara le dice que el cochino está entrando todos los días sobre las diez de la noche. Con esta información, nuestro cazador decide hacer la espera.
Llega sobre las ocho de la tarde para preparar todo muy bien. Se sienta en una cómoda silla con respaldo y posabrazos, abre su trípode telescópico, coloca en el visor del rifle un adaptador que lo convierte en nocturno, mete cuatro balas en el cargador, abre una cerveza, da un sorbo y la deposita en un hueco diseñado para tal fin en el antebrazo de la silla.
Son las nueve y todavía se ve. De repente, oye ruidos por su izquierda. Es mamá cochina con sus hijos; saca sus pesados prismáticos de espera y observa.
El día se va apagando. Guarda entonces sus prismáticos y saca su monocular térmico, capaz de ver cualquier animal de sangre caliente en la más absoluta oscuridad. De nuevo un animal se acerca: es la cierva, como le revela el monocular térmico. Ya queda menos para que entre su cochino.
Mira y requetemira con el térmico hasta que, en la ladera de enfrente, a 500 metros más o menos, ve a maese zorro. Es una distancia imposible, aunque si se hubiese traído el medidor de distancia, como su visor tiene también torreta balística, podría haberle lanzado una bala. Pero no es el momento y no puede espantar a su querido y esperado machete.
Son las diez y el cochino no aparece. Se está poniendo nervioso. Él pensaba haber terminado ya y llegar a tiempo para tomar una copa con los amigos, pues el comedero está a una hora de su playa de veraneo.
Las diez y media y ni rastro del cochino. Está pensando en levantarse y más cuando un mosquito le ha picado en la oreja. Saca su repelente y se lo echa en brazos y cara. Qué oscuridad y qué aburrimiento. Ya ha echado dos vistazos con el térmico y nada. Bueno, sí: ha visto una liebre y hasta ratones.
Está a punto de levantarse cuando siente que algo viene por su derecha. Coge el térmico y lo ve: es el machete de la cámara trampa. Viene sigiloso pero seguro hasta que comienza a comer. Nuestro cazador está a unos 60 metros, lo ve perfectamente y comprueba que tiene esos colmillitos. Le pone la cruceta luminosa en el codillo y tira del gatillo. Tiro certero.
Se va hacia él, se agacha y le ve con más nitidez sus pequeños colmillos. Le hace un par de fotos con el teléfono. Luego manda un WhatsApp a su amigo para que por la mañana le saque los colmillos y, si quiere, se lleve la carne.
A las doce de la mañana su amigo le llama para echarle la bronca porque dejó el cochino con las tripas y ya estaba hinchado e incomestible. Nuestro amigo no se inmuta y solo le pregunta por la calidad de los colmillos. Y su amigo le responde: «malos como su carne». «Es que se me olvidó la navaja. De todas formas, me da mucho asco sacarle las tripas».
Toda esta tecnología está pervirtiendo la esencia de esta modalidad, donde el cazador luchaba con más igualdad con un astuto animal que tenía en la oscuridad su gran aliado. El esperista miraba huellas y, a lo mejor, colmilladas en algún tronco cercano. Y hacía la espera con su incertidumbre.
En el mejor de los casos tenía un buen visor y unos prismáticos de mucha luminosidad y, con algo de luna, alguna noche podía ponerle la cruz en el codillo de un cochino que intuía macho. A veces no tenía más remedio que acoplar al visor una potente linterna, con el riesgo de que el cochino diese una cohetada.
Ahora, con esta tecnología, mucha gente se ha empicado a las esperas porque ya no hacen falta tantos conocimientos ni mucha afición y, menos aún, paciencia. Ahora podemos saber qué cochino está entrando y a qué hora, y el campo se ha llenado de oportunistas esperistas tecnológicos que lo están dejando sin machos con la dichosa obsesión de colmillos.
Y no es de extrañar que cada vez sea más difícil abatir un macho decente en montería. Porque en verano, cuando escasea la comida, un comedero atrae a los animales como un imán y la tecnología permite que cualquier tuercebotas abata un cochino con la máxima facilidad.