Un paraíso para la perdiz roja autóctona
Una pájara acompañada por una decena de pollos se alimenta en el aparcamiento de un cortijo de la provincia de Sevilla.
Para la familia García Marchena es habitual despertaste con el canto de un macho de patirroja o ver desde la ventana de su dormitorio una nidada de pollos dándose un festín de hormigas.
Perdices rojas en el patio de una casa
Francisco, el patriarca de la familia, un guarda rural con más de cuatro décadas de experiencia, escucha el sonido de un grupo de pollos de perdiz roja en el aparcadero de una casa de campo ubicada en un coto en Las Cabezas de San Juan, provincia de Sevilla. Con sumo cuidado, desliza la cortina anti moscas que oculta la entrada de la vivienda para poder inmortalizar la visita. Los padres y los pollos, ya con un tamaño similar a un ejemplar adulto, se alimentan de las hormigas que se encuentran en el suelo. Corren de un lado hacia a otro para intentar adelantar a sus hermanos en la captura de los insectos.
Un coto en el que se mima y se cuida de la perdiz roja autóctona
Encuentros como estos son posibles dado el vínculo que han creado Isabel, la madre de perdices rojas, su marido y sus hijos con las patirrojas autóctonas del acotado. Llevan más de 40 años luchando por la supervivencia de la perdiz roja silvestre. En el coto hay colocados más de 30 bebederos y puntos de alimento que fabrican ellos mismos.
Controlan las poblaciones de depredadores, zorros y urracas, con los medios legales que permite la administración andaluza y evitan que los furtivos roben el mayor de sus tesoros. Su trabajo se ve reflejado en una tasa de supervivencia de los perdigones de un 75%. Sólo cazan la perdiz roja en ojeo y cuando su población lo permite.

